Pobre del coronel Aureliano Buendía, fue desplazado por el político Gastón Todoeldía...

Por: José David Guevara Muñoz 27 noviembre, 2014
"(...) porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra". Así termina la novela sobre Macondo... La pregunta clave es ¿cómo irá a finalizar la de Tiquicia?

Muchos años después, frente al pelotón de las calificadoras de riesgo, el político Gastón Todoeldía había de recordar aquella tarde remota en que su ministro de Hacienda lo llevó a conocer el déficit fiscal. El faltante en las finanzas públicas era entonces preocupante pero manejable, áun había margen de maniobra, pero claro había que actuar de inmediato, no posponer las medidas correctivas, impedir a toda costa que ciertos privilegios y beneficios se hicieran tan antiguos como huevos prehistóricos. El gobierno era tan reciente y había prometido tanto un cambio, que bien podía invertir una dosis de capital político en hacer las cosas diferente, por ejemplo cerrar la llave del gasto, actuar con austeridad, socarse la faja, combatir gollerías, predicar con el ejemplo más que con la retórica y el populismo; había que poner el dedo en las llagas. Todos los años, por el mes de noviembre, la discusión del presupuesto plantaba su carpa cerca del directorio legislativo, y con un grande alboroto de discursos y proclamas los diputados daban a conocer sus nuevas propuestas en materia de gasto. Un legislador corpulento, de barba ocasional y manos acostumbradas a la curul, que se presentó con el nombre de Demagogia, hizo una espectacular demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios en responsabilidad fiscal. Fue de discurso en discurso pregonando su posición, y todo el mundo se espantó al ver que al final no fue consecuente. En fin, en uno y otro bando cien años sin novedad...

(*) Versión fiscal del inicio de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.