Lógico: es la tradición

La debilidad de un argumento que se queda en el pasado


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Cambia lo superficial

Cambia también lo profundo

Cambia el modo de pensar

Cambia todo en este mundo

Y así como todo cambia,

que yo cambie no es extraño

Mercedes Sosa

Una parte de mí lo disfrutaba, aunque fuera la parte de mí que menos me gusta. Salíamos a recreo y corríamos hasta el patio de la escuela donde, luego de escarbar un poco, encontrábamos a los gusanitos. Sacábamos varios y los llevábamos a la arena de batalla que habíamos preparado: pequeños círculos en la tierra donde dos gusanos se enfrentarían a muerte. Tal vez los gusanos habrían peleado por su cuenta, tal vez estaba en su naturaleza, pero ese no era el punto: nosotros los poníamos frente a frente, los empujábamos a pelear y disfrutábamos viéndolos morderse y sangrar una sangre verdosa hasta que uno moría, a veces los dos. Una parte de mí lo disfrutaba. Otra parte de mía sentía que eso estaba mal. Lo hicimos muchas veces. Era nuestra tradición escolar y la disfrutábamos con cierto morbo.

Algo parecido pasa con las corridas de toros en los países en que siguen existiendo: a pesar de una oposición creciente, la gente las disfruta, las defiende, las justifica – como Fernando Savater cuando afirma que “en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme”. Disfrutamos con la sangre ajena, con el dolor ajeno; y disfrutamos con la faena, con la lidia, con el juego de la muerte ajena. Es inhumano dicen unos, es la tradición, dicen otros.

No son muy distintas las peleas de gallos en las que disfrutamos – algunos disfrutan – de ver a estos animales herirse, lastimarse, sangrar hasta que alguno muera o quede fuera de combate. Es inhumano dicen unos, es la tradición, dicen otros.

Toros y gallos – se dice – pelean naturalmente, son así, es su naturaleza. Algunos, como Francis Wolff, en Cincuenta razones para defender las corridas de toros, argumentan que si esto fuera realmente tortura, los animales huirían (supongo que por eso las corridas son en una plaza cerrada y no a campo abierto). Otros se consuelan creyendo que, por su propia naturaleza, estos animales no sufren realmente durante su martirio: no sienten dolor – afirman. 

En Costa Rica se ha dicho recientemente que “el gallo de pelea fue genéticamente hecho para pelear, lo hizo dios o la evolución o Darwin o la Naturaleza para pelear… esa especie, los gallos de pelea, solo para eso sirven…” y se ha defendido las peleas de gallos con un argumento que se repite una y otra vez: son una tradición, son parte de nuestra cultura, así es la vida rural.

Yo no voy a sostener lo contrario: aceptemos que las peleas de gallos – como la lidia de toros – son una tradición. El problema es que argumentar que por ser una tradición son en algún sentido actividades culturalmente meritorias que deben preservarse, no es un argumento racional, es una simple falacia.

Esta falacia es conocida como la falacia ad antiquatem o apelación a la tradición, que consiste en afirmar que si algo se ha venido haciendo o creyendo desde hace mucho tiempo, entonces es porque está bien o es verdadero. Es como decir “si siempre se ha hecho así, por algo será”, o “si siempre ha sido así, debe estar bien”. La falacia también funciona en sentido contrario para oponerse al cambio: “más vale malo conocido que bueno por conocer”, o “esto siempre ha sido así… ¿por qué cambiar?”.

El argumento o apelación a la tradición, aunque pueda resultar atractivo, es obviamente falaz: que algo haya sobrevivido “la prueba del tiempo” hasta llegar a ser una tradición, no significa que esté bien y, mucho menos, que debamos seguir haciéndolo así. No, no todo tiempo pasado fue mejor.

La palabra tradición viene del sustantivo latino traditio y este, a su vez, del verbo tradere, que significa entregar o transmitir. Las costumbres y las tradiciones se transmiten, se heredan. Las tradiciones son parte de nuestra cultura. Nuestra cultura es producto y reflejo de lo que fuimos, de lo que somos… y de lo que aspiramos a ser. Por eso, si bien podemos entender el verbo heredar en su sentido pasivo – como las tradiciones que recibimos y heredamos de nuestros ancestros – también podemos y debemos entenderlo en su sentido activo: como lo que colectivamente decidimos transmitir y heredar a nuestros descendientes. Las costumbres y tradiciones que transmitimos no son el mero traslado mecánico de las que nosotros recibimos, sino el reflejo activo de nuestras aspiraciones. No heredamos lo que fuimos, sino lo que aspiramos ser.   La pregunta clave – pues – no es qué recibimos del pasado, sino: ¿qué decidimos transmitir, qué decidimos heredar?

A veces desaparece alguna tradición que añoramos, y lamentamos con nostalgia que esto ocurra, aunque por lo general no estaríamos dispuestos a hacer lo que haría falta para preservarla – como ir al Puerto en carreta, como hacía mi abuelita o ir a coger café a fines de noviembre. Pero, la mayoría de las veces, podemos justamente alegrarnos de que muchas tradiciones, profundas o triviales, hayan ido desapareciendo en distintos lugares del mundo y en distintas culturas. Entre algunas de las muchas tradiciones desaparecidas en nuestra cultura están:

  • La de los eunucos o la de los castrati  (semejantes aunque muy distintas)
  • La de los matrimonios arreglados
  • La de los gladiadores luchando a muerte en el circo
  • La de resolver las ofensas en un duelo
  • La de considerar a la esposa como la propiedad del marido
  • Y hasta la tradición de rapar a los estudiantes de nuevo ingreso a la universidad, al grito de ¡pelo, pelo!

Tal vez uno de los ejemplos más dramáticos sea el de la esclavitud que hoy nos parece abominable: una tradición que desapareció ya en muchas sociedades modernas, aunque se estima que en el mundo sigue habiendo más de 30 millones de esclavos cuyo trabajo puede encontrarse en la camisa, los zapatos o el celular que usted usa en este momento. Al menos no la vemos ya como una práctica o tradición que deba pervivir ¡porque es la tradición!

Como la esclavitud, aún persisten en diversos lugares y culturas tradiciones que en muchas otras partes del mundo resultan hoy abominables:

  • La ablación del clítoris que afecta a más de 30 millones de mujeres en 28 países africanos.
  • La cacería de brujas (sí, todavía hay cacería de brujas en el mundo).
  • Los matrimonios con niñas: en más de un diez por ciento de los matrimonios en países en desarrollo, la nueva esposa tiene menos de quince años.
  • La pena de muerte, que se sigue considerando normal y aceptable en países que, sin embargo, se espantan de que en otros países se corte la mano del que roba.
  • Y, claro… persisten aún fiestas como las de los toros y las peleas de gallos, porque ¡son la tradición!

Dicho de otra forma, las tradiciones cambian, no son eternas: tienen fecha de vencimiento. Cuando algunas tradiciones dejan de corresponder con nuestra cultura e identidad presente y, sobre todo, con nuestras aspiraciones, debemos guardarlas solo como recuerdo – y  como lección – ya no como práctica viva. Que heredemos el pasado no quiere decir que debamos ser sus prisioneros y que debamos transmitirlo acríticamente al futuro. Eso sería renunciar a la esencia de lo humano, renunciar a la cultura.

Alguien podría decir que “todo eso de la falacia está bien, pero sobra: lo importante es que esas tradiciones son inhumanas, es por eso que hay que abolirlas”. El problema con este otro argumento es que, como la falacia… es un argumento atractivo, pero falso.

¿Serán realmente inhumanas estas tradiciones?

Eso quisiéramos, pero no. Aunque nos escandalicen, lo cierto es que son muy humanas, terriblemente humanas. Por eso nos cuesta tanto dejarlas atrás, porque hay una parte de nosotros – una parte de cada uno de nosotros – que disfruta del abuso de poder sobre el otro, del dolor del otro, del juego de destrucción y humillación del otro. Es probablemente el lado más tenebroso y menos defendible del ser humano. Pero siempre habrá alguien dispuesto a defender lo indefendible.

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Subversiones Leonardo Garnier

Leonardo Garnier se mueve entre la academia, la política y la comunicación. Es Catedrático y profesor de la Escuela de Economía de la Universidad de Costa Rica. Fue Ministro de Educación Pública de 2006 a 2014 y Ministro de Planificación de 1994 a 1998. Ha publicado en revistas y libros sobre temas económicos y sociales y escribió el libro "Costa Rica: un país subdesarrollado casi exitoso" junto con Laura Cristina Blanco. Es autor de libros de cuentos como "Mono Congo y León Panzón" y "Gracias a Usted", publicados por Farben-Norma en Costa Rica; y "El Sastrecillo ¿valiente?" publicado por CIDCLI en México, Brasil y Argentina. Fue el autor de la conocida columna "Sub/versiones", publicada en el periódico La Nación, ahora retomada y renovada en el blog Subversiones en El Financiero.

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