Por: José David Guevara Muñoz 1 junio, 2012

Lo aclaro de antemano: No voté por Justo Orozco. No me gusta como político ni como diputado. No lo considero un líder; en mi opinión, de dirigente no pasa. Por lo general, no comparto en nada su manera de pensar, en especial cuando a la población homsexual se refiere. No coincido tampoco con parte de su visión teológica-religiosa. Es más, ni siquiera acepté su invitación para ser amigos en Facebook.

Sin embargo, sí defiendo su derecho a expresar libremente sus opiniones y posiciones en torno a cualquier tema de interés nacional o humano, por más espinosas, impopulares, controversiales o retrógradas que estas me parezcan.

Les aseguro que en la mayoría de ocasiones en que él se manifiesta sobre algún tema, discrepo absolutamente. Es más, confieso que muchas de sus declaraciones me han irritado, y que, incluso, hasta he hecho mofa de sus palabras.

Aún así, no pretendería ni apoyaría nunca el que se le silencie, censure o se le coarte su libertad de expresión y de ejercer cargos públicos.

En mi opinión, no es válido pretender o presionar para que, en nombre de la diversidad, se uniformen criterios. La diversidad, en una sociedad democrática, debe primar también en el campo de las ideas y las opiniones.

No faltará quien no esté de acuerdo conmigo… ¡Ojalá así sea! ¡Bendito sea el derecho a discrepar, disentir, contradecir, ser diferente, ver el mundo con otros ojos!

¡Bienvenida la diversidad, pero en todos los terrenos!