La vida en un cementerio de Filipinas

Parte de la población en Manila ha decidido vivir en uno de sus cementerios más grandes debido a la pobreza y a la inseguridad

  • Facebook (Compartir)
  • Tweetea!
  •  

El Cementerio del Norte de Manila, inaugurado en 1904, es uno de los más antiguos y más grandes de Filipinas. Sus elaborados mausoleos e interminables filas de tumbas humildes y apiladas albergan a alrededor de un millón de muertos, y a algunos miles de vivos.

Último lugar de descanso de presidentes, estrellas cinematográficas e íconos literarios, el cementerio también es habitado por algunas de las personas más pobres de Manila. Muchos viven en las criptas y mausoleos de las familias ricas, quienes les pagan un estipendio por limpiarlos y cuidarlos.

Otros encuentran formas diferentes de participar en la economía de la muerte y los entierros. “Realmente no hay trabajo aquí dentro del cementerio, así que yo solo aprendí a hacer esto en 2007”, dijo Ferdinand Zapata, de 39 años de edad, mientras cincelaba el nombre de un difunto en una adornada lápida de mármol.

“Este es el mejor trabajo en el cementerio porque no se tiene un jefe”, dijo Zapata, quien creció en el cementerio y ha criado a dos hijos aquí. “Sin embargo, los albañiles que hacen los nichos y mausoleos pueden ganar más”.

Hasta una cuarta parte de los 12 millones de habitantes de Manila son “colonos informales”. Aquellos en el cementerio prefieren su relativa tranquilidad y seguridad a los peligrosos barrios pobres de la ciudad. El ingenio necesario para vivir una vida de tal inseguridad está plenamente a la vista aquí.

En los mausoleos, y en estructuras improvisadas construidas sobre las tumbas, las familias pasan sus días. Charlan, juegan cartas y ven telenovelas en televisores montados cerca de las lápidas o cruces ornamentales.

“En ocasiones es difícil vivir aquí”, dijo Jane de Asís, de 26 años, quien vive en un mausoleo de diseño clásico con un hijo, dos hermanas, los hijos de sus hermanas y su madre, a quien le pagan por atenderlo. “No siempre tenemos electricidad y no hay agua corriente. Es especialmente difícil en el verano, cuando hace tanto calor”.

Entre los muertos

La gente duerme sobre las tumbas. La idea de eso podría parecer discordante, pero para los residentes es una opción práctica. Y muchos en este país, devotamente religioso, ven la frontera entre vivos y muertos como porosa.

A Isidro González, de 74 años, le gusta hablar con su madre, dijo mientras estaba sentado con la espalda apoyada en su tumba, trabajando en un crucigrama. “Quizá pueda responderme, pero hasta ahora no lo ha hecho”.

La instalación de electricidad en estas casas convertidas es improvisada, y la mayoría de los residentes no tiene agua corriente. En los pocos pozos públicos, la gente se forma con carritos cargados de botellas de agua vacías, a la espera de llenarlas.

Un hombre descansa con su nieta en el Cementerio del Norte de Manila, lugar donde ha llegado gente a vivir debido a su nivel de pobreza o desplazados por la inseguridad en algunaszonas de la capital filipina. Los familiares de difuntos les pagan por el mantenimiento de los nichos. ( ADAM DEAN/NYTMK PARA EF)

En medio de todo eso, continúa la actividad normal de un cementerio. En un día ocupado, puede haber hasta 80 funerales.

A algunos residentes del cementerio, como el hombre de 54 años que se hace llamar padre Ramona, las familias visitantes les pagan por dirigir oraciones ante una tumba. El padre Ramona en ocasiones usa una playera estampada con el rostro de Jesús.

El cementerio es tan denso en tumbas y criptas que una carroza a menudo no puede llegar a su destino. Los dolientes deben entonces cargar el ataúd el resto del camino, trepando sobre otras tumbas y por de pasadizos entre los mausoleos.

Las tumbas por lo general se rentan durante cinco años. Después de eso, si los familiares dejan de pagar, los administradores del centro exhumarán los restos, tras un periodo de gracia. Es común ver bolsas desechadas de cráneos y huesos, algunos enredados con los jirones de la ropa con que fueron sepultados.

La gente deja ofrendas de bocadillos, bebidas y en ocasiones cigarrillos en las tumbas de sus familiares. A menudo se puede ver a los parientes ahí, oran, encienden velas o solo hablan.

En una mañana reciente, el olor acre de la metanfetamina quemada –o shabu, como le llaman los filipinos– flotaba sobre un rincón remoto del cementerio. Conducía a una mujer de edad mediana que fumaba la droga desde una pieza de papel de aluminio, mientras su hija sostenía a un recién nacido. Cerca, adolescentes dormían drogados sobre las lápidas o en hamacas.

Inseguridad

Los residentes dicen que el uso de drogas y la delincuencia ha estado aumentando en los últimos años; Zapata, el tallador de lápidas, lo remontó a alrededor del año 2000, cuando la destrucción de un barrio pobre cercano condujo a una ola de nuevos residentes. La sangrienta represión del presidente Rodrigo Duterte de los vendedores de drogas y los adictos también se ha sentido en el Cementerio del Norte de Manila. En setiembre, tres hombres fueron asesinados aquí en lo que la policía llamó una operación encubierta contra las drogas; se dijo que habían estado tratando de vender shabu con valor de $10.

Virginia Javier, de 90 años de edad, dijo que los residentes ahora ponían candado a las puertas de sus tumbas, lo cual no sucedía hace varios años. “Desde que Duterte se convirtió en presidente, cada vez que hay una redada policial aquí voy a casa de mis hijos, habitualmente”, dijo Javier mientras atendía plantas en maceta afuera de uno de los 10 mausoleos por cuyo cuidado le pagan.

Al caer la noche, muchas personas nos aconsejaron a un intérprete y a mí que nos fuéramos, diciendo que no era seguro caminar por ahí después del anochecer.

Durante el día, se construyen nuevas casas a partir de tumbas modestas, cuando los trabajadores añaden improvisadas paredes de concreto y techos de hierro corrugado, a menudo recogido de otra parte.

Los muertos son una presencia constante aquí, en una u otra forma. “Cuando hay momento en que escucho ruidos o voces, solo me quedo quieta, y sé que son las voces de los muertos”, dijo Javier. Su esposo, Félix, dijo que los fantasmas eran “algo que solo se ve en las películas”.

Los muchos niños en el cementerio, quienes juegan felizmente entre las tumbas, parecen no preocuparse por los fantasmas.

Aquí y allá hay tiendas improvisadas, que venden bocadillos y artículos básicos como jabón. También venden velas, para los visitantes que quieren presentar su respeto en la tumba de un ser querido.

Algunos de los puestos tienen máquinas de karaoke, que son populares en las noches.

A medida que el calor del día muere, los niños y los jóvenes juegan basquetbol en canchas improvisadas, o una versión del billar que es popular en los barrios pobres de Filipinas.

La noche a menudo encuentra a González, el hombre de 74 años que trabajaba en un crucigrama en su cripta familiar, durmiendo ahí. Pero no es un residente, posee un condominio en Manila. Su barrio, sin embargo, es más peligroso que el cementerio. Según lo expresó: “Los muertos no pueden hacerte daño”.

Sostenbilidad y financiamiento