Nuestras fobias: ¿A qué le tenemos tanto miedo?

¿Qué nos amenaza tanto como para que necesitemos odiarlo, separarlo, encerrarlo, lastimarlo, matarlo?



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¿Nos manchará el arcoiris? (foto: The dark side of Oz)

El miedo – esa sensación de angustia ante un riesgo o daño – es una respuesta biológica, un mecanismo de defensa a lo desconocido. Nos prepara para huir o pelear por nuestra supervivencia. Un instinto, un instinto racional.

La fobia es miedo, sí, pero intenso y desproporcionado, irracional. Las alturas, los espacios cerrados, una mariposa, el perro del vecino: amenazas imaginarias de las que queremos escapar o defendernos y que nos hacen perder el control.

Pero hay cierto tipo de fobias – fobias activas – en las que se le agrega al miedo irracional un componente nuevo de rechazo, de asco, antipatía, disgusto, aversión o repulsión. El odio transforma a la fobia de pasiva en agresiva: es aversión y rechazo, sí, pero una aversión hacia algo o alguien a quien, además, le deseamos el dolor, el sufrimiento, el mal, la destrucción. Este tipo de fobia nos convierte en enemigos.

A diferencia del miedo racional o irracional, las respuestas de esta fobia no son solo las de huir o pelear en defensa propia para sobrevivir. Marcada por el odio, la fobia excluye, explota, hiere, encierra, viola, mata sin justificación ni necesidad.

Se ensaña, por ejemplo, con quien se ve distinto y ofende con su color más oscuro nuestra imagen de lo humano (y lo divino). Inventamos, así, las razas, espejos insolentes que nos muestran un auto-retrato amenazante: casi igual, pero distinto. Y tratamos de mantenerlos a distancia – negro, sudaca, paki –  con insultos y barreras y barrotes.

Se ensaña con quien cree distinto: con quien cree en otro dios o en el mismo dios con otro nombre o con otros ritos (o peor aún: con quien simplemente no cree). Todos ellos nos cuestionan. Y los marcamos: infiel, hereje, ateo. Los marcamos y los perseguimos.

Se ensaña con quien ama distinto y al hacerlo amenaza nuestra propia identidad, nuestra percepción de lo normal. Y más aún – horror – con quienes se atreven a decirlo, a gritarlo, a cantarlo. Nos atrapa el miedo, la fobia, el odio a quien se atreve a amar en público de esa forma que nos parece antinatural, pervertida, enferma, contraria a la ley de Dios. Lo prohibimos, lo escondemos, lo humillamos, lo congelamos en constituciones y leyes obsoletas. Reducimos el amor a nuestro privilegio, lo ensuciamos con el odio. Los matamos.

Nos hemos ido llenando de fobias: navegan por el mundo la islamofobia, la judeofobia, el racismo al que bien podríamos llamar cromofobia, la homofobia o su variante más compleja, de la que ha surgido una palabra casi impronunciable: homolesbobitransfobia. Y está finalmente, como ha señalado con agudeza Adela Cortina, la fobia de las fobias: la aporofobia: "Dícese – propone Cortina – del odio, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el sin recursos, el desamparado".

¿A qué le tenemos tanto miedo, qué nos provoca tanto odio, tanto asco, que se convierte en esta fobia agresiva? ¿Qué nos amenaza tanto como para que necesitemos odiarlo, separarlo, encerrarlo, lastimarlo, matarlo?

Más allá de las creencias, los colores, las culturas, las carencias, los humores y los amores… lo que realmente nos molesta, lo que nos provoca aversión y rechazo, hacia lo que sentimos miedo y odio, es aquello – o más exactamente aquella persona – que, sin dejar de ser persona, nos resulta en algún sentido diferente, distinta, ajena, extraña, diversa.

Diverso, como en “desemejante.” Diverso como en distinto. Diverso como en el otro. Diverso pero igual – he aquí la raíz de la fobia – diverso pero semejante. No nos ofende el esclavo que se siente esclavo, que se sabe cualitativamente distinto a nosotros y guarda su lugar. No nos ofende el animal que no espera compartir la mesa como un comensal más en nuestra casa: se sabe mascota. No nos ofende la piedra. No nos ofende el pobre mientras se mantenga en su sitio: cerca para trabajar, lejos para vivir. La vida sexual de los peces nos tiene sin cuidado: no nos amenaza, somos completamente distintos. Ah… pero el diverso, el desemejante, eso es otra cosa: pretende ser como yo, aspira a mi humanidad. Quiere ser como yo, pero distinto. ¡Qué arrogancia, qué desfachatez! Pretende ser como yo. Es como yo. Y no. Por eso me amenaza.

Padecemos de una peculiar diversofobia, de un miedo irracional, un rechazo, aversión y odio a lo que siendo como yo es sin embargo distinto. ¿Por qué nos sentimos tan amenazados? Nos carcome el temor final de que se pierda el orden – divino – que nos clasifica y que, al hacerlo, justifica el trato desigual a los diversos. Nos estremece la amenaza de que se caigan esas justificaciones y todos se sienten finalmente en la misma mesa, que se revuelvan en un único espacio y al mismo tiempo los alfas, los betas y los epsilones, que la ciudad blanca sea invadida por los oscuros pobres de la reserva, que el arcoíris nos manche a todos.

¿No será que, en el fondo, lo que nos da tanto miedo es descubrir que en realidad no somos tan distintos?

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Subversiones Leonardo Garnier

Leonardo Garnier se mueve entre la academia, la política y la comunicación. Es Catedrático y profesor de la Escuela de Economía de la Universidad de Costa Rica. Fue Ministro de Educación Pública de 2006 a 2014 y Ministro de Planificación de 1994 a 1998. Ha publicado en revistas y libros sobre temas económicos y sociales y escribió el libro "Costa Rica: un país subdesarrollado casi exitoso" junto con Laura Cristina Blanco. Es autor de libros de cuentos como "Mono Congo y León Panzón" y "Gracias a Usted", publicados por Farben-Norma en Costa Rica; y "El Sastrecillo ¿valiente?" publicado por CIDCLI en México, Brasil y Argentina. Fue el autor de la conocida columna "Sub/versiones", publicada en el periódico La Nación, ahora retomada y renovada en el blog Subversiones en El Financiero.

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