Por:  21 octubre, 2013

El mensaje siempre es el mismo; cuando uno gasta más de lo que tiene, o aumenta sus ingresos o baja sus gastos. Ese consejo es igualmente bueno para una persona, una empresa o un gobierno. Lo más fácil es incrementar los ingresos, sobre todo cuando no dependen de uno, sino de otros. El verdadero esfuerzo se encuentra en optimizar el gasto. Lamentablemente los signos visibles de la estrategia no permiten señalar que se va en la dirección correcta. Para ello, solo un par de ejemplos cercanos. (i) No recuerdo cuanto se ha gastado en el puente de la platina, pero lo que si se es que aun el problema no se ha resuelto, (ii) En circunvalación, luego del hundimiento se puso puentes Bailey que a la semana hubo que quitar. Conclusión de cualquier hijo de vecino: el dinero se invierte mal. Entonces, ¿por qué aumentar los ingresos si lo que se observa es que el gasto se hace de forma ineficiente?

Hemos señalado en otros post que una reforma fiscal supone la definición de una estrategia, de una visión de mediano y largo plazo y sobre ella, se hacen las modificaciones de ingresos y gastos consistentes con esa propuesta. Es decir, primero se define el plan y luego se ve lo que se necesita. No es una pala para tapar huecos. ¿Dónde está esa visión de mediano y largo plazo? ¿Hacia dónde se dirige el país y por lo tanto, cuáles son sus necesidades de recursos, y hacia donde hay que invertirlos?

Sin ir muy lejos, ¿es posible señalar cuantas obras públicas importantes se han hecho en los últimos 10-15 años? ¿Y que además hayan sido financiadas por el Estado? Veamos a nuestro alrededor. El puente de la Amistad fue una donación, igual que el Estadio Nacional, la mayor parte de los autos de la fuerza pública, y la carretera a Caldera fue una concesión. Incluso en los parques nacionales y otros atractivos turísticos emblemáticos no falta la placa que señala que tal obra fue donación de tal o cual país. ¿Es posible entonces que el grueso del presupuesto público se utilice en gasto corriente, es decir, sueldos y salarios? La discusión de si se debe reducir el gasto en vez de incrementar la recaudación es hasta cierto punto ociosa. Es obvio.

Otra forma de ver el problema es comparándolo con el de las carreteras. Para resolverlo, tenemos dos opciones: o bien compramos carros más sólidos y resistentes (por lo tanto más caros), o mejoramos la calidad de las vías. La primera solución le cuesta directamente al consumidor, la segunda también, pero menos porque se distribuye entre todos quienes usamos las vías. El asunto es que no podemos seguir haciendo las dos cosas (porque lo hemos estado haciendo desde hace ya varios años, décadas inclusive). Si el déficit fiscal es insostenible, lo es también pagar dos veces por el mismo servicio.

El pagar educación y salud privada supone invertir mayores recursos en busca de mejor calidad de servicios. Pero a la vez se paga la seguridad social y mediante los impuestos la educación pública. ¿Cómo es posible entonces decirles a las personas no solo que deben seguir haciéndolo, sino que además ahora les costará más? La consecuencia posible es que el incremento impida que algunas personas puedan seguir pagando la educación y salud privadas y por tanto tendrán que entrar a las públicas, lo cual presionará más estos servicios. ¿El Estado debe ser solidario? Por supuesto, pero sobre todo tiene que ser eficiente.

¿Qué pasa con las empresas?

Funcionarios de gobierno han sido enfáticos en que se busca generar más emprendimientos, crear más y mejores empresas. Esa es una política con visión de mediano y largo plazo. Pero para que ello ocurra se requieren incentivos y algunos de ellos pasan por exoneraciones tributarias. Recordemos que la inmensa mayoría de las empresas no nacen grandes, y por lo tanto, sus primeros pasos siempre son lentos, en un escenario complejo donde están aprendiendo. Pero si cada nueva (pequeña) empresa para impuestos, ¿ganamos algo cobrado impuestos por 6 meses para que luego esa empresa deje de pagar, bien porque se fue a la informalidad o porque tuvo que cerrar? Es decir, cobramos 6 meses para no cobrar más, como si la empresa nunca hubiera existido.

Pero si esa misma (pequeña) empresa no paga impuestos durante los 2 primeros años de operación, el período probablemente más complejo para la empresa (el famoso valle de la muerte), muy probablemente estaremos frente a una empresa con opción de desarrollo. En ese momento es mucho más fácil iniciar el cobro de impuestos, y seguramente mucho más sostenible. Por supuesto, esa perspectiva no es fiscalista sino emprendedora, porque es mejor cobrar por mucho tiempo a empresas consolidadas que a emergentes por muy poco. Y eso es parte de una política de Estado, fortalecer el tejido empresarial, y para ello se requiere de una reforma fiscal que refleje ese objetivo. ¿Estamos frente a ese escenario?