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¿Qué es ser tico?

25 de noviembre de 2011 por Jose David Guevara

Me hago esta pregunta porque tengo la impresión de que para algunos coterráneos ser costarricense significa única y exclusivamente haber votado contra el TLC (Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana) oponerse a la llegada de inversión extranjera directa (IED), contratar nada más los servicios de telefonía e Internet que brinda el ICE (Instituto Costarricense de Electricidad) y contar solo con pólizas del INS (Instituto Nacional de Seguros).

Además,  despotricar contra todas las instituciones, descabezar a todos los políticos, criticar y atacar cualquier idea e iniciativa, consumir solamente el arroz que se produce en Costa Rica —aunque sea más caro—, oponerse a la instalación de una escultura de John Lennon y abogar por una de Carmen Granados u Olegario Mena, y disparar a diestra y siniestra contra la globalización.

La definición no acaba allí: criticar, chotear y burlarse de quienes festejan el Thanksgiving Day y el Halloween, aprovechan los descuentos del Black Friday o decoran sus casas en diciembre con Colachos y muñecos de nieve.

¿Es todo esto —y otras actitudes y posiciones por el estilo— lo que nos define como costarricenses? Pregunto porque percibo que para algunas personas quienes no cumplan con estos requisitos son malos patriotas, vendepatrias, traidores y otros epítetos de moda.

Confío en que ser costarricense signifique mucho, muchísimo, más que eso —y más profundo—, porque de lo contrario ¡qué pobreza de nacionalidad!

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De primera no pasa…

12 de noviembre de 2011 por Jose David Guevara

Esta historia es real; me la contó un buen amigo el pasado 7 de noviembre en un local donde un músico frustrado y bastante ebrio atormentaba a la concurrencia con los sonidos-aullidos-lamentos de una armónica mal tocada…

Resulta que el padre de mi amigo es un octogenario que a estas alturas de su vida se mantiene laboralmente activo: es un pequeño productor de café.

Lo interesante del relato no es que este hombre se dedique al cultivo de nuestro grano de oro; tampoco el hecho de que cada día se movilice entre su casa y la finca en un camioncito de carga al que le caben 15 fanegas de café (lo cual equivale a 690 kilos).

¿Y sabe usted quién conduce ese vehículo? Pues nada más y nada menos que este abuelo de canastos y beneficios, inviernos y veranos. Sin embargo, en este otro detalle no radica el interés de la historia.

Lo interesante es que este personaje maneja su camioncito única y exclusivamente en primera. Así como lo lee; la caja de cambios no ha estrenado las otras marchas, lo cual ha deteriorado al vehículo.

Los hijos del cafetalero insisten en contratar un chofer que conduzca para su padre, pero este se niega rotundamente a ceder el volante.

Por suerte, le presté toda mi atención a mi amigo mientras me contaba esta historia; de lo contrario, es probable que por distraído hubiera imaginado que me hablaba no de un camioncito que circula siempre en primera, sino del Gobierno, la Asamblea Legislativa, el futbol nacional, las guías sexuales, la fecundación in vitro o algún otro tema de esos que en Costa Rica avanzan a duras penas.

Esos temas corren hoy día no solo la misma suerte del camioncito, sino también la de la armónica que mencioné en el primer párrafo: desafinan que es un gusto.

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El país de la “P”

26 de octubre de 2011 por Jose David Guevara

¿Conoce usted el país de la letra pe?

Estoy seguro de que sí; sin embargo, le brindo algunas pistas…

Es la tierra de la platina (eterna), los pactos (condenados), los proyectos fiscales (tema recurrente), la politiquería (deporte y pasatiempo de algunos), las pensiones (siempre en peligro), los puertos (poco competitivos), las prisiones (sobrepobladas) y el vicio de patear la bola hacia adelante (“le heredo el problema al que viene”).

También hay precandidaturas (prematuras), presas (parte del paisaje), palancas (sinónimo de influencias),  palanganas (que quedan bien con Dios y con el Diablo), presagios (apocalípticos), pasarelas (¡hay modelos por todas partes!), y patrullas descompuestas (para variar).

La lista continúa: polémicas públicas (efímeras), presupuestos del Gobierno con dimes y diretes (disco rayado), placas “gemeleadas” (negocio de algunos vivillos), piratas y porteadores (¿por qué no liberalizar todo el transporte público?), puentes en mal estado (pobre mantenimiento), pasos peatonales (que muchos no usan), la paloma de la paz (que de cuando en cuando aletea) y —no podía faltar— Pocho (lágrimas de cocodrilo).

¿Verdad que sí conoce al país de la “P”?

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No creo que TODOS…

19 de octubre de 2011 por Jose David Guevara

No creo que TODOS…

… los políticos sean corruptos; los diputados, sinvergüenzas; los empresarios, evasores; los inversionistas, tagarotes; los sindicalistas, vagabundos; los empleados públicos, tortugas; los economistas, bateadores; los oficiales de tránsito, choriceros; los hombres, agresores; los choferes, violentos y temerarios; los taxistas, vivazos; los conductores de buses, desconsiderados con los ancianos; los sacerdotes, pedófilos; los pastores, vividores; los aficionados, vulgares; los periodistas, estrellas de Hollywood; las modelos, superficiales y calculadoras; los abogados, deshonestos; los tomadores, borrachos; los educadores, flojos; los alcaldes, cínicos; los funcionarios de la Caja, indolentes; los reos, culpables; los fumadores, una lacra; los izquierdistas, resentidos sociales; los policías, matones; los nicas, maleantes…

… Es decir, no creo en estereotipos. Porque siempre hay gente que marca la diferencia, personas que no caben en los moldes donde la sociedad cocina los prejuicios…

… Por eso no creo que TODOS…

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El país del “Continuará”

7 de octubre de 2011 por Jose David Guevara

Todos conocemos al famoso “Continuará”.

Nos hemos topado con esta palabra de diez letras al final de algún libro, una historia publicada en serie, un artículo de opinión, una película…

El “Continuará” nos dice, más bien nos advierte o alerta, que estamos ante una historia que no se agota allí, sino que prosigue y que por lo tanto hay que estar atento al próximo episodio. Nos habla de segundas, terceras o más partes; algo así como las películas Tiburón I, II y III (para los más viejos) o Harry Potter I, II, III, IV, V, VI, VII y VIII (para los más jóvenes).

Y si de Costa Rica se trata, “Continuará” se refiere a historias de nunca acabar…

Por ejemplo, ¿cuántos gobiernos llevamos hablando de la necesidad de una reforma fiscal integral (que contemple no solo ingresos frescos sino también recortes)? Mas como una y otra vez optamos por posponer el tema o echar mano a un remiendo, estamos condenados a sufrir el “Continuará” por sécula seculórum.

Igual sucede con el tema de la infraestructura. Escuchamos todo el tiempo que el país está rezagado en este campo; en un tiempo se decía que el retraso era de diez años, luego de veinte y ahora de treinta. ¿Por cuántas décadas más soportaremos el “Continuará”?

Una suerte similar ha corrido la tan cacareada reforma del Estado. Sin duda, uno de esos tópicos que de cuando en cuando es extraído del baúl de los recuerdos, se le quita el polvo y las telarañas, y se vuelve a poner sobre la mesa de discusión, tan solo para que al poco tiempo caiga de nuevo en el olvido.

Ni qué decir de una profunda reforma de empleo público que le permita al Estado actuar verdaderamente como patrono y no como Gulliver atado o genio embotellado. Este asunto ya huele a herrumbre y polilla.

Y podemos agregar más temas a la lista… reforma al reglamento de la Asamblea Legislativa, reforma electoral, tramitomanía, agilización de los servicios médicos públicos, profundizar el mercado de valores, el Estado laico, etcétera, etcétera, etcétera.

En conclusión, vivimos en el país del “Continuará”, y lo triste del caso es que hay quienes se sienten cómodos con esta situación y procuran que perdure.

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¡El Gobierno no ha venido!

22 de septiembre de 2011 por Jose David Guevara

Martes 23 de abril de 1991. En compañía de una fotógrafa y un chofer del periódico La Nación visité la comunidad Grano de Oro de Turrialba, provincia de Cartago, con el propósito de elaborar una información sobre el impacto del terremoto de 7,6 grados en la escala de Richter ocurrido a las 3:57 p.m. del día anterior.

Aquel puñado de casas parecía un pueblo fantasma, ya que sus habitantes —temerosos de que la zona volviera a ser sacudida por un nuevo sismo— pasaron la noche en un potrero donde algunos de ellos improvisaron tiendas de campaña con sábanas, colchas, cobijas, sacos de yute y bolsas plásticas.

Entrevistamos a varias personas; entre ellas a un hombre que continuamente repetía, con tono de queja, el estribillo “¡El Gobierno no ha venido!”

Una y otra vez aquel personaje que rozaba los 60 años y al parecer gozaba de buena salud decía “¡El Gobierno no ha venido!” 

Hablábamos con una señora y el tipo decía “¡El Gobierno no ha venido!”

Escuchábamos el testimonio de un abuelo y de nuevo “¡El Gobierno no ha venido!”

Consultábamos a un niño y, como fondo musical, la cantatela “¡El Gobierno no ha venido!”

Tantas veces escuchamos aquel lamento que optamos por entrevistar a quien pronunciaba esas palabras como un viejo disco de acetato rayado.

Se quejó de que el Gobierno aún no había hecho acto de presencia para brindarles auxilio en sus urgentes necesidades. Le preguntamos cuáles eran las suyas y entonces nos invitó a acompañarlo a su pulpería para que fuéramos testigos de los destrozos.

Mientras íbamos hacia aquel negocio, el comerciante no renunciaba a su canturreo: “¡El Gobierno no ha venido!” A aquellas alturas del día habíamos sufrido más réplicas de ese estribillo que del terremoto.

Cuando por fin llegamos al local nos llamó la atención el hecho de que por fuera la estructura de cemento lucía en buen estado. Igual impresión nos produjo el interior de la pulpería; no vimos secuelas del sismo en las paredes, el techo y el piso.

Entonces la pregunta de rigor: Señor, aparentemente no hay daños ¿en qué espera usted que el Gobierno le ayude?

La respuesta no se hizo esperar (esta vez en tono de reclamo): “¡Diay, ¿no ve que toda la mercadería está en el suelo?”

Hasta aquí mi relato. Que cada quien saque sus propias conclusiones…

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Fidel Gamboa

9 de septiembre de 2011 por Jose David Guevara

En un país donde la política parece haber extraviado el hilo con que se tejen los sueños y la gubia con la que se talla el futuro; donde las iglesias han perdido pericia para elevar el papalote de la ilusión y bailar el trompo de la esperanza; donde el futbol se olvidó de anotar goles en el ancho marco de la fantasía y hacer jugadas de pared con la alegría; donde las calles de los barrios se quedaron sin las risas y las carreras de los niños y echan de menos los juegos de ronda, el escondido y el quedó; donde la seguridad ciudadana no es ya el cálido abrazo de un abuelo cuenta cuentos y protector ni un verde potrero donde retozar, reposar e imaginar figuras en las nubes; donde las carreteras aceleran para atropellar a doña Paciencia e irrespetan semáforos y altos para embestir a doña Cortesía; donde la honestidad tiene los bolsillos rotos, los ruedos deshilachados y las suelas gastadas; donde los ríos ya no son gigantes que cantan con voz de pozas cristalinas habitadas por peces, camarones y tortugas ni tienen el cuerpo limpio y perfumado; donde la creatividad, el arte y la poesía pierden en ocasiones el pulso contra lo chabacano, lo insulso y el mal gusto; en fin, en un país donde falta gente que nos ponga a soñar, imaginar, fantasear, inventar, osar, volar, crear, saltar y cantar, cuánta falta nos va a hacer un tipazo como Fidel Gamboa.

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La maldición del Pelú

31 de agosto de 2011 por Jose David Guevara

Nunca había escuchado o leído acerca del Pelú. Lo conocí anoche (martes 30 de agosto) durante mi última sesión de lectura del día.

Me encontré con él, cara a letra, en la página 106 de la novela “El hombre que amaba a los perros”, del cubano Leonardo Padura; dicho sea de paso, recomiendo la lectura de este libro.

Pelú, según esa obra, era un “profeta loco” que condenó a Baracoa —paraíso costeño en la provincia de Guantánamo, Cuba— a ser “el pueblo de las iniciativas nunca cumplidas”.

Confieso que aunque no lo conocía, me resultó familiar. En efecto, a pesar de que el escritor no describe las facciones de ese “profeta loco”, experimenté la sensación de conocerlo, de haberlo visto en algún lugar.

Mas no estoy seguro. No sé, a lo mejor estoy confundiendo a Pelú con alguno de esos personajes costarricenses que se empeñan en que nuestro país sea  también “el pueblo de las iniciativas nunca cumplidas”.

Tras cerrar el libro y colocarlo en el respaldar de mi cama —para que él también disfrutara del sueño, porque los libros también duermen— cedí a la idea de averiguar si la palabra pelú existe en el diccionario.

Y sí, se trata de un “árbol leguminoso, con hojas de 10 a 20 pares de folíolos, orbiculares, flores de color dorado, legumbre con cuatro alas longitudinales denticuladas, y madera dura y preciosa”.

Entonces surgió mi último pensamiento del día, en el cual traslapé al Pelú profeta con el pelú árbol: “Lo fregado es que en Costa Rica, el Pelú no es ya un árbol aislado, sino un bosque que se reproduce con relativa facilidad y dificulta que la luz llegue a las iniciativas”.

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Un cuento muy familiar…

29 de agosto de 2011 por Jose David Guevara

Empezó como una especie de roncha en el piso de la oficina. Nadie le prestó atención a ese pequeño, insignificante, bulto de reportes.

Al cabo de tres días, creció. Ahora tenía el tamaño de una bola de ping-pong. Incomodaba un poco, pero aún así ninguno de los trabajadores se preocupó por esa pelota de informes.

Una semana después adquirió las dimensiones de una sandía, por lo que quienes caminaban de un escritorio a otro o de una oficina a otra, indefectiblemente tropezaban con aquel cúmulo de diagnósticos.

Diez días después era tan grande como la casa de un perro. Costaba evadir tantos dictámenes apilados.

Al cabo de 15 días, superaba en dos metros la altura de la fotocopiadora de la oficina. Obstaculizaba tanto como una pared o un muro. Estudios y dictámenes…

En cuestión de un mes ya era una loma de evaluaciones y bitácoras. Se hizo necesario reubicar los puestos de trabajo de 20 colaboradores.

Tres meses después ya era un cerro poblado por un espeso bosque cuyas hojas eran auditorías, boletines y registros. ¡Tamaño follaje!

Para no hacer largo el cuento, en tan solo un año la roncha se transformó en una montaña de comunicados, circulares, resúmenes y memorias.

Aquella oficina se convirtió, al cabo de dos años, en una cordillera de documentos (en papel o digitales) que servía para estar a la moda de la “documentitis” y la “archivitis”, pero no para mejorar la eficiencia de los productos y servicios que se brindaban.

En caso de que este cuento le resulte familiar, tenga por seguro de que esa coincidencia es simple y pura casualidad.

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Esta voz no aparece en el dial…

23 de agosto de 2011 por Jose David Guevara

Si hay una voz que cuesta sintonizar actualmente en el dial de la política costarricense esta es la del liderazgo.

De veras, ya sumo muchos meses tratando de captar con claridad la señal de esta palabra vital para el desarrollo del país y no la encuentro, no doy con ella.

He recorrido, cientos de veces, todo el menú de las emisoras políticas (Gobierno, Asamblea Legislativa, partidos políticos) de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, pero no he logrado mi objetivo.

Capto muchas interferencias de activismo, palabrería, poses, promesas, obstruccionismo, falta de norte, pobre negociación, poca disposición a ceder, show, cálculo electoral y otros ruidos harto conocidos, pero de liderazgo ¡nada de nada!

En serio, no hay rincón del AM (Acciones Maduras) que no haya recorrido y esculcado con paciencia franciscana, ni callejuela del FM (Figuras Maduras) al que no haya revisado e inquirido con olfato policial.

Incluso, compré una radio de onda corta más potente, supuestamente equipada con una antena a prueba de intromisiones en el espectro… ni así me ha sido posible escuchar la voz del liderazgo.

¿Será que eliminaron esa emisora, que el liderazgo se quedó sin frecuencia? ¿La habrán sacado momentáneamente del aire? ¿Será que en las bandas solo existe el “on” para la politiquería y el “off” para la visión de largo plazo? ¿Lo etéreo desplazó al estéreo? ¿O será que el liderazgo se quedó afónico de tanto hablar y no ser escuchado en serio? ¿Se encuentra el liderazgo hoy día fuera del radio de acción de la política?

No me rindo. Seguiré buscando. Si usted tiene la suerte de sintonizar la voz del liderazgo político, por favor avíseme cómo lo logró.

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