¡Échale la culpa a las encuestas!


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En la Antigüedad, los griegos y otros pueblos recurrían a los oráculos para obtener respuestas de lo que deparaba el futuro. Actos para tratar de conocer en forma anticipada el porvenir, que en el fondo solo procuran exorcisar la incertidumbre y el miedo a lo que no se puede controlar. Asi que en el fondo, se trata de una milenaria costumbre humana: eludir la responsabilidad por las decisiones propias.

Este lugar de los oráculos pareciera estar siendo heredado, en la actualidad, por el uso que algunos quieren hacer de las encuestas políticas. Hay señales que sugieren una creciente tergiversación de lo que representan, que va desde idolatrarlas hasta minimizarlas, en lugar de entenderlas como un instrumento técnico, que permite analizar el contexto actual y valorar posibles tendencias.

Por eso es que se puede entender que parte de la actual campaña se haya desviado a discusiones bizantinas sobre las encuestas, que en lugar de ponderar sus resultados, metodologías y lo que dicen, se concentra en un esfuerzo por identificar cuál es la buena, la que dice lo que pasará. Y entonces el debate se convierte en actos de fe o de descalificación, porque los resultados no se ajustan a la visión predeterminada de antemano.

Lo que esto esconde es un intento de rehuir a la responsabilidad. El votante que busca una guía en las encuestas, en lugar de analizar candidatos y partidos, después podrá lamentarse de que las mediciones no le dieron más opciones, o lo llevaron a una escogencia que no convenía. Los partidos pueden alegar que su propuesta era sólida y su campaña ejemplar, pero las odiosas encuestas los condenaron al ostracismo. O se puede alegar que los porcentajes desanimaron a los potenciales seguidores y los llevaron a una desbandada. Poco tendría que ver su estrategia, la trayectoria de su aspirante o sus contradicciones internas; todo se reduce a la encuesta, la caprichosa encuesta.

Por supuesto que pueden existir errores en las encuestas, como en todo instrumento. Por descontado que pueden darse equivocaciones en su interpretación, sea por desconocimiento o por un deseo de forzarlas para defender o atacar el desempeño de un aspirante. Claro que los datos pueden afectar o potenciar una postura, particularmente en aquellos que asuman la posición del voto útil. Pero la discusión debe llevarse al terreno técnico, y no al predictivo. No se trata de anticipar el resultado, no se trata de caer en una encuestocracia, donde desde el financiamiento de los partidos, hasta las posibilidades de las aspiraciones, se delimitan únicamente por el poder de estos sondeos. Ni poner las encuestas en un altar, ni condenarlas como si tuvieran un pecado original.

Por demás está decir que la mejor fórmula para esto, es rescatar la responsabilidad del ciudadano, del votante. No hay que buscar atajos para tomar estas decisiones. Es cierto, la forma de definir la voluntad al final es un acto personal, que no requiere un proceso único y que puede responder a muy diversos elementos. Pero lo deseable sería que en ellos no se trata de rehuir la decisión. Informarse, comparar, recordar, evaluar. Decidir con criterio, sin recurrir a oráculos o cábalas que al final, solo representan un intento de escapar de uno de los actos que más deben definir al ser humano: su capacidad de pensar y decidir por sí mismo.

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Poli-tica Mario Bermúdez

Periodista. Fue redactor de la revista Rumbo (1990-1997) y el periódico La República (1997-2003) en los que incursionó en la cobertura de temas políticos. Ingresó a EF en noviembre del 2003, en la sección de Economía y Política. Actualmente es editor de Economía, Política y Tecnología.

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