Cinco tipos de usuarios telefónicos que todos reconocemos con facilidad

El que nunca contesta ni llama, el "conductor experto", el fanático de hablar por el móvil, el gamers y el que camina esquivando todo y sin despegar la mirada de la pantalla


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Recuerdo el primer teléfono que hubo en casa. Era de aquellos con el disco del 0 al 9, al que lo hacías girar para marcar el número al que uno quería llamar.

Por supuesto rápidamente se le colocó un candado y rápidamente había quienes sabían cómo llamar muy a su pesar.

Igualmente hoy nos encontramos en las casas, en las oficinas y en los buses varios tipos de usuarios:

- El que nunca llama ni se da cuenta cuando lo llaman. Siempre anda el móvil en silencio y de las vibraciones ni se da cuenta. Deja el celular por ahí y si alguien llama, ni supo hasta que revisa el teléfono (por poquito: unas horas después). En estos casos la gran pregunta es para qué tiene un iPhone 6s, el P8 de Huaweii o el Galaxy S Edge Plus que recién sacó Samsung si nunca responde, si nunca llama. Para este usuario el smartphone es una pequeña computadora manual que sirve para ver correos, revisar documentos en línea. Y siempre se pregunta cómo hacen los demás para tener tanta creatividad y sacar fotos de cualquier cosa en cualquier lado para subirlas al Face o a Instagram. Hasta el notificador de WhatsApp tiene desactivado y solo de vez en cuando lo revisa para ver quién dejó algo ahí y darse por enterado que era un mensaje de días atrás, decidir de inmediato que luego lo responderá y terminar borrándolo semanas más tarde porque ya ni valía contestarlo. ¿Cuál es la mejor forma de comunicarse con alguien así? Enviándole un mensaje vía el chat o Messenger de Facebook, el WhatsApp o un mensaje de texto. Tal vez lo vea a tiempo...

- El que va conduciendo automóvil, camión e incluso autobús y va hable que hable, con el celular prensado en el cachete y la oreja contra uno de los hombros, con la cabeza volcada sobre ese lado como si se hubiera desprendido del otro lado. Se la saben todas -o eso creen- para evitar que los pille un tráfico (¡claro nunca hay!), darse cuenta a tiempo de que el semáforo se puso en rojo, evitar el choque contra otro auto, esquivar un trailer y sermonear con adjetivos calificativos no publicables a un motociclista. Tienen la capacidad para cambiarse el celular al otro lado, recomponer la cabeza y desprenderla para seguir hablando. Y pueden luego llevarlo agarrado con ambas manos, guazapeando o en el Messenger, sostenido contra el volante. Llevan el manos libres en la guantera, pero les estorba que se les cae de la oreja a cada brinco del vehículo en los huecos de las calles y que el micrófono les queda casi en el pecho o son de esos que no llegan ni a la mejilla por lo que hablan a gritos y quedan desgalillados. Se lamentan que el sistema para conversar en el auto no existe en el modelo que andan o que se les olvida a cada momento y que de todas formas sólo están utilizando el celular por mientras van en el carro.

- El que pasa mensajeando, contestando y llamando. Se cuelga al celular en cualquier lado, en el bus, en la calle, en el aula, en el gimnasio, y hasta cuando anda corriendo. En los tiempos de los teléfonos de discos, si este usuario hacía o recibía una llamada, los demás en la casa se quedaban en estado de espera por horas, lo que llevaba a no pocos disgustos, discusiones y acusaciones entre familiares. En los trabajos era el típico empleado que se pegaba al teléfono a veces sin que le importara si un cliente esperaba a que lo atendieran e incluso si el jefe ya merodeaba por ahí impaciente. Ahora lo hace en su celular para que no le digan que usa la línea de la empresa o de la institución, se levanta de su puesto y se va a un sitio apartado o a un pasillo donde se pasea de un lado a otro como quien está tratando un asunto de vida o muerte y tan solo es la típica, reiterada y aburrida discusión por cualquier tontera con la pareja; el eterno problema de que algún hijo, sobrino o ahijado no hace las tareas, es un desobediente y un malcriado, y lo están maleducando; o las tragedias típicas de familia o la vecindad, de alguien que siempre pide prestado y no paga, de alguien que se divierte más de la cuenta hasta las madrugadas en los días entre semana y en los días de fin de semana también, o del que ahora solo ejercicios, que solo come según la dieta del nutricionista, se acuesta temprano y parece monje porque ya no se divierte ni sábado o domingo. Cualquier cosa sirve, en especial si es la vida de los demás, para pasar pegado al celular.

- El que pasa jugando o viendo vídeos. Bueno, claro, para combatir el tedio de las presas. Probablemente en su casa pasa jugando en su consola o viendo los vídeos en la PC. En los buses -ya que los Mini Nintendo se extinguieron como los dinosaurios y por culpa, no de un meteorito, sino de los móviles- saca su dispositivo tipo smartphone y, después de revisar sus cuentas de redes sociales, empieza a jugar mientras el pasajero de al lado cabecea y hasta babea de frenazo en frenazo cada dos metros que tiene que dar el chofer. A este no hay nadie que lo distraiga: se coloca unos audífonos y empieza a mover figuras por escenarios virtuales, con la concentración de alguien a quien se le va la vida en eso. Y la presa... ¿había?

- El que anda caminando y va con el celular revisando el Facebook, el WhatsApp, los mensajes de texto, las noticias en el navegador, los tuits, las llamadas perdidas, las recibidas y las realizadas, las apps de restaurantes, Tinder, Badoo, y hasta el Waze. Y van con el móvil esquivando a otros transeúntes, a los basureros, a los maceteros, a los postes, a las señales de alto (las que están derechas y las caídas), los huecos de las aceras, los desniveles, los excrementos de zaguates, las cáscaras de banano, los muppies, los automóviles estacionados con la mitad en la calle y la otra mitad en la acera, cruzando con el semáforo apenas, saludando a conocidos y dando una ojeada a los desconocidos, evitando mendigos y guachimanes, pasando a un lado de una gotera que cae de una canoa como una catarata, caminando en paralelo a una fila de gente que espera un bus, cruzando entre un puesto de ventas en una esquina y el vendedor, zigzagueando entre los tapetes de chucherías de los informales, esquivando vendedores de chips y tarjetas de celulares, y todo eso sin despegarse de la pantalla del smartphone.

¿Habrá más?

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La Ley de Murphy Carlos Cordero

Aquí hablamos de experiencias, de lo que nos ocurre como usuarios, como clientes de negocios o como ciudadanos que creemos se debería aprovechar más la tecnología en los servicios y en la sociedad, con la idea de aprender, de ser irreverentes para ver si alguien hace algo, y también para reír un poco de los fallos.

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