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NUESTRO TIEMPO |

Educación y ética

Jorge Arturo Chaves
Colaborador
Jorge Arturo Chaves

Cada vez que se nos informa de un terrible suceso ?como el asesinato reciente de un colegial por un compañero?, o se comenta la deshonestidad en la función pública, o el mal trato en oficinas públicas y privadas, por mencionar unos pocos casos, de inmediato se levantan voces que denuncian ?la creciente pérdida de valores? y para exigir la urgente mejora de nuestra educación nacional.

Parecieran reacciones coherentes. Pero, ¿serán apropiadas? ¿Será cierto que la recuperación ética depende principalmente de lo que se enseña en las aulas, de la calidad de los contenidos, y del ejemplo de los docentes? ¿Será que más conferencias y lecciones moralizantes lograrán mejores comportamientos? La sola duda es de las que seguro ofenden, pero hay que plantearla, porque más peligroso que desconfiar de una supuesta evidencia es dejar que ésta nos ciegue y nos impida ver los sutiles resquicios por donde se cuelan los problemas.

El Estado de la Nación ha mostrado que la desatención de la infraestructura escolar y el estancamiento en el número de centros incide en el desarrollo, y que un mayor acceso a niveles educativos habría facilitado la superación de la pobreza a muchas familias. Esa sí aparece como evidencia. Pero no puede extenderse, sin más, al campo de la ética.

No puede confundirse ese hallazgo y dar por sentado que existe, por ejemplo, una correlación entre número de años de escolaridad y calidad del comportamiento moral. En qué medida se dé, es asunto que aguarda el análisis. Pero el estudio de los procesos de formación de valores constatan que éstos no son dependientes solo de la duración o calidad de la educación formal.

Probablemente nunca lo fueron, pero lo son cada vez menos, en la medida en que la transformación cultural redefine el papel y peso de los procesos educativos escolares en un marco formativo en el que otros dinamismos adquieren cada vez mayor importancia para la gestación de valores.

Es el caso de las prácticas productivas y comerciales, así como de las políticas, y las dinámicas comunicativas de los medios, que determinan en gran manera nuestro comportamiento al fijarle metas tangibles y operantes de ?éxito? o ?fracaso?, de ?ganancia? o de ?costos?, que en seguida se traducen en términos de ?valioso? y ?no valioso?.

Es por eso que preocuparse por la ?recuperación? de valores nos debe llevar no tanto a invertir en un ámbito formativo ético ?especial?, sino a asumir la dirección consciente de la lógica que rige la vida cotidiana del mundo laboral, productivo y de relaciones sociales.

La educación formal ética funcionará de manera complementaria, ayudando a esclarecer lo valioso de esas prácticas de la vida diaria, y como refuerzo de consolidación de las que la comunidad nacional determine que valen la pena para conducir el proceso de desarrollo hacia una vida de calidad, en un planeta habitable, que sean herencia digna para la siguientes generaciones.


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