Por: Rafael González 14 junio, 2014

Probablemente ningún otro mundial de fútbol ha reflejado más el desencanto con FIFA como este. No obstante, ni el más que evidente atraso en la preparación de la infraestructura ni las constantes polémicas de FIFA, han opacado la enorme emoción que sentimos millones de personas en el mundo en estos días.

Fiscalmente hablando, el Mundial es el ejemplo de cómo un sistema tributario se utiliza como fines extrafiscales. FIFA impone a quienes desean organizar un mundial, la aprobación de diversas leyes que les permita, entre otras cosas, gozar de una total exención de impuestos. Tal ha sido el caso de Brasil, en donde se estima que el Estado dejará de percibir por parte de FIFA, entre $250 y $450 millones en impuestos. Costa Rica tuvo que hacer lo propio para la organización del reciente Mundial FemeninoSub-17. Mediante Ley 9163, se estableció una exención total “respecto de las utilidades generadas directamente” en la actividad.

Pero la exención no es infinita. Según lo reseñó la BBC, la Federación Alemana de Fútbol terminó pagando poco más de 100 millones de euros en impuestos luego del Mundial de 2006, siendo que todos los jugadores y entrenadores fueron gravados con una tarifa ordinaria de 21,1% sobre las rentas obtenidas en Alemania durante el Mundial, proveniente de bonos y pagos por publicidad.

Además de lo que dejará de percibir, el Estado brasileño ha debido invertir fondos propios. Inicialmente se hablaba de $1.100 millones, y medios especializados hablan que dicho monto se triplicará.

¿Entonces, qué sentido tiene organizar un mundial? De forma directa, relativamente poco. Pero la lógica exposición global del evento (que en el caso de Brasil no ha sido todo positiva), la reactivación económica y comercial que el evento genera a lo interno, y por supuesto que el turismo, generará indirectamente un incremento en los niveles de consumo; es decir, en recaudación.