¿Qué pensará ese anciano de las pensiones de lujo?

Un abuelo que al parecer ni siquiera recibe una jubilación decente


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A ese anciano que me conmovió y me dejó pensando lo vi por primera vez el lunes pasado casi al final de mi caminata matutina. Hombre de paso lento, supongo que no solo por los más de ochenta años que le calculé, sino también por un evidente problema en su pierna derecha y las herramientas de jardinería que cargaba: machete, rastrillo, motoguadaña, azadón y tijeras de podar.

Lamenté no portar una cámara de bolsillo con la cual fotografiarlo previa autorización suya para hacerlo. Por lo tanto, no me quedó más que buscar en Google el retrato de un abuelo parecido: sombrero, rostro con los surcos del tiempo, cejas y bigote canosos, y mirada triste.

Sí, los ojos de ese viejo que se volvió a mirarme mientras pasaba a su lado estaban cargados de nostalgia, melancolía, pena, cansancio; no vislumbré en ellos ni siquiera un asomo de alegría o esperanza.

Minutos después, ya en casa, se me ocurrió invitarlo a tomarse un café. Salí a buscarlo, mas no lo hallé; posiblemente, tomé el camino equivocado. "¿Por qué tardé tanto en reaccionar? ¿Cómo no se me ocurrió ofrecerle desayuno en cuanto lo vi?", me pregunté con tono de reproche.

Obviamente me dolió más no compartir con él huevos revueltos, tostadas, queso y café que no haberle tomado una foto. En este mundo donde abunda la gente sedienta de ser enfocada por lentes fotográficos, encandiladas por flashes y derrochar poses, hay personas hambrientas de solidaridad, compasión, sentido de humanidad.

Desde entonces lo he tenido presente por medio de una serie de preguntas: ¿Qué comerá ese anciano? ¿Tendrá un techo digno? ¿Cuál será su estado de salud? ¿Recibirá la atención médica que merece? ¿Cuánto dinero ganará por semana? ¿Con qué sueña o soñó alguna vez? ¿Cuál será su historia de vida? ¿Cuándo habrá sido la última vez que estrenó ropa y zapatos? ¿Tendrá con quién conversar, desahogarse? ¿Habrá algo que lo haga feliz o al menos sonreír? ¿Qué significado tendrán para él palabras como justicia, equidad, oportunidades, Estado, inflación, PIB, tipo de cambio, bancarización?

¿Qué pensará de los discursos presidenciales que pintan un paraíso lleno de Evas y Adanes? ¿Y de las promesas electorales que anuncian un mundo mejor con mesías incluido? ¿Creerá en los programas con enfoque social, en las iniciativas de combate a la pobreza?

Finalmente, ¿qué pensará o sentirá cuando escucha sobre quienes reciben pensiones de lujo (millonarias, escandalosas, abusivas, exorbitantes, aunque "legales") en un país como el nuestro, donde la cobija más caliente cada vez alcanza menos para cubrirnos a todos, sino a unos pocos ("vacas sagradas", "dioses del Olimpo", "figurones intocables", "estatuas de mármol con cara de barro"), mientras que a él no le queda más que seguir chapeando la realidad, podando la miseria, abonando lo que le queda de vida?

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La vida es sueño José David Guevara Muñoz

Jose David Guevara ejerce el periodismo desde febrero de 1987, siempre en el Grupo Nación. Empezó en el periódico La Nación, donde fue redactor de temas inactuales, económicos y políticos. Se incorporó a El Financiero en setiembre del 2000, primero como editor, posteriormente como jefe de Redacción, y actualmente como director.

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