Un texto del premio Nobel de Literatura 2017, sobre el nivel de honor que se requiere de los mayordomos de las mansiones, permite también una oportuna lectura política

Por: José David Guevara 10 noviembre
Sea mayordomo o candidato presidencial, la persona mediocre antepone su persona a la preofesión ante la menor provocación. Lo enseña la literatura; lo confirma la vida.
Sea mayordomo o candidato presidencial, la persona mediocre antepone su persona a la preofesión ante la menor provocación. Lo enseña la literatura; lo confirma la vida.

¿Cuál es el nivel de dignidad que debe tener un político que aspira a asumir la presidencia de la República?

La pregunta es oportuna y necesaria, pues Costa Rica se enrumba una vez más a designar un nuevo mandatario en las urnas electorales.

Para contestar esa interrogante recurro a las palabras que Kazuo Ishiguro, escritor británico de origen japonés y premio Nobel de Literatura 2017, pone en boca de Stevens, personaje principal de su novela Los restos del día, publicada por primera vez en 1989 y llevada al cine en 1993 con la actuación de Anthony Hopkins y Emma Thompson.

Stevens, quien a lo largo de treinta años ha administrado la hacienda Darlington Hall, se refiere a la grandeza, señorío e integridad que se requiere de quienes ejercen un cargo de tan alta responsabilidad.

Dice lo siguiente: "La dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El mayordomo mediocre, ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión. Para estos individuos ser mayordomo es como interpretar un papel, y al menor tropiezo o a la más mínima provocación dejan caer la máscara para mostrar al actor que llevan dentro. Los grandes mayordomos adquieren esta grandeza en virtud de su talento para vivir su profesión con todas sus consecuencias, y nunca les veremos tambalearse por acontecimientos externos, por sorprendentes, alarmantes o denigrantes que sean. Lucirán su profesionalidad como luce un traje un caballero respetable, es decir, nunca permitirán que las circunstancias o la canalla se lo quiten en público. Y se despojarán de su atuendo sólo cuando ellos así lo decidan y, en cualquier caso, nunca en medio de la gente. Como digo, es una cuestión de dignidad".

Ahora el mismo texto, pero con el vocablo mayordomo reemplazado por el concepto candidato presidencial, donde son aún más importantes la grandeza, señorío e integridad.

Dice lo siguiente: “La dignidad de un candidato presidencial está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El candidato presidencial mediocre, ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión. Para estos individuos ser candidato presidencial es como interpretar un papel, y al menor tropiezo o a la más mínima provocación dejan caer la máscara para mostrar al actor que llevan dentro. Los grandes candidatos presidenciales adquieren esta grandeza en virtud de su talento para vivir su profesión con todas sus consecuencias, y nunca les veremos tambalearse por acontecimientos externos, por sorprendentes, alarmantes o denigrantes que sean. Lucirán su profesionalidad como luce un traje un caballero respetable, es decir, nunca permitirán que las circunstancias o la canalla se lo quiten en público. Y se despojarán de su atuendo sólo cuando ellos así lo decidan y, en cualquier caso, nunca en medio de la gente. Como digo, es una cuestión de dignidad”.

Es lo que me gusta de la literatura: las diversas lecturas —incluida la política —que permite un texto.

Es lo que me preocupa de las campañas electorales: los personajes y situaciones de ficción que se infiltran en la disputa por la Presidencia.

Sea como sea, "es una cuestión de dignidad".