El terror y la desesperanza

Tenemos que arrancarle a los estrategas del terror el arma más trágica que han encontrado


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Nos golpea con su cara más grotesca: escenas de familias destrozadas en el parque de Lahore, en Pakistán, donde disfrutaban del día de Pascua; la sangre de las personas que esperaban el Metro o el avión en Bruselas en el momento en que estallaron las bombas; los videos de la tragedia en el club Bataclan en París; las noticias de las repetidas muertes en Líbano; aquella foto macabra de cientos de jóvenes universitarios masacrados en Kenia… y tantas, tantas más. Escenas de terror y de muerte. Muerte de inocentes – incluso niños – que no puede tener justificación alguna y cuyo único fin es ése: provocar terror.

Y está el otro terror: el de saber que esas muertes son ejecutadas por muchachos muy jóvenes, incluso adolescentes, dispuestos a morir ellos mismos como parte del acto de terror: es su prueba final, el cierre de su vida, el acto que le de sentido último a su existencia. Para los infieles – para nosotros – son asesinos. Ellos, esperan ser mártires.

Algunos de estos jóvenes vienen de países musulmanes; otros, aunque de origen musulmán, tienen ya una, dos o hasta tres generaciones de vivir en un país europeo. Algunos, incluso, son jóvenes europeos sin ascendencia musulmana que adoptaron como propia la causa del Islamismo radical. ¿Cómo ha de ser la vida de quien, tan joven, opta por el terror suicida? Algo de esto se recoge en una magnífica pieza periodística: Exporting Jihad escrito por George Packer para el New Yorker, donde expone de primera mano diversas experiencias de jóvenes combatientes islámicos.

Ahmed, por ejemplo, tenía amigos en puestos de liderazgo en el Estado Islámico que lo tentaban con la posibilidad de ganar $35.000 al año y tener una o dos hermosas esposas europeas, mientras él no podía conseguir ni una novia, ni comprar un paquete de cigarrillos. Ahmed piensa que no fue por la pobreza que se unió a ISIS, “fue porque era lo correcto” –dice. “Es una forma de vengar la injusticia que hay en este país –agrega. Usted puede estar caminando por la calle y un policía lo insulta, insulta a su madre, lo agarra y lo mete al camión policial, lo golpea y luego lo tira”.

Nabil Selliti, un ingeniero en telecomunicaciones desempleado en Túnez, ofrece una explicación sobrecogedoramente fría de su decisión de ir a Siria para unirse a ISIS: “Yo no puedo construir nada en este país. Pero el Estado Islámico nos da la oportunidad de crear, de construir bombas, de usar la tecnología”.

Kamal soñaba más bien con ser parte de la policía antes de unirse a ISIS. Su conocimiento del Islam es primitivo y su compromiso con ISIS parece confuso y provisional, más una expresión de cólera que de ideología.

Un adolescente musulmán en París – dice Packer – encuentra un antídoto a su sentido de exclusión y de vacío espiritual en una comunidad jihadí en línea. Para estos jóvenes, el viejo y moderado Islam tradicional no ofrece la aventura de la narrativa del Estado Islámico, en la que encuentran un sentido intenso y dramático para la corta vida que tendrán en esta tierra, y un paraíso que les espera luego como mártires.

Ya sea que estén en Europa, en Túnez, en Irak o en Siria, estos jóvenes – asesinos y mártires – buscan significado, anhelan encontrar su sentido de pertenencia, una razón de ser. Lo buscan con desesperación porque es exactamente lo que no encuentran en su vida actual: no se sienten parte de nada, ni de la vieja cultura musulmana tradicional, ni del nuevo mundo occidental, ni de nada. Se sienten impotentes: no es que no tengan nada, es que no son nada. Se sienten mucho más que excluidos: se sienten despreciados. 

Esto es lo que ha sabido aprovechar el extremismo islámico, que ha encontrado en la desesperanza y la impotencia de estos jóvenes la carne de cañón – carne de explosivo, habría que decir – con la que pueden llevar su terror al mundo entero. El terror florece en el terreno fértil en el que nada más florece: la desesperanza absoluta es el mejor caldo de cultivo para el terror más brutal e insensato. Insensato, digo, para nosotros; para ellos es lo único que tiene algo de sensatez: la jihad les ofrece la oportunidad de darle sentido a sus vidas y les da algo que nunca soñaron tener: les da poder, poder sobre la vida y sobre la muerte de otras personas.

Excluidos, impotentes y sin identidad, estos jóvenes musulmanes encuentran en el fanatismo religioso una nueva y potente razón de ser, pues finalmente son aceptados y, más que aceptados, elevados a una categoría superior: soldados y mártires, la identidad suprema. Si no entendemos esto, no habrá fin al terror: la desesperanza seguirá produciendo nuevos mártires, soldados del terror.

Sin duda hay que combatir por todos los medios este terror – y esa no es una batalla fácil ni bonita. Pero enfrentarlos no basta. Hay una historia por detrás con viejos y amargos resentimientos. Y hay una historia presente o, más bien, una no-historia: la de cada muchacho vacío, sin esperanza. El reto más difícil en la lucha contra el terror, está en la construcción de esperanza e identidad para las nuevas generaciones musulmanas, una identidad nutrida en la convivencia, no en la exclusión. Tenemos que arrancarle a los estrategas del terror el arma más trágica que han encontrado: los muchachos. 

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Subversiones Leonardo Garnier

Leonardo Garnier se mueve entre la academia, la política y la comunicación. Es Catedrático y profesor de la Escuela de Economía de la Universidad de Costa Rica. Fue Ministro de Educación Pública de 2006 a 2014 y Ministro de Planificación de 1994 a 1998. Ha publicado en revistas y libros sobre temas económicos y sociales y escribió el libro "Costa Rica: un país subdesarrollado casi exitoso" junto con Laura Cristina Blanco. Es autor de libros de cuentos como "Mono Congo y León Panzón" y "Gracias a Usted", publicados por Farben-Norma en Costa Rica; y "El Sastrecillo ¿valiente?" publicado por CIDCLI en México, Brasil y Argentina. Fue el autor de la conocida columna "Sub/versiones", publicada en el periódico La Nación, ahora retomada y renovada en el blog Subversiones en El Financiero.

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