Tras "desplome" de Araya, borrón y elección nueva. Algunas pistas para leer lo que viene


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La elección presidencial del 2014 entró en una nueva fase, la etapa de la definición, con la reciente encuesta de Unimer para La Nación. No se trata de un cambio de reglas o de un suceso telúrico electoral inédito en el cual se quiebran todos los parámetros anteriores, sino de un ajuste en algunos elementos, pero que sacude la percepción inicial, de un proceso frío y congelado, a una carrera en la que casi cualquier candidato puede ganar.

En este blog, en anteriores publicaciones, se mencionó que la elección estaba lejos de ser un paseo electoral para Johnny Araya, ante la falsa impresión de que había tomado una ventaja inalcanzable en las encuestas. En esa dirección, al evaluar la anterior encuesta de Unimer en setiembre, se indicó que había un elevado número de votantes que no habían indicado decantado todavía, por lo que la delantera del candidato oficialista era relativa. A eso se debe sumar que los ciudadanos se han vuelto menos fieles en las urnas. En lugar de ser votos dóciles, que van mandamente detrás de un partido o candidato, se trata de votantes más rebeldes, que quieren escoger. Por eso, más que un desplome de Araya en la encuesta, pareciera que se trata de un ajuste, un reacomodo que no sería el último.

Son votantes rebeldes, volátiles... que tienden a escoger hasta el final. Lo que quiere decir que todavía se puede esperar importantes sacudidas en las preferencias. No hay nada finiquitado, a dos meses de la cita con las urnas.

¿Qué es lo que viene? lo primero que se vislumbra, luego del escenario frío y apático, con poco movimiento, es una campaña de miedo. Miedo a la izquierda, miedo a la derecha, miedo al tercer período consecutivo del PLN.

Sin embargo, el miedo no consigue votos. Lo más que logra es desinflar un poco una candidatura. Pero dado que la clave dejó de ser la fidelidad partidaria, sino captar la confianza de electores escépticos, eso puede hacer que haya dos campañas a la vez: una visible, para tratar de contener, y otra subterránea, más difícil de percibir: la construcción de la confianza en medio del fragor electoral.

En este panorama, una segunda ronda parece cada vez más probable. La dificultad de que una candidatura logre un despegue vigoroso en dos meses parece improbable: si no han logrado captar el favor de los ciudadanos en los meses anteriores, es complicado que lo logren en solo dos meses.

En este terreno, todos lidiarán con la cuesta de enero. Araya tiene el gran lastre de haber perdido casi 20 puntos desde setiembre en el escenario del voto decidido, y la imagen, al menos ante un gran sector de la opinión pública, de líder casi inalcanzable. Luce muy vulnerable, con dos gobiernos del PLN a cuestas y sin terreno para crecer (35% dice que jamás votaría por Araya). Paga el precio de una campaña sosa, ausentándose de los debates y menospreciando el proceso: prefirió ir a México, a preparar un proceso de concertación, en lugar de concentrarse en su estancamiento en las intenciones de voto. Ahora, solo el temor a la oposición podría darle un segundo aire.

José María Villalta salta por primera vez, de contendiente, a líder. Todavía no se despega, pero dio un golpe sicológico. Sin embargo, pronto comprobará que es diferente ser perseguidor, a líder. También habrá que evaluarlo en el rol de opción real, diferente a cuando podía estar captando cierto margen de voto protesta, más interesado en desafiar al sistema, antes que pensar en una victoria.

Otto Guevara también creció, al menos para alcanzar a Araya. Sin embargo, desde la pasada campaña, parece haber perdido impulso. Al igual que Villalta, enfrentará los temores de tener posibilidades reales de llegar a Zapote, y de los aspirantes es el único con el desgaste (y la experiencia) de tres campañas a cuestas.

Luis Guillermo Solís y Rodolfo Piza no pueden ser descartados. Particularmente si hay una refriega entre los tres candidatos en las primeras posiciones, podrían obtener alguna ventaja, pero deben crecer más en su intención de voto, para mostrarse como opciones conciliadoras, pero con posibilidades de vencer, por aquella noción del "voto útil".

Viene una recta final en la que todos tienen opciones: falta un 40% del electorado por decidir. Aunque un importante porcentaje vaya al abstencionismo, todavía hay mucho voto en el aire (y recuerden, nadie tiene nada amarrado. Los votantes pueden ir y venir de una acera para otro, como quien va comparando vitrinas por el centro de San José, hasta encontrar una que le atrae). La clave es leer los nuevos elementos, este comportamiento de los electores que cada vez se rebelan más  y se resisten a ir mansamente a las urnas. Votantes volátiles, dispuestos a buscar algo de confianza, que pueden decidirse (o cambiar su opción) en el filo del proceso.

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Poli-tica Mario Bermúdez

Periodista. Fue redactor de la revista Rumbo (1990-1997) y el periódico La República (1997-2003) en los que incursionó en la cobertura de temas políticos. Ingresó a EF en noviembre del 2003, en la sección de Economía y Política. Actualmente es editor de Economía, Política y Tecnología.

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