La traicionera nostalgia por el bipartidismo


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Se suele decir que todo tiempo pasado fue mejor. Esto no siempre es cierto, particularmente cuando hay situaciones que se idealizan ante un presente complicado, con la ayuda de una mala memoria, o de analizar el presente con lentes de catastrofismo.

Es el caso del bipartidismo. Cada cierto tiempo aparecen comentarios en la dirección de que Costa Rica estaba mejor con el bipartidismo, alegando que era un sistema con problemas, pero que permitía llegar a acuerdos, y de hecho hay quienes alegan que los problemas políticos se derivan de un multipartidismo metido en un envase bipartidista. El corolario en algunos casos es el suspiro nostálgico por el bipartidismo, e incluso proponer la forma de retornar a este escenario, o tratar de llevar al actual panorama político a una nueva manifestación bicéfala.

Es un error. No se avanza cuando se camina hacia atrás. Se olvida que la raíz de muchos de los nudos políticos actuales se generaron en los lazos del bipartidismo.

El bipartidismo posibilitó acuerdos, pero no nacionales: entre los dos partidos. En la era de oro del bipartidismo (1978-1998, cuando el PLN y el PUSC (Unidad)  juntos sumaban más de un 90% de los votos válidos emitidos para Presidente, y 50 diputados de 57 en la Asamblea), se daban acuerdos pera entre cúpulas de partidos. En esa época se generó el reglamento de la Asamblea Legislativa, pensando en un equilibrio entre estos dos partidos. Teniendo respaldo popular y votos suficientes en el Congreso, se empezaron a gestar los problemas de decisiones que se postergaban por mero cálculo electoral, como el déficit fiscal, la anemia de la inversión, el herrumbramiento del aparato estatal y el deterioro de la infraestructura, para citar algunos de los más visibles.

El bipartidismo generó una nociva estrategia del empate en materia de corrupción, y de amnesia compulsiva. Si un escándalo estallaba, no se sentaban responsabilidades: se buscaba un escándalo similar en la otra acera para emparejar, y listo. Esto terminó por pasar una factura: el abstencionismo se mantuvo de 1962 a 1994 en niveles de alrededor de un 20%, pero en 1998, en el último gobierno del apogeo del bipartidismo, se subió a niveles de un 30%, que terminaron por corroer la legitimidad y confianza de los gobernantes.

La solución, entonces, no pasa por la nostalgia del pasado. No se trata de retroceder, de buscar herramientas para desmantelar instituciones en aras de una gobernabilidad que es nostalgia traicionera por el bipartidismo, sino que se trata de evolucionar. Hay que desarrollar el sistema multipartidista y la forma de lograr acuerdos con él, en lugar de tratar de desempolvar un sistema de cúpulas que nos llevó al atascadero actual. Y esto no pasa por un asunto de si es mejor o peor otro sistema, sino por un aspecto de realismo político.

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Poli-tica Mario Bermúdez

Periodista. Fue redactor de la revista Rumbo (1990-1997) y el periódico La República (1997-2003) en los que incursionó en la cobertura de temas políticos. Ingresó a EF en noviembre del 2003, en la sección de Economía y Política. Actualmente es editor de Economía, Política y Tecnología.

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