Los diputados son parte del problema ¿Pueden ser parte de la solución?


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No hay que sobredimensionar el choque de poderes, pero tampoco se debe subestimar la crisis que está viviendo el sistema político costarricense. Los datos de todas las mediciones, como lo reflejó el último informe del Estado de la Nación, apuntan a un desgaste en el apoyo al sistema político, que se habría desplomado de más de un 85% en 1983 a apenas poco más de 55% en el 2012. Entretanto, en Unimer, los satisfechos con la democracia pasaron de 55 a 35% en los últimos seis años. Perder casi la mitad del respaldo en estos períodos es mucho para algo que se consideraba casi la esencia del costarricense.

En este cuadro, hay responsabilidad en todos los actores del ámbito político, pero quiero enfocarme en uno de los más visibles: los diputados. Esto por tres razones: son el Primer Poder de la República; son uno de los protagonistas más visibles y que logran más eco de sus acciones; y por su reciente cruzada para recuperar prestigio -según las palabras de Fabio Molina, jefe de fracción del PLN- a costa de descabezar magistrados.

Los diputados parecen padecer de un creciente aislamiento con la realidad política del país. En la actual Asamblea, el PLN adopta posiciones típicas del modelo bipartidista, como limitarse a negociar solo para obtener 29 o 38 votos, según la necesidad del momento, sin preocuparse por relaciones de largo plazo. Fue una situación que se presentó en la Asamblea del 2006 y que el PUSC también vivió en el 2002 y 1998. Precisamente, en la Asamblea de 1998 los diputados del PUSC y una mayoría del PLN impulsaron el combo ICE, a pesar de un creciente malestar popular contra la reforma. El desgaste es creciente: en la encuesta de Unimer en agosto, aumentó de 41 a 47% la cantidad de personas que calificaban como mala o muy mala la actuación de la Asamblea.

Además, los diputados se han enzarzado también en una creciente disputa con la Sala Constitucional, que desnuda algo preocupante: más allá de un posible exceso en las competencias de los magistrados, los roces suelen mostrar unos diputados que desconocen la correcta técnica legislativa, con constantes proyectos que tienen problemas por aspectos de forma, incluidos dos paquetes fiscales que fueron prioridad indiscutible en los gobiernos de Abel Pacheco y Laura Chinchilla y que según las autoridades, estaban "blindados".

Otro elemento es la creciente dificultad para tomar decisiones, que según el Estado de la Nación han pasado de 21,7 meses en el gobierno de Figueres a 28,2 en la actualidad, y a 35,7 meses en el caso de legislación sustantiva. Hay mas partidos y menos acuerdos tras bambalinas, pero es innegable que los temas se estancan más. Y no es que haya que medir a la Asamblea por cantidad de leyes, sino por la calidad, pero es indudable que hay temas que se están quedando: cito el agua y la energía solo para mencionar unos.

¿Que hacer ante este panorama? Ciertamente, no ayuda arremeter contra otros poderes, subirse a patrullas durante manifestaciones o lanzar policías al suelo. Tampoco recetarse vacaciones de un mes. Los diputados pueden recuperar credibilidad, pero para ello deben medir más los efectos que tendrán sus acciones ante la opinión pública.

Hay varios temas que pueden ayudar. Hay que reformar el reglamento legislativo, para adaptarlo a nuevas realidades. Esto pasa por nuevos equilibrios, y evitar que un diputado pueda, por si solo, paralizar un proyecto, pero también por no imponer dictaduras de mayorías, como si las votaciones fueran un mero trámite una vez que el Gobierno tiene los votos requeridos. Hay que rescatar el arte del Parlamento, de la buena política. Yo puede recordar debates en que un diputado hacía que otros cambiaran su posición, porque se esgrimían argumentos. Cuando se tenía que rectificar, se hacía. ¿Por qué no rescatar el buen debate? ¿Es tan utópico?

Y hay que poner sobre el tapete reformas electorales, desde la escogencia de los diputados a la carrera parlamentaria. Esto no tiene soluciones mágidas. Abrir las listas de candidatos a diputados quitaría poder a las cúpulas y obligaría a los partidos a presentar mejores candidatos, pero también puede fracturar aún mas el mapa legislativo. Una carrera legislativa permitiría reducir la curva de aprendizaje (hoy muchos diputados duran un par de años "aprendiendo" y cuando ya tienen un panorama claro, el ambiente para reformas de fondo está limitado), pero también puede limitar la renovación y enquistar dirigentes.

Lo importante es abrir el tema y sacarlo de la jugadita corta, de la fanfarria y el escándalo, para pasar de ser parte del problema y empezar a ser parte de la solución.


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Poli-tica Mario Bermúdez

Periodista. Fue redactor de la revista Rumbo (1990-1997) y el periódico La República (1997-2003) en los que incursionó en la cobertura de temas políticos. Ingresó a EF en noviembre del 2003, en la sección de Economía y Política. Actualmente es editor de Economía, Política y Tecnología.

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