Por: José David Guevara Muñoz 6 julio, 2012

Cuando de ejercer el derecho humano a la crítica se trata (sea cual sea el escenario), prefiero el ingenio, la creatividad, la sorna inteligente, la picardía, el humor fino, la ocurrencia elegante, la ironía bien sazonada, el sarcasmo brillante, la chispa talentosa, la chota traviesa, el señalamiento agudo, la sátira con clase, la mofa sutil, la fisga sagaz, la caricatura cerebral, el comentario perspicaz, la saeta entre líneas, la irreverencia con donaire.

Me gusta este tipo de crítica por exquisita, refinada y planteada con decoro y, en ocasiones, una dosis de arte.

La crítica que no me llama la atención ni me hace gracia —por apelar más al facilismo que al intelecto, y ser más cómplice del hígado que del cerebro— es aquella que no pasa de ser soez, grotesca, corriente, vulgar, pachuca, desgarbada, chabacana, insolente, descortés, baja, burda, injuriosa, vil.

No me gusta este tipo de crítica por ramplona, ordinaria, chambona y, en múltiples ocasiones, un indiscutible aire de gradería de sol.

En resumen, me gusta la crítica, la defiendo por sana, pero con prestancia.

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