Por:  16 septiembre, 2013

Las empresas en cualquier economía (grande o pequeña) reciben dos tipos de señales: (i) las de las propias políticas públicas específicas (programas o acciones directas), que deben tener un impacto directo en la empresa. Ejemplos de ello son los incentivos tributarios, la reducción de trámites, etc. , y (ii) las de las acciones “generales” del Estado y que tienen un impacto indirecto (pero muy importante), en la credibilidad del gobierno (y al mismo tiempo, en la conducta de los empresarios). La segunda, siendo indirecta, es tremendamente sensible, mucho más que la primera, que es directa. De ahí que la mayor parte del tiempo los gobiernos se quejan de que “no se aprecia la obra del gobierno”. Lamentablemente, los errores tienen más impacto en el desempeño empresarial que los aciertos.

De ahí que uno de los grandes retos de las acciones públicas no solo es lograr las gestiones específicas para mejorar las posibilidades de las empresas de competir en el mercado, sino también como minimizar los errores para que un buen clima de negocios generado por las acciones directas no se eche a perder.

Quizás el desafío (y por lo tanto, el éxito o fracaso) más importante de un gobierno es su capacidad de respuesta ante situaciones no previstas. Por ello, la capacidad de reacción ante situaciones previstas se toma como algo obvio. Si sabemos que siempre pasa, debemos estar preparados. Las lluvias de invierno, las inundaciones, la posibilidad de eventos sísmicos no debería ser una novedad para nadie.

Todos, empresas y consumidores nos orientamos por las señales que recibimos del entorno. Si las señales no son buenas, nuestra respuesta será consistente con ello. Hace algunas semanas se presentó el índice de confianza del consumidor a la baja. ¿Qué pueden esperar las empresas de ello? Obvio, ventas más bajas. Por tanto, sus estrategias de atracción y retención de clientes deben ser más agresivas. Exactamente ocurre lo mismo con el Estado; si la confianza está a la baja, no es posible generar acciones que la reduzcan aún más. Lo que se requiere es una reacción más agresiva, innovadora. A modo de ejemplo, en estos días se han escuchado varias opiniones sobre los temas asociados al transporte: generar vías exclusivas para el transporte público, más horas del tren, cambio en el horario de los trabajadores del Estado, más restricción vehicular, etc. Lo importante es presentar soluciones innovadoras, esos son los famosos “golpes de timón” que le dan credibilidad a los gobiernos porque toman un problema y lo resuelven.

Las empresas están desacelerando su actividad, y las malas noticias no hacen sino abonar a esa conducta. Las empresas invierten y crecen en entornos estables, y eso no solo significa instituciones y leyes creíbles, sino también acciones públicas que apuntalen la confianza. Para retomar el rumbo del crecimiento se requiere de empresas innovadoras, consumidores optimistas y un Estado que facilitador y que genere el mínimo ruido. Como un árbitro de futbol, mientras menos se note su presencia, más fluido es el juego.

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