Por: José David Guevara Muñoz 25 abril, 2012

Artículos interminables…

Discursos maratónicos…

Informes alambicados…

Proyectos laberínticos…

Tesis interminables…

Conferencias de prensa tipo largometraje…

Homilías per secula seculorum

Debates desmesurados…

Presentaciones de libros eternas…

Locutores con incontinencia verbal…

Sin duda, todos tenemos mucho que aprender del cuentista costarricense Carlos Salazar Herrera (1906-1980).

¿Qué tenemos que aprender? El arte y la cortesía de la brevedad, la síntesis, la concisión.

Ese es uno de los valores de comunicación que encontramos en el libro Cuentos de angustias y paisajes, escrito por ese exprofesor universitario.

En las páginas de esa obra no hay espacio para la verbosidad ni la locuacidad.

Se trata de relatos sucintos, cortos, precisos, al grano. Se nota que el autor disparó con rifle de mira (para colocar cada palabra en un blanco bien definido) y no con escopeta de perdigones (desparramando vocablos sin control).

Basta con leer La bocaracá, El calabazo, La sequía, El cayuco, Los colores, Un grito, El beso, Un matoneado, La bruja, El grillo, La saca y el resto de los relatos de Salazar Herrera para apreciar que allí no sobran palabras pues cada una está puesta en su lugar.

Y es que este escritor, quien gustaba de la ginebra y las anchoas, prefería la precisión del lenguaje a la verborrea; la economía de las palabras, al despilfarro; la claridad, a la pedantería, y la comunicación eficaz, al mensaje hueco y efímero.

Vale la pena leer a Carlos Salazar Herrera y, además de disfrutar de sus cuentos, aprender el arte y la cortesía de la brevedad, la síntesis, la concisión.