Los republicanos han presentado una legislación para recortar impuestos por un total de $1,5 billones en la próxima década

 24 noviembre
La aversión estadounidense a los impuestos es singular entre las naciones ricas y puede haber producido un gobierno desigual a los desafíos económicos y sociales de hoy
La aversión estadounidense a los impuestos es singular entre las naciones ricas y puede haber producido un gobierno desigual a los desafíos económicos y sociales de hoy

​La política fiscal estadounidense debería erigirse como uno de los grandes misterios de la economía política mundial.

En 1969, Neil Armstrong caminó en la Luna, Jimi Hendrix interpretó The Star-Spangled Banner en Woodstock y los gobiernos federales, estatales y locales en Estados Unidos obtuvieron casi los mismos impuestos, su porción de la economía, que los gobiernos de los países industrializados promedio: el 26,6 % del producto interno bruto, en comparación con el 27 % entre las naciones miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Casi 50 años después, la película fiscal ha cambiado poco en Estados Unidos. Para el 2015, el último en el que la OCDE cuenta con datos comparativos, la cifra era del 26,4 % del PIB. No obstante, entre las democracias de mercado de la OCDE, su porción de la economía ha aumentado un promedio de más de 7 puntos porcentuales.

Los ciudadanos de varios países que eran más pobres y menos gravados en los años sesenta, como España y Japón, hoy pagan una porción mucho mayor de sus ingresos en impuestos que su contraparte estadounidense.

En algunos países ricos como Dinamarca, donde los impuestos ya eran elevados en los años sesenta, los contribuyentes ahora aportan a la bolsa pública casi 20 puntos porcentuales más del PIB que los estadounidenses.

La ley de Wagner, cuyo nombre corresponde al economista alemán del siglo XIX, establece que el gasto gubernamental como una porción de la economía aumentará a medida que las naciones se hagan más ricas y sus ciudadanos exijan más y mejores servicios públicos. Esto quizá sea así en las políticas públicas de otras naciones industrializadas. En Estados Unidos, falla.

"El plan fiscal podría más bien retardar el crecimiento y ser una carga para la clase media", advierte Lawrence H. Summers, exasesor económico de Barack Obama.

En consecuencia, los estadounidenses lo están pagando caro, ya que su gobierno comparativamente pequeño ha probado ser incapaz de proveer una red de seguridad adecuada para proteger a aquellos más vulnerables de la globalización y el cambio tecnológico.

Es difícil entender las razones profundas detrás de la aversión estadounidense a los impuestos y el gobierno. ¿Es la expresión vestigial de un individualismo accidentado nacido en la frontera estadounidense? ¿Es hostilidad racial, una incapacidad de los blancos para financiar programas sociales que algunos creen que indebidamente benefician a las minorías?

Sin importar lo que los apologistas de un gobierno pequeño puedan argumentar, no hay evidencias de que los países con tipos impositivos más elevados necesariamente crezcan menos.

En las últimas semanas, los republicanos han presentado una legislación para recortar impuestos por un total de $1,5 billones en la próxima década, más de la mitad de un punto porcentual del PIB. Afirman una urgente necesidad de estimular el crecimiento alentando a las empresas a invertir en Estados Unidos.

Sin embargo, Lawrence H. Summers, exasesor económico del presidente Barack Obama, ha afirmado que el plan podría más bien “retardar el crecimiento” y ser una carga para la clase media.

Bruce Bartlett, quien ayudó a concebir el ajuste fiscal de 1986 del presidente Ronald Reagan, pero se ha convertido en un crítico de los republicanos, describió las afirmaciones de que los recortes al impuesto corporativo aumentarían el ingreso de la clase media como un “absoluto sinsentido”.

No obstante, más allá de esta crítica, el debate ofrece una oportunidad de examinar más de cerca las mecánicas —y considerar las motivaciones— detrás de la gran divergencia de la nación con otras democracias de mercado de Occidente.

Mega ricos: los beneficiados

Austria, Bélgica, Grecia, Hungría, Luxemburgo, los Países Bajos y Noruega aprobaron o llevaron a cabo reformas fiscales integrales el año pasado, según la OCDE. Otros países también aprobaron cambios más sustanciales. A excepción de Grecia, que se encuentra bajo la presión alemana para recortar su déficit presupuestal, todos se han propuesto estimular el crecimiento.

Es probable que muchos de estos esfuerzos reduzcan los ingresos procedentes del impuesto sobre la renta, como lo harían los planes de los republicanos. Sin embargo, los objetivos más amplios son radicalmente distintos; también tienen el propósito de mejorar la equidad.

Claro está que muchos cambios fiscales en otros países ricos benefician a los ricos. Los impuestos de sucesiones han disminuido en muchos otros países de la OCDE.

La propuesta republicana de recortar los impuestos corporativos dista de estar fuera de lugar: la mayoría de las demás naciones avanzadas están haciendo lo mismo. A pesar de ello, las reformas en torno a la OCDE no son similares a los despilfarros estadounidenses.

Por ejemplo, los países que han recortado los impuestos corporativos también han aumentado los impuestos sobre los dividendos, cambiando la carga fiscal de las corporaciones a los accionistas y cobrando de algún modo el impuesto sobre los ingresos. Ya había escrito antes sobre la política fiscal particularmente mezquina de este país.

El gobierno pequeño, me parece, ha probado no estar a la altura de sus malestares sociales, demasiado débil para oponer mucha resistencia a la desigualdad rampante, la persistente mortalidad infantil o la descontrolada adicción a los opioides. La hostilidad excepcionalmente intensa de los electores estadounidenses hacia el comercio puede, en el mismo sentido, localizarse en la ineficacia del gobierno para mitigar las afectaciones del comercio.

Los republicanos parecen creer que la mejor receta para atender los males de la nación es eliminar unos $50.000 de los impuestos de la gente que gana un millón de dólares o más. Como observaron Isabel V. Sawhill y Eleanor Krause de Brookings Institution, el impuesto de sucesiones podría generar un billón de dólares a lo largo de una década tan solo con aumentar la tasa y recortar las exenciones a donde se encontraban en los años setenta.

Aumentar la exención al impuesto de sucesiones a $11 millones, como proponen los republicanos, solo ayudará a un puñado de estadounidenses mega ricos. Es difícil concluir que la propuesta republicana tenga que ver con otra cosa que no sea ese puñado de mega ricos.

De tener éxito, transformará a Estados Unidos de ser un país de bajos impuestos a un país de más bajos impuestos.

Pero persistirá la miseria: al recortar los impuestos mientras los bebés mueren y los adultos se pierden en la adicción, ¿a qué se refieren los estadounidenses cuando hablan de nación?