Un Gobierno sin brújula y un país sin esperanza a un año de elecciones


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Falta menos de un año para las elecciones, y el panorama se presenta excepcionalmente sombrío. No quiero pecar de alarmista, pero hay que encender las luces de alarma cuando la última encuesta de Unimer presenta una percepción tan negativa. En resumen, el mensaje es que se considera que el Gobierno no tiene brújula (solo 2% cree que Costa Riva lleva una dirección correcta, 27% dice que no va para ningún lado y casi 70% opina que avanza en dirección equivocada) y además no hay esperanzas en el paisaje cercano (es el punto de apatía más alto en 20 años, al grado que quienes dicen no simpatizar con ningún partido representan un 62% del electorado, según la encuesta).

Creo que surgen algunas preguntas básicas: ¿estamos tan mal? ¿por qué esta impresión tan pesimista en la mayoría de los costarricenses? ¿qué repercusiones puede tener? y la más importante ¿qué se necesitaría para cambiar el ánimo, de la depresión colectiva, a un aliento de esperanza?

No estamos tan mal, al menos en el renglón económico. La inflación anda por niveles del 5%, la producción crece entre 3,5 y 5% en los últimos meses. Lo más relevante, la construcción da señales de renovado vigor. Más que aceptable para la postcrisis del 2009. En lo social el panorama es más inquietante, pero no apunta al desplome: el desempleo ha pasado de los rangos del 5% al 8%, la pobreza se estancó en alrededor de un 20%, aunque lo más grave es el aumento de la desigualdad, según el coeficiente de Gini: los pobres son más pobres y los ricos, más ricos. En suma, no vamos por una ruta de rosas, pero tampoco tenemos el Apocalipsis en la esquina.

¿Por qué, entonces, un pesimismo colectivo tan demoledor, que apabulla incluso a los ministros como Roberto Gallardo y Francisco Chacón, que no encuentran respuestas? Hay varias posibilidades, pero quisiera en este blog concentrarme en dos. Una, la sensación de que no hay responsabilidad. Cuando un proyecto falla, cuando estalla un escándalo, encallan las decisiones, pero al final no hay responsables. Y si hay procesos sancionatorios, el resultado es, para efectos de la opinión pública, cada vez más desalentador. Crece una sensación de impunidad.

Segunda razón: no se percibe una mano firme, a pesar de la promesa de la campaña de Laura Chinchilla. La Presidenta abandonó la prioridad de la seguridad para concentrarse en la energía, luego abandonó la energía para enfocarse en una reforma tributaria que había prometido no emprender, y fracasó en este intento. Además, trató de impulsar una trocha en la frontera, pero lo que debía ser un legado firme se convirtió en otro frente de escándalo abierto. Ahora, en su último año, ante la posibilidad de quedarse con las manos vacías, corre con temas como las reformas de los Notables, pero les exigue a los diputados una rápida aprobación... de reformas que su misma administración es incapaz de presentar en forma expedita.

Asi que queda un año de poco poder político. Las elecciones y la ausencia de partidos políticos fuertes se traduce en un entorno poco propicio para impulsar cambios de fondo. A su vez, esto mina la legitimidad de los candidatos, de cara a la elección: antes que un apoyo entusiasta o al menos sólido, todo apunta a que recibirán respaldo tímido, que en la mayoría de los casos sabrá más a resignación que a convicción. Y la posible avalancha de abstencionismo que advertimos en otro blog, podría debilitar más el entarimado político. El reto en este año es ganar credibilidad; en caso contrario, veremos un 2014 con una serie crisis de legitimidad y con poco espacio para poder maniobrar.

¿Que se necesitaría para variar esta sensación colectiva de pesimismo? A largo plazo, un cambio profundo en el sistema político. Hay que recuperar la responsabilidad, evitar los espacios para el "no me toca a mi", para el obstruccionismo disfrazado de discrepancia, para la imposición oculta en la urgencia de actuar, y lo más importante, para la impunidad que cercena toda esperanza. Y a corto plazo, se trata de un asunto más emotivo que racional. La gente quiere creer en algo. Pero lo que ve, no la motiva. Asi que es una tarea cuesta arriba. En poco menos de un año, se debe construir una ilusión, ante un electorado profundamente desencantado. Y eso aporta poco material para reconstruir el optimismo.

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Poli-tica Mario Bermúdez

Periodista. Fue redactor de la revista Rumbo (1990-1997) y el periódico La República (1997-2003) en los que incursionó en la cobertura de temas políticos. Ingresó a EF en noviembre del 2003, en la sección de Economía y Política. Actualmente es editor de Economía, Política y Tecnología.

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