Crónica de un viaje a bordo de un taxi conducido por un hombre ligero para razonar, hablar y señalar culpables

Por: José David Guevara Muñoz 16 octubre, 2015
¿Será posible que el ángel Gabriel haya sido tico?
¿Será posible que el ángel Gabriel haya sido tico?

De repente me pareció que todos los costarricenses nos llamábamos Miguel o Gabriel, que en lugar de caminar revolotéabamos y en vez de ser personas éramos ángeles... Le cuento por qué...

La historia que dio pie a mi confusión angelical tuvo lugar el sábado 10 de octubre anterior. Eran las cuatro de la tarde pasadas cuando abordé un taxi al costado este de la Plaza de la Cultura, justo al lado del restaurante Azafrán.

No había terminado de acomodarme en el asiento trasero cuando el chofer comenzó a "disparar" una diatriba xenófoba...

"¿Usted sabe por qué Costa Rica está tan jodida?", me preguntó y no me dio tiempo de pensar y contestar. "¡Por culpa de los colombianos! Desde que los gobiernos dejaron entrar aquí a esa gente, este país se jodió. Antes aquí no había tanta violencia, ni tantos robos ni tantos asesinatos. ¡Esto está cada día más feo, inseguro por todo lado!"

A la altura de la antigua Biblioteca Nacional (transformada desde hace muchos años en un anaquel de carros donde los únicos títulos que se pueden leer son Toyota, Nissan, Volvo, Mitsubishi, Hyundai, Izusu, Daihatsu, Mercedes Benz, BMW...) tuve el impulso de llevarle la contraria al conductor, decirle que no estaba de acuerdo con lo que decía, que lo mismo he escuchado sobre los nicaragüenses y que en otros países también encuentran fácil y cómodo culpar a los extranjeros de sus males, pero el hombre no paraba de hablar, como si se estuviera desahogando, soltando un "taco" que tenía atorado en la garganta.

"¡Viera cómo hay colombianos por donde yo vivo! ¡Y todos maleantes! Todos andan en negocios oscuros, en actitud sospechosa. Yo duermo ahora con un ojo abierto y el otro cerrado, y todas las noches le pido a Diosito que proteja a mi familia porque en cualquier momento se arma la balacera".

En barrio Amón hice un nuevo intento por tomar la palabra, esta vez para confrontarlo con sus puntos de vista; es decir, preguntarle en cuáles pruebas, datos, estadísticas, estudios se basaba para ser tan contundente con su veredicto. Fracasé de nuevo; el hombre parecía una olla de presión en pleno estado de ebullición.

Ya sobre la calle que conduce hacia Tibás (de la empresa autobusera Caribeños hacia el norte), al taxista le dio por hablar de Pablo Escobar. "¿Usted vio la serie que tranmitió la tele hace un tiempo? Creo que se llamaba 'El patrón del mal'. ¿La vio?", me preguntó y me vio a través del retrovisor interno. "Sí, la vi. Pobre pueblo colombiano, cuánto sufrió con ese criminal y su cartel", respondí. "¿Por qué pobre, jefe? ¡Nada que ver! ¡Pobres nosotros que estamos pagando las consecuencias de los narcos colombianos!"

Mi nivel de paciencia y tolerancia se encontraba en cero para cuando pasamos frente a la Pops de Llorente. Pensé: "Caso perdido discutir con un tipo así, lleno de prejuicios, irresponsable para acusar, ligero para encontrar causas, adicto a los chivos expiatorios y al parecer con un bajo o nulo nivel de autocrítica y por lo tanto terreno fértil para el autoengaño... ¿Para qué hablarle de los colombianos honestos y trabajadores que viven e invierten en nuestro país?"

El hombre continuó con su perorata al tiempo que yo me esforzaba por no prestarle atención, enfocar mi mente en otro tema más edificante y relevante. Pero cuando circulamos frente a la Iglesia San Bruno, me brindó una oportunidad de oro para al menos hacerlo sentir incómodo.

--Jefe, ¿en los apartamentos donde usted viver hay algún colombiano?

Sonreí por dentro y me froté las manos en la imaginación. Luego contesté: "Viera que el único inquilino nacido en Colombia soy yo". ¡Daría lo que fuera por haber fotografiado el rostro, mejor dicho la mueca, que vi por el retrovisor. El tipo se desencajó y solo atinó a preguntarme si estaba vacilando. "No señor, hablo en serio. Nací en Cali, Colombia". Nueva mueca, rostro desencajado. "No le creo, es una broma", me dijo. De inmediato saqué mi cédula de identidad que me acredita como ciudadano costarricense (mis padres son ticos) y que también da cuenta que nací en Cali.

El chofer se quedó mudo y evitó verme más por el espejo. No sé si estaba asustado o apenado. Solo volvió a hablar cuando me entregó el vuelto; con una salida muy a lo tico me dijo: "Bueno, como en todo: hay excepciones".