La contradictoria evaluación de Laura Chinchilla, la presidenta huérfana


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La presidenta Laura Chinchilla termina sus cuatro años como uno de los gobiernos con peores calificaciones. Esto a pesar de los casi 900 mil votos que recibió en el 2010 y la convirtieron en la primer mujer en alcanzar la Presidencia. El mejor respaldo de los últimos 20 años para llegar a la Presidencia en una primera ronda (46,9% de votos válidos, 32% del padrón electoral) prácticamente se evaporó y en enero del 2014, solo un 14% avalaba su gestión, según una encuesta de Unimer. La mandataria llevó a nuevos y casi subterráneos niveles la incómoda categoría de la administración con más bajas calificaciones.

Sin embargo, una revisión del cumplimiento de las promesas realizadas en campaña realizada por El Financiero comprobó que la administración de Chinchilla ha sido la que más honró los ofrecimientos que hizo en el proceso electoral una vez que estuvo en Zapote de los últimos doce años. Chinchilla cumplió un 31% de sus promesas, por encima del 22% de Óscar Arias y el 21% de Abel Pacheco.

Un cumplimiento de solo un tercio de lo prometido no es para enorgullecerse, pero ciertamente es mucho más que un quinto.Su gobierno quedó en rojo, pero ¿fue tan desastrosa, particularmente al compararlas con gestiones que tuvieron menores resultados, al repasar su oferta política?

De hecho, un repaso de El Financiero por el comportamiento varios indicadores mostró que, aunque tuvo un desempeño modesto, no fue un desplome. La producción creció a pesar de la desaceleración internacional, la inflación estuvo bajo control, la inseguridad retrocedió... ante ello, creció el desempleo, se deterioraron las finazas públicas al llevar el déficit a un histórico 6%, la desigualdad se mantuvo estancada... en fin, no hubo despegue, pero tampoco hubo colapso.

Hay varios elementos que ayudan a acercarse a esta dura evaluación de la administración. Chinchilla quedó huérfana de las tendencias liberacionistas en las que participó. Debutó en política en la administración de José María Figueres, como viceministra de Seguridad, y Óscar Arias la llevó a los primeros planos, como su vicepresidenta y su delfín para Zapote. Sin embargo, ambas tendencias se distanciaron de ella. Óscar Arias tuvo fricciones con Chinchilla apenas al mes de dejar Zapote, por la salida del excanciller Bruno Stagno del gobierno, e incluso el entonces ministro de Presidencia Marco Vargas reclamó por declaraciones de Rodrigo Arias, en el marco de una temprana precandidatura. La propia Chinchilla declaró, en ese mismo mes, que no sería plataforma para ningún movimiento. Por su parte, José María Figueres regresó al país a explorar, a su vez, su propia precandidatura y empezó a reenlistar al figuerismo. Así, los primeros ataques al gobierno de Laura Chinchilla no vinieron de la oposición, sino de las tendencias del PLN que la impulsaron.

Incluso, su propio partido renegó de Chinchilla. Desde el 2012, a la mitad del trayecto, Bernal Jiménez, presidente del PLN, hablaba de que seguíoan rutas diferentes. Y durante la campaña, para el movimiento de Johnny Araya y el partido era más conveniente echar las culpas del poco apoyo recibido a la administración Chinchilla, antes que hacer un mea culpa de sus propios errores.

Por supuesto, también debe considerarse el discreto manejo estratégico de Zapote. Faltó cintura política, faltó experiencia, escogió proyectos estratégicos que se fueron a pique (reforma fiscal, la trocha), no tuvo reacción ante chispas que dejó convertir en incendios (carretera a San Ramón, ampliación de refinería con China) y en cambio no puso en la vitrina política los campos donde si recogía mejores resultados, como en el científico y en el de seguridad, por mencionar dos de ellos. Y si faltaba algo, la imprudencia por el viaje a Perú en avioneta terminó de desplomar alguna posible recuperación.

Y no se debe descartar la posibilidad de que en las calificaciones se deslicen tintes de machismo disimulado, principalmente por la disparidad de criterios para juzgar su gestión y la de sus antecesores.

Así, se dió la lógica. La oposición la criticó, como cara visible del oficialismo, y su propio partido la abandonó, principalmente por razones de cálculo electoral. Huérfana de apoyo, de una tendencia propia, Laura Chinchilla quedó al vaivén de sus errores, sola y sin respaldo.

Esto no quiere decir que se deba considerar como un buen gobierno. Simplemente, que en la evaluación de la labor de Laura Chinchilla debería existir mayor preocupación por buscar elementos objetivos para juzgarla y evitar contradicciones.

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Poli-tica Mario Bermúdez

Periodista. Fue redactor de la revista Rumbo (1990-1997) y el periódico La República (1997-2003) en los que incursionó en la cobertura de temas políticos. Ingresó a EF en noviembre del 2003, en la sección de Economía y Política. Actualmente es editor de Economía, Política y Tecnología.

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