Por: Juan Carlos Hidalgo 30 noviembre

La RAE define la impostura como el “fingimiento o engaño con apariencia de verdad”. Es el concepto que se me vino a la mente cuando escuché el audio “filtrado” de Carlos Alvarado en el que ventila su supuesta indignación por el manejo que la administración Solís le ha dado al caso del “cementazo”. Si hay algo genuino en la grabación, es más bien la frustración del candidato oficialista por la manera en que el escándalo ha golpeado irremediablemente la imagen del gobierno y, por ende, sus posibilidades de ser presidente.

Alvarado no está solo en su papel, puesto que la política es el arte de la impostura. Hace cuatro años, analizando la candidatura de Luis Guillermo Solís, me dejé decir que él era “una persona honesta, inteligente y preparada”. Si bien no terminé votando por él, fui uno de los cientos de miles de costarricenses que vio en Solís cualidades que en realidad no existían, que eran un simple espejismo proyectado por una campaña que buscaba venderlo como una coca cola en momentos en que el país se sentía en el medio del desierto.

Al igual que a Solís hace cuatro años, a estas alturas de la campaña a Alvarado no lo conoce ni la mitad del país. Irónicamente, esa es su mayor ventaja: el escenario ideal para la impostura es el anonimato previo, ya que le permite al impostor presentar una imagen falsa de quien es, o dice ser. No olvidemos aquel “Quiero que me conozca”.

Pero el anonimato político no es una condición sine qua non para la impostura. También tenemos a personajes que han estado en la palestra pública por décadas reinventándose cada cuatro años, con la esperanza que lo dicho ayer, sea olvidado hoy. Una muestra es Antonio Álvarez Desanti, cuya única constante en más de 30 años de carrera política es su oportunismo. Así, en noviembre del 2015, posando frente a una bandera de la diversidad, mostró su apoyo a una pareja de mujeres que contrajo matrimonio gracias a un error del Registro Civil; hoy, Álvarez Desanti le declara la guerra a la “ideología de género” y al matrimonio igualitario.

De igual forma, Juan Diego Castro, escoba en mano, se proclama ahora el paladín contra la corrupción y la arremete contra la “argolla liberacionista” de los últimos 20 años. Pero hace unos años se declaraba –“con entusiasmo y seriedad”– un soldado nada menos que de Johnny Araya. Se trata pues del mismo Juan Diego Castro, ahora con casco y sin corbata verde, interpretando otro papel.

La política es el arte de la impostura y si los políticos recurren a esta con entusiasmo, es porque la mayoría de las veces les funciona.