Trump y su Reality Politics: El Greatest Show on Earth?

Cabalgando en el Reality Politics, un fantasma recorre el mundo, el fantasma del populismo autoritario. 



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Más de 1237 delegados. Eso tiene ya Trump. Imposible (digo, parecía imposible). Ya es el virtual candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos. Una broma de mal gusto, (parecía; y sí, parecía imposible).  ¿President Trump? ¿Imposible?

Por años, los medios de comunicación en todo el mundo – y Estados Unidos no es la excepción – han venido cultivando la reiterada sensación de que “todo está mal” y, en particular, de que todo está mal con la política; promoviendo una cultura mediática centrada en la preeminencia del espectáculo, del show, del morbo, del suceso, del infotainment.

Como tomando conciencia de este hecho – y cuando todavía parecía ridículo el intento de Donald Trump por ser el candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos – The Huffington Post anunció que trataría las noticias sobre la campaña de Trump como entretenimiento, colocándolas al lado de la cobertura de las Kardashians. Y aunque muchos medios los criticaron acremente por eso, la pregunta sigue siendo legítima: la campaña de Donald Trump: ¿es noticia o es entretenimiento?

Lo cierto es que la diferencia entre noticias y entretenimiento se ha borrado cada vez más. Hemos llegado al punto en que los medios parecen exigir que los candidatos a ocupar la Casa Blanca no solo sean commanders-in-chief sino también entertainers-in-chief: los futuros presidentes deben ser el acto principal del infotainment, al punto de que una vez electos, uno de sus más celebrados performances – como bien ha descubierto Obama – será el obligatoriamente divertido discurso que deben dar en la Cena para los Corresponsales de la Casa Blanca, en la que el Presidente de los Estados Unidos actúa como si fuera el invitado principal de Live, from Washington, it´s Saturday Night!!!

Trump entendió esto como nadie. Como inesperado personaje de un reality show, Trump resultó ser el protagonista perfecto para un papel que parecía haber sido construido para él.  Trump es el epítome y el arquetipo del Dark Protagonist, de los sociópatas que se han convertido en los nuevos anti-héroes de las series televisivas, con los que cada vez más se identifica el televidente promedio: los Frank Underwood, los Pablo Escobar, los Walter White… los malos buenos… o buenos malos.

Cuando Trump sale en las noticias o se presenta en un debate, los ratings se disparan; y los ratings son el mejor indicador no de la calidad de las noticias, sino del impacto, del encanto hipnótico del show mediático: él es a quien quieren ver, él es flamboyant, él es políticamente incorrecto, él es encantadoramente ridículo, él es cautivadoramente vulgar y grotesco. Nada más parece importar. The Boss resolverá todos nuestros problemas con facilidad, para él todo es sencillo, no importan los datos ni los argumentos complejos. Su vocabulario está lleno de palabras simples, claras y sonoras: “huge”, “tremendous”, “terrible”, “the worst”. Habla como nosotros.  Él  nos protegerá, con él estaremos seguros – parecen decir sus seguidores.

Trump resultó ser el mejor aprendiz del efecto Kardashian: no se trata de decir algo importante, algo significativo, algo serio: se trata de generar la mayor cantidad posible de clicks, de curiosity clicks, en la búsqueda de esa atención masiva de baja calidad que click, click, click… es la que cuenta. Los hechos no importan, Trump ignora los hechos y los argumentos racionales y se concentra en apelar a las emociones por medio del shock y el exabrupto. Y ahí radica una de las razones de su éxito.

Pero lo asombroso no es que Trump haya surgido como candidato y que haya apostado a jugar el juego del reality-politics, lo asombroso es que haya podido tener efecto sobre tanta gente. A base de emociones, Trump construye identidad: ésa es su herramienta básica de persuasión. I am like you, dice, aunque no lo sea, aunque sea todo lo contrario. Ayer parecía ridículo, hoy millones lo apoyan y lo siguen. El Donald lo ha logrado. Hoy, el millonario hedonista ha capturado la candidatura republicana y se ha adueñado de una buena parte de la “identidad americana”. Es un sentimiento casi tribal y Trump parece haber tocado una cuerda sensible – o varias.  

¿No es alucinante ver hoy a Donald Trump como candidato de las turbas divinas, conservadoras y ultra-religiosas que habían capturado al Partido Republicano, del Tea Party? Trump el antiguo Playboy es hoy Trump el líder de la clientela fiel de los predicadores. El éxito ha sido tan inesperado como abrumador.

Pero ¿quiénes lo siguen? Entendamos, como bien planteó Eduardo Ulibarri, que “la variable crítica no se llama ideología: difícilmente tantos cambian de ideas en tan poco tiempo. Tiene otros nombres: enojo, frustración, resentimiento, desencanto, desconfianza, prejuicios, desconcierto o miedo, sea por los inmigrantes, la recesión, la delincuencia, la corrupción, el cambio veloz o la incertidumbre”.

Hay millones de personas resentidas por alguna razón, dispuestas y ansiosas de apoyar a Trump. Para empezar, como plantea Scott Adams – el creador de Dilbert – Trump está logrando “apropiarse de las identidades de los machos alfa americanos y de las mujeres a las que les gustan los machos alfa”. Pero no son solo los machos alfa: son hombres blancos poco educados y pobres, ya sean pobres rurales o desempleados del Rust Belt. Hombres, blancos y pobres: lo contrario de lo que les ofrecía el sueño americano.

El caldo de resentimiento estaba ahí y las razones no son imaginarias: en Estados Unidos, la tasa de ocupación de tiempo completo para los hombres sin un título universitario básico cayó del 76% en 1990 a 68% en 2013 y mientras que los salarios reales han aumentado a lo largo de los últimos 25 años para quienes tienen un grado universitario, los salarios de los hombres sin educación universitaria han caído significativamente. Y están molestos, están indignados…

Paradójicamente, se juntan dos molestias muy, muy distintas: la molestia por la creciente desigualdad desde arriba, por el creciente enriquecimiento del 1% y del 10% - de los más ricos y de los profesionales mejor pagados – pero también la molestia por la creciente igualdad desde abajo: el otro quiere ser como ellos, el migrante quiere entrar, quiere una tajada del sueño americano justo cuando ellos – los hombres blancos – están sintiendo que pierden sus esperanzas, sus derechos, su propio sueño americano.

Pero no es solo una cuestión de tener poca educación o de estar enfrentando una situación económica difícil mientras otros, los más ricos o los más pobres (negros, hispanos) mejoran. Es también una cuestión de identidad: los seguidores de Trump vienen de amplios sectores de la población estadounidense que, en forma creciente, sienten que no tienen voz en su país. De acuerdo con encuestas recientes, más del 85% de los votantes que se identificaban con esta frase: “la gente como yo no tiene voz sobre lo que hace el gobierno” eran votantes que apoyaban a Trump.

Muchos de los simpatizantes de Trump son personas que se sienten golpeadas o amenazadas por la globalización, por lo que perciben como la fuga de empleos hacia otros países o – lo mismo pero al revés – por la llegada de trabajadores migrantes dispuestos a trabajar por menores salarios que ellos. Cierta o no, la emoción asociada a esta percepción es poderosa y Trump les ha ofrecido también seguridad en este campo: él se enfrentará a sangre y fuego con los chinos y los mexicanos y con todos los que quieran robarse los empleos americanos – allá o acá. Los migrantes, además, representan la amenaza de otra cultura y – peor – la amenaza del terrorismo. Por eso – dicen – apoyamos a Trump, cause he will make America Great Again.

Y es aquí donde surge la vertiente más preocupante de Trump: ya no su populismo, sino el carácter autoritario de ese populismo. Nos cuesta entender a Trump tanto como nos ha costado siempre entender el fascismo y los populismos autoritarios: pensamos que la inmensa mayoría de la gente realmente desea esa combinación de libertad, democracia, derechos y responsabilidad que caracterizan el tipo de sociedad que a muchos de nosotros nos resulta tan sensato (frustrante a veces, pero siempre mejor que las alternativas).

Ante la frustración, ante la pérdida de los sueños, ante la creciente desigualdad, ante la amenaza de los de afuera, muchos parecen estar dispuestos y deseosos de abrazar ese terrible trade-off que implica el autoritarismo: ceder libertad a cambio de seguridad. Como ya mostró un estudio en Carolina del Sur, el principal predictor del apoyo creciente a Donald Trump ya no es la falta de educación superior o los bajos ingresos, sino el autoritarismo y el temor personal al terrorismo. A esto se agrega un último y peligroso elemento, sobre todo en ciertas partes de los Estados Unidos: el resentimiento racial, esa sensación – agravada inevitablemente por la Presidencia de Obama – de que los negros (y los hispanos) are taking our country away from us.

El caldo de cultivo no podría ser más peligroso y, sin embargo, lo es: aunque duela reconocerlo – como cuando hablamos de temas más banales, como peleas de gallos o corridas de toros – a mucha gente le sigue gustando esa parte más fea del ser humano: el ejercicio grosero del poder, el golpe, la humillación, la burla, el abuso, la violación del otro. Trump ha elogiado, incluso, el uso de la tortura y sugirió que, en la guerra contra el terrorismo, estaría dispuesto a ordenar el asesinato de las familias de los terroristas. En tiempos normales eso habría bastado para descalificarlo como candidato a la Presidencia de cualquier país democrático. Hoy, paradójicamente, pareciera jugar a su favor: la violencia se convirtió en parte del show, en parte del circo. Y a la gente le encanta el show, le encanta el circo.

There´s no business like show business y hoy, finalmente, la política se convirtió en el acto central del show business, en el acto central de este trágico circo. La Carrera a la Presidencia de los Estados Unidos se ha convertido en el más morboso Reality Show de la televisión y, como bien ha dicho el propio Trump, en el Reality Show que tiene más rating. Trump aprendió a jugar el juego de los medios y los medios no tienen ya – aunque quisieran – la capacidad ni la opción de ignorar la historia más interesante, el show más popular.  Ya no necesitamos más de Survivor, Keeping up with the Kardashians, Jersey Shore y ni siquiera The Apprentice, porque el aprendiz se ha convertido en el sumo sacerdote del juego: they call me the ratings machine –ha dicho.  

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del populismo autoritario; su vehículo es el Reality Politics, el nuevo Greatest Show on Earth en el que Donald Trump parece ser el dueño del circo. Pero no nos sorprendamos. Un mundo en el que lo que más circula en redes sociales, lo que más quiere ver la gente es “Mama Chewbacca”… es un mundo que parece estar listo para Tata Trump.

¿Será evitable el inevitable ascenso de Donald Trump?

¿Será evitable el peligroso y creciente ascenso del populismo autoritario en el mundo?

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Subversiones Leonardo Garnier

Leonardo Garnier se mueve entre la academia, la política y la comunicación. Es Catedrático y profesor de la Escuela de Economía de la Universidad de Costa Rica. Fue Ministro de Educación Pública de 2006 a 2014 y Ministro de Planificación de 1994 a 1998. Ha publicado en revistas y libros sobre temas económicos y sociales y escribió el libro "Costa Rica: un país subdesarrollado casi exitoso" junto con Laura Cristina Blanco. Es autor de libros de cuentos como "Mono Congo y León Panzón" y "Gracias a Usted", publicados por Farben-Norma en Costa Rica; y "El Sastrecillo ¿valiente?" publicado por CIDCLI en México, Brasil y Argentina. Fue el autor de la conocida columna "Sub/versiones", publicada en el periódico La Nación, ahora retomada y renovada en el blog Subversiones en El Financiero.

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