Un enamorado que financió su boda con esfuerzo propio, sin pretender ni un cinco por parte de Papá-Estado

Por: José David Guevara Muñoz 5 noviembre, 2015
¢175 pagó mi padre en 1959 por sus anillos de matrimonio.
¢175 pagó mi padre en 1959 por sus anillos de matrimonio.

Ocurrió en 1959. El novio, David Guevara Arguedas —mi padre— era un joven de 21 años que necesitaba ahorrar dinero para pagar algunas de las cuentas de su cercana boda con Elizabeth Muñoz Madriz, una bella mujer de 20 años.

Se le ocurrió entonces solicitar trabajo como educador, por lo que acudió al Ministerio de Educación. Lo nombraron maestro en el lejano Carmen de Puerto Carrillo, que pertenecía al cantón de Nicoya (hoy forma parte de Hojancha).

Fue el primer docente de una escuela que funcionaba en un rancho con paredes y piso de madera, y techo de palma. Allí impartió lecciones a 40 niños ubicados entre el primer y sexto grado, quienes vivían en fincas desparramadas entre los cerros de la zona.

Las clases dieron inicio en marzo, luego de que a playa Carrillo llegó la lancha que transportaba el cajón de madera que envió el Ministerio de Educación con los cuadernos, libros, lápices, bolígrafos y tiza. El educador fue a recoger los materiales con una yunta de bueyes mansos que le prestó el presidente de la Junta de Educación de la comunidad. Viajó un total de 16 kilómetros de ida y vuelta.

El joven David recibía un salario mensual de ¢800, cuya mayor parte ahorraba debido a que el único gasto que tenía era el del desayuno, almuerzo y cena que le vendían en la casa de Luis Ángel y Etilma.

Por las noches, aquel enamorado oriundo de Atenas, Alajuela, le enseñaba a leer y escribir a los padres de familia; tarea que no formaba parte de sus responsabilidades ni de su sueldo, pero sí de su vocación. Después se retiraba a dormir en un tabanco construido cerca del techo de la escuela-rancho.

Allí trabajó desde marzo hasta el 31 de agosto, día en que retornó a San José pues la boda tendría lugar el 12 de setiembre. Parte de los ahorros los invirtió en la compra de dos anillos de oro que hasta el día de hoy —56 años después— conservan los nombres de los esposos y la fecha del casamiento en las caras interiores.

Me cuenta mi tata esta historia y siento orgullo de ser hijo de un hombre que pagó su propia boda con esfuerzo personal, sin ningún tipo de ayuda por parte de una convención colectiva abusiva y vergonzosa.