Por:  6 junio, 2016

Siempre se ha señalado la necesidad de mejorar (en muchos casos, iniciar) la capacitación de los trabajadores de forma que se adapten mejor a las necesidades de las empresas y las crecientes demandas del mercado.

De hecho, la mayor parte de la oferta de formación está hecha para ello. Además, en muchos espacios aún se cree que los trabajadores solo deben seguir instrucciones y cumplirlas eficientemente.

Si bien es cierto cada vez es más frecuente escuchar sobre la importancia y el valor del equipo de trabajo, en la práctica no se aprovecha ni su conocimiento, ni su experiencia, ni se valora su capacidad de aportar soluciones (y por ello es que con cada vez mayor frecuencia no las aportan).

De otro lado, el empresario (sobre todo el de micro y pequeña empresa) es una persona muy sola. Comparte nada con colegas, y muy poco con su equipo de trabajo. Esa soledad hace que tome decisiones muchas veces basado en sus conocimientos, percepciones e instinto; lo cual lo hace incurrir en errores (a veces sistemáticos). Lamentablemente esta actitud (que algunas veces le beneficia), le perjudica cuando eso le impide ver las oportunidades, desarrollar los equipos, y finalmente mejorar su posición en el mercado. En efecto, el empresario también se equivoca.

Así, parece tener sentido (al menos en la mente de algunos de ellos) que el empresario no considere el aporte del equipo de trabajo. De alguna forma, también se podría comprender el porqué de su (a veces mala) toma de decisión. La pregunta es, ¿tiene sentido seguir haciendo las cosas de esa manera? ¿Qué debemos hacer para que empiece a cambiar esas prácticas que no le aportan ni a la persona ni a la empresa?

Muchas veces no es posible solucionar los problemas cuando el empresario se rodea de personas que siempre están de acuerdo con sus comentaros, ideas y/o propuestas; o bien cuando el equipo que lo rodea se empeña en lograr los objetivos a cualquier costo. Al final, el empresario ve solo los resultados (pero no los procesos); de forma que la información no fluye, y las propuestas tampoco. Abrirse es la palabra clave.

¿Qué sucede cuando la persona propietaria del negocio tiene formación profesional y emprende un negocio? Muchas veces el conocimiento técnico es un activo valioso para sacar adelante el negocio, ya que reconoce en su capital profesional su valor agregado, y por tanto, delega en otros profesionales la gestión empresarial (o al revés). Pero cuando se interviene tanto en la gestión como en la estrategia y no hay delegación real, entramos en el terreno de los nuevos NINs (ni profesionales, ni empresarios).

La profesionalización de la gestión supone delegación; y ella implica confianza. Lamentablemente, la confianza no es automática, requiere tiempo y paciencia, y se convierte en un ejercicio tanto para el empresario como para el equipo de trabajo, ya que ambos deben construirla. Y eso supone dialogo (no monologo) y permanente interacción. Pasar de ser un nuevo NINI a ser un empresario supone un ejercicio consistente y permanente de dialogo y construcción colectiva. Así el equipo se sentirá empoderado (y por tanto aportará) y el empresario se sentirá acuerpado en su toma de decisión.