Un Gabinete literario

¿Por qué no un gobierno integrado por don Quijote, Gregorio Samsa, Uvieta, Eva, Marco Polo, Aladino, Mauricio Babilonia, el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Tieta de Agreste, Pinocho, Odiseo...?


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¿Don Quijote Presidente? ¡Jamás! Muy arriesgado poner ese alto cargo en manos de un personaje que invierte fuerzas y energías luchando contra gigantes imaginarios, enemigos fantasiosos, desafíos ilusorios, aventuras que no pasan de ser espejismos. Como ministro de Justicia sí, por su vocación y disposición a luchar y arriesgar la vida en pro de lo que considera justo, recto y honesto. Ese sería su puesto en el Gabinete.

Gregorio Samsa, protagonista de La metamorfosis, de Franz Kafka, asumiría la cartera de ministro de la Presidencia, una responsabilidad en la que se requiere a alguien humano a la vez que "bicho" en el sentido costarricense de esta palabra: jugado, astuto, calculador, desconfiado, solapado, zorro, hábil. Con él volveríamos a los tiempos de las negociaciones políticas, en vez del de las simples conversaciones.

Respecto al Ministerio de Hacienda no hay duda: Harpagón, personaje principal de El avaro, de Moliere. Ni modo, hace varios años y gobiernos que hay que socarle la faja al gasto público y es tan crítica la situación que se requiere de la firmeza de alguien tacaño, ahorrador, frugal, austero en exceso.

Fouché, el genio tenebroso, biografía escrita por Stefan Zweig, nos sirve en bandeja de plata a un jerarca de lujo para Seguridad Pública: Joseph Fouché, influyente político francés al que no le gustaba figurar en los periódicos ni robarse el show en actos públicos pero que desempeñó un papel influyente y estratégico tras las bambalinas en tiempos de la revolución francesa, el imperio de Napoléon Bonaparte y el retorno a la monarquía a  finales del siglo XVIII y principios del XIX. Eran tan sagaz y sigiloso para actuar en las sombras, actuar en el tiempo oportuno y saber cuándo callar que sobrevivió a figuras como Robespierre y Napoleón. Hoy día no cedería a la tentación de las cámaras y los micrófonos.

¿Qué les parece Uvieta, el de los Cuentos de mi tía Panchita, de Carmen Lyra, para el Ministerio de Obras Públicas y Transportes? A mí me parece que un tipo que fue capaz de bailarse a Tatica Dios, la Muerte y el Pisuicas, reúne las condiciones necesarias para poner orden de una vez por todas en materia de transporte público: dotar al país de un tren de verdad o un metro, reordenar rutas, poner a los taxistas y a Uber en el lugar que les corresponde, eliminar los piques, atacar las presas y poner al país al día en materia de infraestructura vial.

Eva, la del Génesis, sería la ministra de la Condición de la Mujer. Sospecho que su visión y perspectiva sobre el verdadero papel, dignidad, inteligencia y capacidades de las mujeres —no el que le asignaron los escritores bíblicos en tiempos de machismo absoluto— contribuiría a que a las féminas se les concedan los derechos y espacios que se les han negado durante mucho tiempo.

La Cancillería estaría en buenas manos si se le otorga al caballero británico Phileas Fogg, figura central en La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. Ese hombre sí que recorrió y conoció mundo en tren, barco, vapor, buque, elefante, goleta, paquebote y trineo. Su mayordomo y compañero de viaje, el francés Jean Passepartout, sería un digno vicecanciller.

Difícilmente alguien pueda disputarle el Ministerio de Comercio Exterior al mercader veneciano Marco Polo, protagonista del Libro de las Maravillas —obra de Marco Polo y Rustichello de Pisa—, cuyos viajes comerciales inspiraron a Cristóbal Colón. Este hombre que vivió entre 1254 y 1324 hizo del mundo conocido hasta entonces su mercado.

Teplotaxl sería un eficiente ministro de Planificación. Me refiero al personaje del libro El Diablo de los Números, de Hans Magnus Enzensberger. Ningún ministro, absolutamente ninguno, podría salirse con la suya en caso de maquillar o inflar resultados o cumplimientos de metas. Una ficha clave, toda una garantía. A más de un empleado público se le acabaría la fiesta, pues este jerarca sí implementaría una evaluación rigurosa de desempeño.

El Ministerio de Economía, Industria y Comercio le correspondería a Aladino, uno de los tantos personajes del voluminoso Las mil y una noches, con la esperanza de que le ordene al genio de su lámpara maravillosa eliminar el exceso de tramitomanía. Habría que ver cuáles serían sus otros dos deseos.

¿Y el Ministerio de Comunicación? Ni más ni menos que para Mauricio Babilonia, de Cien años de soledad. Necesitamos que sus mariposas amarillas echen a volar esa cartera, le eleven el nivel.

De El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, sale el ministro de Vivienda, dos personajes en uno: el Dr. Jekyll cuando se requiera de un espíritu bondadoso y solidario con quienes carecen de un techo digno, y Mr. Hyde para enfrentar sin piedad a quienes hacen negocios ilícitos con proyectos de vivienda.

Tieta de Agreste, de Jorge Amado, tendría a su cargo el Ministerio de Trabajo. En ese campo se requiere a una personalidad abierta, flexible, osada, emprendedora, más amiga de las soluciones que de los problemas y las trabas.

En relación con la cartera de Salud, hay dos médicos aptos para desempeñar esa responsabilidad: el Dr. Rieux y el Dr. Castel, quienes ya saben lo que es enfrentar grandes retos. De ello da cuenta La peste, de Albert Camus, en cuya ciudad aparecen cientos de ratas muertas en las calles.

Hermes, el dios mensajero de la mitología griega, asumiría el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Telecomunicaciones. Un puesto a la medida de alguien que está al tanto de lo que ocurre en el mundo actual y que por lo tanto tenga una actitud abierta a los avances y tendencias en lugar de cerrarles las puertas.

Nadie mejor que El caballero inexistente, de Italo Calvino, para el Ministerio de Ambiente y Energía. Su condición de personaje invisible le permitiría recorrer el país y empaparse de la realidad por sí mismo, en lugar de comer cuentos de algunos ambientalistas o tragar historias de algunos empresarios.

El Ministerio de Cultura tiene dueño: Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis. Un tipo lleno de energía, entusiasmo, optimismo, alegría, soñador, apasionado y bohemio, solo que un poco desordenado con el dinero por lo que habría que nombrarle un viceministro administrador; por ejemplo, Beremiz, personaje de El hombre que calculaba, de Julio César de Mello y Souza.

Gabriela, la protagonista de Historia de una maestra, sería la ministra de Educación Pública. Un personaje de Josefina Aldecoa lleno de esperanza e idealismo y una gran y ejemplar vocación docente.

Sancho Panza, jerarca de Agricultura y Ganadería. No solo cuenta con experiencia en ambos campos, sino que acumuló experiencia política cuando gobernó la ínsula Barataria. La realidad nos ha enseñado que el colmillo político es sumamente necesario en un equipo de gobierno.

Pinocho, de Carlo Collodi, suena fuerte para la presidencia ejecutiva del Banco Central —cargo que si bien no forma parte del Gabinete, sí es nombrado por el presidente de la República—. ¿Y por qué en ese puesto? Primero, porque es de madera; está acostumbrado a llevar palo. Segundo, sabe distinguir verdades de mentiras. Y, tercero, es todo un experto en decir sin decir, un mago de la palabra, un trapecista del verbo.

Bueno, ¿y el Presidente? Odiseo, el personaje del poeta ciego Homero, por su valor para enfrentar desafíos y problemas (regresó a Ítaca a pesar de la enemistad con el dios Poseidón), astucia para vencer obstáculos en lugar de posponerlos (fue el autor intelectual del Caballo de Troya), sabiduría para discernir cuáles pleitos valen la pena y cuáles no (le ordenó a sus hombres atarlo al mástil de su barco para no sucumbir a los cantos de sirenas), más de acciones que de palabras (enfocado, concentrado en la guerra contra los troyanos) y con un rumbo claro (retornó a su hogar, junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco pese a la oposición del viento y las mareas).

Tenía razón el escritor colombiano Gabriel García Márquez cuando dijo que en América Latina la ficción supera a la realidad...

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La vida es sueño José David Guevara Muñoz

Jose David Guevara ejerce el periodismo desde febrero de 1987, siempre en el Grupo Nación. Empezó en el periódico La Nación, donde fue redactor de temas inactuales, económicos y políticos. Se incorporó a El Financiero en setiembre del 2000, primero como editor, posteriormente como jefe de Redacción, y actualmente como director.

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