La popularidad de la Presidenta sí importa


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Los políticos no deben gobernar para las encuestas, pero es una locura ignorarlas. Es un alarmante llamado de atención que por segundo año consecutivo, la presidenta Laura Chinchilla se ubique como la gobernante que menos apoyo recibe en el continente y es tema obligado de análisis para determinar si puede rescatar algo durante los 17 meses que le quedan de administración.

La Presidenta recibió un importante capital político cuando ganó las elecciones en el 2012 con un 47% de los votos válidos, algo que interrumpió la tendencia a mandatarios que recibían el poder cada vez con menos respaldo, luego del 40,9% de Óscar Arias en el 2006 y el 38,5% de Abel Pacheco en el 2002, que obligó a una segunda ronda. Esto se tradujo en un apoyo de un 38% en la primera medición (Unimer, julio del 2010, opiniones muy buenas y buenas de su labor), que llegaría a 41% en octubre y a 65% en noviembre.

Ese capital político lo dilapidó en los dos años suguientes, al pasar a ocupar el último lugar en las mediciones nacionales que la encuestadora mexicana Mitofsky recopila en cada país(Unimer, en el caso de Costa Rica), al punto de que en la última medición, en julio, solo un 13% cree que su gestión es positiva. Un desplome de un 50%; es decir, perdió el apoyo de la mitad del país.

Ahora, ¿por qué es importante este repaso del entorno de las encuestas? antes que un asunto de ego personal, cálculo electoral o demagogia, estas mediciones representan un termómetro de la labor, de su relación con los ciudadanos y las inquietudes de éstos. Pueden ser la brújula para dirigir la administración a aguas navegables y evitar los huracanados vaivenes de la ingobernabilidad.

Un mandatario con poco apoyo dificulta los acuerdos. Los representantes de la oposición difícilmente pueden justificar ante sus seguidores realizar acuerdos con gobiernos en pleno incendio, y en cambio obtienen muchos réditos del tradicional deporte de apalear al presidente impopular. Lo contrario ocurre con mandatarios con respaldo, que posibilitan a los partidos de oposición mostrarse como maduros negociadores al buscar y obtener acuerdos.

En pocas palabras, un presidente impopular llama a la ingobernabilidad. Esto debe delimitarse para evitar simplificaciones: no quiere decir que la gobernabilidad se logra con demagogia y flotar detrás de las encuestas como papalote al viento. Se trata de advertir que una Casa Presidencial sin respaldo se debilita. Recuérdese las ocasiones que en años recientes diversos movimientos populares han buscado crear un "combo" de reclamos, en recuerdo de las protestas contra la reforma del ICE en el 2000 que terminó por electrocutar la administración de Miguel Ángel Rodríguez. El Partido Liberación Nacional, en la oposición, avaló las reformas, pero al corroborar la magnitud del descontento popular, en el que convergían sectores y protestas, retiró el apoyo del proyecto antes del segundo debate. Eso fue, incluso antes de que la Sala Constitucional enterrara aquella reforma del ICE, lo que descarriló la gestión de Rodríguez, que tuvo que dedicarse a administrar el país durante lo que quedaba de su período.

Ahora, la historia nos muestra que no se trata de una situación inédita. Las ultimas cuatro administraciones enfrentaron descensos en las encuestas durante el tercer año, según datos de Unimer. José María Figueres pasó de -25 a -37,5 puntos al restar opiniones negativas a las positivas; Rodríguez pasó de un respaldo de 3,5 puntos a silbidos de -5,5, a ritmo del combo ICE; Abel Pacheco pasó de un apoyo de 3 puntos a un rechazo de 2 puntos (aunque al final logró repuntar) y Óscar Arias pasó de un cómodo soporte de 36 puntos a apenas un punto de sostén. A Figueres le dificultó la maniobrabilidad, a Rodríguez lo hizo renunciar a la reforma al ICE, a Pacheco lo llenó de dudas sobre el TLC con Estados Unidos y lo hizo apostar a una reforma fiscal que naufragó, y a Arias lo hizo limitarse al TLC, renunciando también a intentar la reforma fiscal que creía necesaria.

A Laura Chinchilla todavía le quedan 17 meses para administrar el país, en los que requiere obtener logros. No tiene ni la mayoría legislativa, ni el respaldo sectorial o popular, para impulsarlos sola. Y sus grandes proyectos no muestran avances importantes: no hay una reforma integral en seguridad ni en energía y su propuesta de reforma fiscal terminó dinamitada. El rescate de la CCSS que anunció tampoco da señales de vida, así como la trocha en la frontera resulta, a la fecha, un tiro por la culata.

Mucho debe corregir la Presidenta. No se trata de buscar popularidad saliendo a la calle, saludando a diestra y siniestra, prometiendo aumentos salariales o pagando millonarias campañas de propaganda, disfrazadas de rendición de cuentas. Se trata de lograr resultados visibles, identificar temas sensibles con posibles consensos, lograr alianzas y concretar decisiones.Se trata de leer correctamente las encuestas y poder actuar en consecuencia. Se trata de lograr popularidad de la manera difícil. Algo que resulta complicado, dado el tiempo que la queda.

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Poli-tica Mario Bermúdez

Periodista. Fue redactor de la revista Rumbo (1990-1997) y el periódico La República (1997-2003) en los que incursionó en la cobertura de temas políticos. Ingresó a EF en noviembre del 2003, en la sección de Economía y Política. Actualmente es editor de Economía, Política y Tecnología.

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