Por: José David Guevara Muñoz 3 marzo, 2016

En enero, los ciudadanos de aquel país perdieron los lóbulos de las orejas. Ninguno se percató, pues ¿quién echa de menos lo que nadie tiene? Quienes usan aretes, simplemente y sencillamente los colocaron en lo que quedaba de ese órgano.

Llegó febrero y en este mes desaparecieron las conchas carnosas de las orejas. Esta desaparición pasó inadvertida también. No hubo voces de alerta ni de alarma.

Marzo. Como si fueran golondrinas, volaron las hélices, esas curvas ubicadas en lo alto de las orejas; sí, en las que se apoyan las patillas de los anteojos. Hubo quienes notaron que algo extraño había ocurrido, pero no dijeron nada.

En abril se esfumaron los tragos, esas prominencias donde crecen vellos. Suceso sin pena ni gloria, pues las personas solo tenían tiempo para pensar y planear las vacaciones de Semana Santa.

Los tímpanos se marcharon en mayo. Estaban presentes cuando hombres y mujeres se acostaron a dormir la noche del 30 de abril, mas no quedó ni uno solo al amanecer del 1° de mayo.

Junio: el turno de las trompas de Eustaquio. Los otorrinolaringólogos descubrieron la ausencia, pero guardaron silencio pues ningún ciudadano se quejó del faltante.

En julio se evaporaron los meatos acústicos. Así como lo lee, se hicieron humo.

Los huesecillos auditivos del oído medio pasaron a mejor vida en agosto.

Setiembre, Las cócleas; octubre, los conductos auditivos; noviembre, los estribos, y en diciembre, las escalas vestibulares.

Cuando llegó el año nuevo, no quedaba ya nada de los oídos.

El asunto no pasó de simple anécdota, entretenido tema de conversación en bares y salas de belleza.

¿Quién iba a hacer un escándalo por la pérdida total de los oídos en un país donde nadie escucha realmente a los demás pues cada quien tiene clara y firmemente definidas sus posiciones en todos los temas habidos y por haber y no necesita, por lo tanto, prestar atención a lo que opinan los demás?