Confesiones de un adicto a la conectividad...

(O cómo me di cuenta que la batería de mi smartphone también era MI batería)


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Tengo que aprender el balance de cuándo la tecnología me amplifica como ser humano, y cuándo corro el riesgo que me anule la humanidad.

Soy fanático de la tecnología. Esto no es un secreto y quien me conoce lo sabe, en parte por eso escribo en este blog. Pero una experiencia reciente me hizo darme cuenta que tanto la necesito.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de pasar un fin de semana en una ciudad que quería desde hace mucho tiempo conocer. Tenía ya en agenda los lugares que visitaría y al aterrizar luego de dejar mis cosas en el hotel me dispuse a explorar todo lo que podía. Hice check-ins, tomé fotos, subí fotos a Twitter, Instragram, Path y Facebook; comenté de lo que veía con ni novia y con mis amigos, bajé aplicaciones de Realidad Aumentada para turismo, tomé notas y referencias digitales, consulté rutas de transporte, tasas de cambio y mapas en Google, investigué en Wikipedia sobre todo lo que no encontraba in situ y le envié fotos a mi madre (quien vivió por esos lados de joven) "en tiempo real" vía WhatsApp.

Fue legítimamente y bajo toda definición una experiencia amplificada por la tecnología... hasta que se me acabó la batería del iPhone.

Y aquí pasó lo curioso. Aún con casi 4 preciadas horas de verano y poco común luz de día decidí regresar al hotel. ¿A qué? A cargar mi celular. Y mientras tomaba la ruta de regreso (consultando incómodamente en un mapa de papel y no en Google) quedaron dos cosas muy en evidencia: A) Mi necesidad de experimentar todo de forma conectada y B) Apple necesita seriamente aumentarle la vida a la batería de los iPhones. (Por que sí, Android lovers, ¡no pienso cambiarme... aún!).

Y es en esta parte donde quisiera decirles que decidí tajantemente continuar experimentando sin conexión el resto de la ciudad y que comencé a descubrir el valor de reconectar con lo físico; que al ver hacia el frente y hacia el cielo (en lugar de una pantallita) descubrí visiones y paisajes que habían estado escondidos, que en explorar todo por mí mismo sin compartir con nadie llegué a momentos de iluminación urbana que desencadenaron en ese libro que llevaba 10 años queriendo escribir y que por tener que preguntar por direcciones conocí a un músico de la calle que me enseñó el secreto de la felicidad desenchufada.

Pero no fue así.

Continué al hotel, me bañé, me cambié y cené mientras mi iPhone y mi batería de respaldo cargaban simultáneamente... y luego de asegurarme que estaba nuevamente al 100%, salí de nuevo.

Y es que en este caso, quería experimentarlo así. La conectividad me permitió sentir que no hice el viaje solo. Los comentarios y fotos eran genuinas muestras de querer compartir y vivir aún a la distancia momentos de descubrimiento con la gente que quiero, y toda la información extra y las ventajas tecnológicas realmente facilitaron mi viaje con herramientas que me permitieron sacarle el mejor provecho. Realmente lo disfruté.

Siempre lo digo y no me canso de repetirlo: La tecnología amplifica el comportamiento humano. Y en este caso, fue para bien. Yo quería compartir, aprender, optimizar mi tiempo, dejar registro digital en impresiones, imágenes e ideas, y lo logré.

Llegarán otros momentos donde definitivamente tendré que aprender a desconectarme, si viajo en grupo o en pareja seguramente no debo ni puedo mantener ese nivel de conexión; socializaré fuera de lo virtual y tendré gente de carne y hueso para compartir en lugar de avatares a kilómetros de distancia. De cierta forma esta experiencia sirvió como aviso para conocerme y saber que tengo que aprender el balance de cuándo la tecnología me amplifica como ser humano, y cuándo corro el riesgo que me anule la humanidad.

Aunque conociéndome, probablemente no me desconecte del todo. A menos que sea para encontrar al músico callejero que me enseñará el secreto de la felicidad desenchufada.

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Para dos verdaderos e interesantes experimentos de "desconexión" (que no sé si algún día me atreveré a realizar) y sus resultados, ver el caso de Paul Miller y más recientemente el de Baratunde Thurston.

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Ctrl+D Rogelio Umaña

Rogelio Umaña estudió violín y piano para convertirse en publicista. Ha sido Director Creativo, Director de Planificación Estratégica y Director Creativo Interactivo para diversas marcas locales y regionales. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Publicidad, profesor universitario y frecuente conferencista en temas de estrategia digital y creatividad interactiva. Actualmente se desempeña consultor independiente de estrategia y comunicación digital y también como catedrático de la ULACIT y de Clandestina Hub Creativo. Es un geek auto confeso, apasionado de los medios digitales, adicto a la información… y a la Coca-Light.

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