Pero no lo es. Tiene fecha de vencimiento. Tarde o temprano caduca. Es un producto perecedero

Por: José David Guevara 17 noviembre
Abarcar mucho poder y engolosinarse con él puede conducir, tarde o temprano, al jaque mate político.
Abarcar mucho poder y engolosinarse con él puede conducir, tarde o temprano, al jaque mate político.

Hay quienes piensan que el poder es eterno...

Olvidan, en cuanto le toman el gusto y se engolosinan con él, que esta apetecible y seductora facultad es temporal, momentánea, pasajera. En ocasiones, efímera, fugaz, apenas un chispazo en el tiempo.

A veces no lo parece, pero tiene fecha de vencimiento. Tarde o temprano caduca. Es un producto perecedero.

Imperios (como el romano, el mongol y el persa), dictadores (como Fidel Castro, Augusto Pinochet e Idi Amin Dada), déspotas (como Hitler, Stalin, Franco, Mussolini, Trujillo) y partidos políticos (Partido Roldosista Ecuatoriano, Partido Colombia Democrática, Partido Demócrata Mexicano y Partido Democrático Venezolano) lo han experimentado en carne propia.

Lo constataron, además, dos personajes históricos que ostentaron el poder tras bambalinas, en calidad de consejeros, asesores, mentores; eso que conocemos como el poder detrás del trono o los que le hablan al oído a quienes ejercen dominio o mando.

Me refiero al francés Joseph Fouché (1759-1820) y al ruso Grigori Rasputín (1869-1916).

En relación con el primero de ellos, recomiendo la lectura de la biografía que escribió el austríaco Stefan Zweig: Fouché, el genio tenebroso, titulada también "Fouché, retrato de un hombre político".

Sin duda alguna, el primero de esos dos títulos es el que mejor refleja el estilo político de quien ejerció su cuota de poder durante la Revolución francesa y el imperio napoleónico: intriga, asechanza, olfato agudo, acertada lectura de los hechos, insinuación, conspiración, maniobra, misterio, maquinación, trampa, artimaña, elucubración y suspicacia.

Fouché era, además, un maestro en el difícil arte de guardar silencio cuando es más prudente callar que hablar, un sabio a la hora de medir los tiempos de la espera paciente y la acción oportuna, un ejemplo de sutilidad y sangre fría para cobrar las cuentas pendientes, un experto en golpear donde más duele y caer siempre de pie —político felino— sin importar quien gobernara.

En cuanto a Rasputín, vale la pena leer el texto Cómo maté a Rasputín, escrito por el príncipe Félix Yusupof, quien asesinó a ese oscuro político la noche del 29 de diciembre de 1916 con la ayuda de venenos y balas.

Dicho documento forma parte de una obra de dos tomos publicada por la editorial Acantilado: Reportajes de la Historia, recopilados por Martín de Riquer y Borja de Riquer.

En esas líneas se describe a Rasputín, quien ejerció una gran influencia durante los últimos días de la dinastía Romanov, como un "miserable" y ocioso, una persona de mirada perversa y modales groseros, dada a las orgías y que aseguraba poder curar cualquier enfermedad.

Asimismo, como un individuo que se creía capaz de descubrir las fortalezas y debilidades de los poderosos —"Yo leo los más íntimos pensamientos en el corazón de los hombres", se jactaba—, convencido de que podía hacer todo lo que quisiera, un "campesino inculto, sin principios, cínico y ávido, que con ayuda de las circunstancias había llegado a la cima de la grandeza".

Se le reconoce su ilimitada influencia sobre el zar y la zarina, y se registra el culto que recibía de sus admiradoras —quienes lo veían como a una especie de Jesucristo—. No sin razón lo apodaban el "Monje loco".

Ante la pregunta "¿Y os obedecen los ministros”, Rasputín responde: "Todos, todos me deben su posición. ¿Cómo quieres que no me obedezcan? Bien saben que si no son dóciles, acabarán mal. Todos me temen, todos sin excepción. Para imponer mi voluntad me basta dar un fuerte puñetazo sobre la mesa".

Pese a la astucia, sagacidad e inteligencia que distinguió a ambos personajes, los dos cometieron el error de dejarse dominar por el hambre insaciable de poder. Se engolosinaron, hartaron, atiborraron y empalagaron.

Y sucedió lo que suele suceder con quienes se aferran al poder de manera obsesiva y enfermiza: se indigestaron. Fouché lo pagó con el olvido, el desprecio y la indiferencia; Rasputín, con su vida,

Hay quienes piensan, incluso en nuestro país, que el poder es eterno...