¿Quién llenará el vacío?

En política, como en física, el vacío tiende a llenarse 



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¿Quién va ganando? Es típico: vemos una nueva encuesta y eso es lo primero que nos preguntamos ¿quién va ganando? ¿quién va perdiendo? Es más, ni falta hace que nos lo preguntemos porque el propio medio se encargará de utilizar su titular para guiar nuestra lectura: “Fulanito el mejor, Menganito el peor…” 

Claro que eso es lo más entretenido: quién baja, quién sube, quién no baja y… quién no sube pero ni con andaderas. Pero ¿será que el objetivo de las noticias políticas es entretenernos?

Mientras algunos se entretienen valorando las posibilidades o falta de posibilidades de los distintos corredores, otros se entretienen igual viendo qué tanto subió o, más bien, qué tanto bajó el gobierno que, como todos los gobiernos, hay una tarea en la que sí está cumpliendo a cabalidad: la tarea y la dudosa responsabilidad de ser impopular, de ser mal visto, de profundizar la pérdida de confianza y legitimidad de nuestras instituciones.

Como gobiernos anteriores, este también perdió con rapidez asombrosa su capital político. Este gobierno llegó cargado de apoyo y depositario de una enorme ilusión, de una gran alegría. Pero hoy, justo a la mitad de su mandato, el encanto se esfumó. De acuerdo con el estudio del CIEP que publica el Semanario Universidad, el 35% de las personas consultadas consideran que la gestión del gobierno es mala y el 25% considera que es muy mala. En dos platos, más del 60% de la gente parece pensar mal de la gestión del gobierno. 

El Presidente está descubriendo algo que sus antecesores también tuvieron que sufrir: no es lo mismo la popularidad del candidato – que en su caso rayaba en la popularidad de la súper estrella – que la impopularidad y hasta el desprecio con que se percibe a quienes ejercen cargos políticos y, sobre todo, a quien ejerce la Presidencia. ¿Por qué ya no me quieren – parece preguntarse apesadumbrado el Presidente – si sigo siendo el mismo? La respuesta tiene tanto elementos de realidad como de simbolismo (y aquí la distinción es ambigua, porque pocas cosas más reales que los símbolos).

De realidad, porque como bien dijo el Presidente, “no era lo mismo”: ante las promesas de una nueva forma de gobernar, ante las denuncias draconianas contra “los de siempre”, ante las ilusiones sembradas con largueza… la realidad de los hechos ha sido magra. Gobernar no es fácil. Construir no es fácil. Lograr acuerdos no es fácil. Y se ha hecho cada vez más difícil.

De símbolos, porque son ya hace tiempo que en Costa Rica – como en muchos países – se viene sembrando con irresponsable alegría el descrédito generalizado de la política: nada peor que la política, nada peor que los políticos, nos dicen una y otra vez, desde los medios más tradicionales – que han hecho profesión de esto – hasta los comentarios casuales en redes sociales. A veces sin razón, otras con evidente razón, porque ha habido políticos que han contribuido “de pensamiento, palabra, obra y omisión” con ese descrédito. El hecho es el mismo y el resultado ha sido más que evidente: la ciudadanía y sobre todo la ciudadanía joven, no se siente parte ni se siente representada por las instituciones y el sistema político vigente.

Por eso, el dato más importante del estudio del CIEP – y el que debió haber estado en el titular del Semanario – es el que muestra este desapego de la población con los partidos políticos: más de un 70% de las personas consultadas dice no tener simpatía partidaria alguna. Léase bien: casi tres cuartas partes de la población no tienen simpatía alguna por ninguno de los partidos existentes. Por ninguno.

El Partido Liberación Nacional aparece en esta encuesta – igual que en otras – como la mayor minoría, con apenas un 15% de las simpatías. Y si alguien piensa que tener 15% es tener mucho, recordemos que el PLN en sus buenos tiempos llegaba al 40% de las simpatías. Pero la situación es todavía más grave para los otros partidos: la Unidad Social Cristiana, Acción Ciudadana y el Frente Amplio no superan, ninguno, el 5% de las simpatías ciudadanas. Otros, aún menos.

Esto es, en primer lugar, entendible, tanto por las realidades – la incapacidad que han tenido los partidos, todos, por representar el sentir y las aspiraciones reales de la población – como por los símbolos e imágenes de la constante campaña contra la política.

Esto es, en segundo lugar, peligroso. El desprestigio de la política, la pérdida total de confianza, la pérdida de esperanza… pueden ser el terreno fértil para los populismos más irresponsables – de derecha o de izquierda – que aprovechan la anomia para vender sus espejitos autoritarios. La historia está llena de ejemplos: ante la desesperanza, mucha gente puede estar dispuesta a ceder libertad a cambio de carisma, orden y mano dura.

Finalmente, y aunque suene paradójico, el hecho de que la gran mayoría de la gente no muestre hoy simpatía alguna por los partidos existentes debe ser, también, esperanzador. Cuando más del 70% de la gente dice no tener simpatía alguna por ninguno de los partidos políticos existentes, no está diciendo que no le interesa la política. Lo que está diciendo es que no le gusta, que no le interesa, que no simpatiza con la política actual: ni con la de los mismos de siempre ni con la de los nuevos de siempre (porque, seamos francos, también son… “de siempre”).

Esto es particularmente cierto de los jóvenes, a los que los partidos actuales no les llegan, no los motivan, no les interesan – y casi nunca les abren espacios. Pero el problema no es de los jóvenes, sino de los partidos, pues mientras estos se repliegan y se contentan con mantener sus cada vez más pequeñas lealtades territoriales y hacer cálculos para las próximas elecciones, los jóvenes están, simplemente, haciendo cosas.

Bien lo decía recientemente Jorge Vargas Cullell al hablar de esos muchachos y muchachas de menos de cuarenta años: “Son jóvenes iconoclastas que, sin tiempo para pensar en vacas sagradas, empujan a Costa Rica por nuevas direcciones, rompen el aldeanismo y la conectan con todos esos mundos que hoy día bullen allende nuestras fronteras. Tienen raíces ticas, pero no son nacionalistas en su ambición y tampoco desarraigados que creen que lo de afuera es siempre mejor. Buscan lenguajes únicos para participar en las conversaciones universales que atraviesan el planeta”.

Pues bien, el reto de estos jóvenes iconoclastas tiene una tarea más: deberán reinventar la política, deberán abrirse espacios, deberán articular sus ideas y sus proyectos y sus sueños para reencontrarse con el espacio de lo público, con el espacio político que se ha ido quedando vacío. Porque nada más peligroso que un espacio vacío…

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Subversiones Leonardo Garnier

Leonardo Garnier se mueve entre la academia, la política y la comunicación. Es Catedrático y profesor de la Escuela de Economía de la Universidad de Costa Rica. Fue Ministro de Educación Pública de 2006 a 2014 y Ministro de Planificación de 1994 a 1998. Ha publicado en revistas y libros sobre temas económicos y sociales y escribió el libro "Costa Rica: un país subdesarrollado casi exitoso" junto con Laura Cristina Blanco. Es autor de libros de cuentos como "Mono Congo y León Panzón" y "Gracias a Usted", publicados por Farben-Norma en Costa Rica; y "El Sastrecillo ¿valiente?" publicado por CIDCLI en México, Brasil y Argentina. Fue el autor de la conocida columna "Sub/versiones", publicada en el periódico La Nación, ahora retomada y renovada en el blog Subversiones en El Financiero.

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