¡El Gobierno no ha venido!
Martes 23 de abril de 1991. En compañía de una fotógrafa y un chofer del periódico La Nación visité la comunidad Grano de Oro de Turrialba, provincia de Cartago, con el propósito de elaborar una información sobre el impacto del terremoto de 7,6 grados en la escala de Richter ocurrido a las 3:57 p.m. del día anterior.
Aquel puñado de casas parecía un pueblo fantasma, ya que sus habitantes —temerosos de que la zona volviera a ser sacudida por un nuevo sismo— pasaron la noche en un potrero donde algunos de ellos improvisaron tiendas de campaña con sábanas, colchas, cobijas, sacos de yute y bolsas plásticas.
Entrevistamos a varias personas; entre ellas a un hombre que continuamente repetía, con tono de queja, el estribillo “¡El Gobierno no ha venido!”
Una y otra vez aquel personaje que rozaba los 60 años y al parecer gozaba de buena salud decía “¡El Gobierno no ha venido!”
Hablábamos con una señora y el tipo decía “¡El Gobierno no ha venido!”
Escuchábamos el testimonio de un abuelo y de nuevo “¡El Gobierno no ha venido!”
Consultábamos a un niño y, como fondo musical, la cantatela “¡El Gobierno no ha venido!”
Tantas veces escuchamos aquel lamento que optamos por entrevistar a quien pronunciaba esas palabras como un viejo disco de acetato rayado.
Se quejó de que el Gobierno aún no había hecho acto de presencia para brindarles auxilio en sus urgentes necesidades. Le preguntamos cuáles eran las suyas y entonces nos invitó a acompañarlo a su pulpería para que fuéramos testigos de los destrozos.
Mientras íbamos hacia aquel negocio, el comerciante no renunciaba a su canturreo: “¡El Gobierno no ha venido!” A aquellas alturas del día habíamos sufrido más réplicas de ese estribillo que del terremoto.
Cuando por fin llegamos al local nos llamó la atención el hecho de que por fuera la estructura de cemento lucía en buen estado. Igual impresión nos produjo el interior de la pulpería; no vimos secuelas del sismo en las paredes, el techo y el piso.
Entonces la pregunta de rigor: Señor, aparentemente no hay daños ¿en qué espera usted que el Gobierno le ayude?
La respuesta no se hizo esperar (esta vez en tono de reclamo): “¡Diay, ¿no ve que toda la mercadería está en el suelo?”
Hasta aquí mi relato. Que cada quien saque sus propias conclusiones…







