Un sábado de inconvenientes por un cajero automático y el apagón

Si algo puede salir mal, saldrá mal: voy a hacer un retiro y el cajero no me lo entrega, pero el banco lo debita; estoy en la barbería y en medio corte al rape se va la electricidad.


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Sábado de mandados. Pagar el alquiler, luego pasar a la librería, a la barbería y al supermercado.

Para empezar, voy al cajero automático para retirar el monto del alquiler y pagar en efectivo, porque a los dueños o al gerente se les para la peluca con solo oír la palabra "transferencia electrónica".

El día está fresco. Escojo ir al AMPM más cercano. "Qué dicha no hay nadie en el cajero". El día anterior en la noche la fila salía del mini supermercado.

Introduzco la tarjeta, dígito la clave y luego el monto. En eso llegan dos personas más y hacen fila.

"Está durando mucho", les digo a manera de disculpa.

En la pantalla aparece una imagen de una mano que retira el dinero de la ranura varias veces (como un zip, repite la acción una y otra vez, una y otra vez).

Trato de escuchar si la máquina está haciendo el ruido característico de cuando se pone a buscar los billetes, contarlos y entregarlos.

Nada. Silencio total.

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Hace un mes tuve que ir a la sucursal, a un kilómetro de aquí, pues esta cajero no tenía efectivo. Como que en las fechas de pago de salarios está haciendo aguas la capacidad del banco para que los cajeros tengan el dinero suficiente.

Si pudiera pagar vía transferencia sería más fácil.

La muchacha que atiende en el AMPM me cuenta que a ella le pasa lo mismo. El propietario de la casa que ella alquila vive al lado y tampoco quiere que le pague por transferencia. La hace ir al banco y que deposite en efectivo.

Ahora todo se paga por Internet. Además, por cada retiro –después del máximo mensual permitido– el banco me cobra. Y por cada transacción en un cajero humano y también me cobra.

De pronto, el cajero automático tira afuera la tarjeta, pero nada del dinero.

Vuelvo a intentarlo con la cara de "porqué a mi". Los otros dos se han ido.

Introduzco la tarjeta, dígito la clave, dígito el monto y sale el mensaje de "Fondos insuficientes".

Imposible. Antes de salir de la casa me metí en la app y comprobé el saldo.

Ahí mismo, en el AMPM, entro a la app y veo que efectivamente el retiro está debitado.

De una vez llamo al banco, al número telefónico que indica el mismo cajero.

Tengo que digitar el número de tarjeta y la tecla asterisco, luego viene la letanía de todo el menú de números de atención al cliente. Hasta que me da la opción que necesito, marcar el cero, y más pronto de lo esperado me atiende un ejecutivo.

El agente hace las preguntas de corroboración y me pregunta cuál fue su última transacción...

Por un instante quedo bloqueado. Ayer mismo había pagado el gimnasio y había pasado por dos compras rápidas para la noche. Pero de eso no me acordé.

—Retire cuatro mil colones hace unos dos o tres días.— respondo.

Claro esa respuesta era fácil. Siempre retiro ese monto para los pasajes de la semana.

Le agrego rápidamente de cuál cajero fue y en cuál localidad, para que tenga más detalles y los compruebe, por aquello.

—¿En que le puedo servir?— me dice al fin.

Le cuento. Él comprueba que efectivamente la suma indicada aparece como retirada.

Voy a reportar este caso con prioridad por el monto que es, para que los compañeros encargados lo resuelvan lo más pronto.— me dice.

—¿Y cuánto duran?— pregunto con la debida congoja. A esta altura no me interesa si pago o no con puntualidad el alquiler. Lo que me preocupa es recuperar esa plata.

Me explica lo que normalmente dura. Al darle prioridad, tal vez, tal vez sea antes. El "tal vez" lo agrego yo, acostumbrado a que las cosas no salgan como uno desea o simplemente como deberían ser.

—Espere tres minutos por favor mientras termino el reporte.— me indica.

Salgo del mini supermercado, tienda de conveniencia o como le llamen y me paseo al frente de un lado a otro. Si alguien se fija llevo el celular como si hablara con alguien, con cara preocupada, pero sin decir nada.

Como aquellos tipos, cuando empezaba la telefonía móvil, que —según el mito urbano— iban haciendo la pantomima de que hablaban por el teléfono.

Si pasara un conocido diría "¿de qué jugas?"

Y en eso pasa un conocido. Desde un auto alguien me saluda. Lo reconozco un segundo después.

—¿Cómo vas?

—Bien, ¿y vos?

—Pura vida.— respondo en modo automático, sin ningún convencimiento evidente.

Y sigo a la espera.

A su correo le llegara una confirmación.— me dice al fin el agente de atención de clientes del banco.

Le pregunto el nombre y luego lo apunto para que no se me olvide, por aquello que al final quede en espera de la devolución.

Claro que en el banco tendrán que hacer las corroboraciones del caso.

Supongo que comprobarán los registros de transacciones, no sé cómo comprueban si el cajero dio o no el dinero, y supongo que revisan el video (los cajeros tienen una cámara) para verificar —por la cara que uno hace— que el dinero no se recibió.

—Bueno. Muchas gracias.

Ahora tendré que esperar la notificación del trámite y, después, la del depósito.

Por ahora en mi correo lo que aparece es una encuesta de servicio al cliente enviada un día antes sobre si recomendaría al banco a otra persona. En las notificaciones en la cuenta del banco no había nada.

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Con el saldo que quedó puedo hacer varios mandados. Me voy al mall, directo a la barbería.

La muchacha de la caja me dice que solo hay un cliente adelante. Veo un campo en el sillón de la sala de espera y me siento.

Al instante llaman al cliente: es un niño pequeño, casi un bebé, y su mamá lo lleva a su primer corte.

Un momento después es mi turno.

Llego a la silla indicada, me colocan la capa y cuando ya estaban pasándome la máquina de cortar pelo al rape –con la cero– por un lado, bordeando una de las orejas, la luz del local parpadea, la máquina tose, se produce un apagón eléctrico y todo queda a oscuras.

No hay electricidad en todo Costa Rica.

Definitivamente: si algo puede salir mal, saldrá mal.

PD: En la barbería me afeitaron la cabeza a dos manos, mientras un tercero sostenía el foco de un celular para alumbrarme; el domingo regresé a pagar y hacer otros mandados. Del banco no he recibido ninguna notificación.

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La Ley de Murphy Carlos Cordero

Aquí hablamos de experiencias, de lo que nos ocurre como usuarios, como clientes de negocios o como ciudadanos que creemos se debería aprovechar más la tecnología en los servicios y en la sociedad, con la idea de aprender, de ser irreverentes para ver si alguien hace algo, y también para reír un poco de los fallos.

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