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Reconstrucción ¿de qué?

Jorge Arturo Chaves
Para El Financiero
Jorge Arturo Chaves

Un rasgo desconcertante del panorama político hoy es la naturalidad con que se habla de los hechos más atroces y de la atrocidad con que se contaminan los más humanitarios. Preocuparse por la reconstrucción de Iraq debería ser la expresión normal de sentimientos de solidaridad, cuando seres humanos normales ven la catástrofe de un país hermano.

Pero descubrimos que la ?reconstrucción? de que se habla ahora era ya grotescamente, de antemano, parte del mismo plan global que incluyó la destrucción previa ?la de esta guerra, la de los 12 años de embargo y la de la primera guerra del Golfo. Destruir para reconstruir, sí que resulta una lógica extravagante.

La peculiaridad del asunto se torna mayor si se observan los primeros pasos ?reconstructores?. Con gran velocidad, aún antes de acabar la dinámica demoledora de bombas y misiles, la Administración Bush se dio a la tarea de repartir, entre compañías estadounidenses, contratos de ?reconstrucción?.

Levantar de las ruinas las carreteras, escuelas, edificios y servicios públicos; restaurar las redes de comunicación, y recomponer y actualizar la industria petrolera, se convierten simultáneamente en necesidades del pueblo iraquí y en focos de interés de las empresas de la potencia invasora.

Como señala el The New York Times, a los contribuyentes norteamericanos esta guerra les costó en impuestos US$100.000 millones, nada raro que miren ahora al Iraq como al ?árbol del dinero?, en frase del mismo rotativo, para poder recuperarse. Paradoja para una tierra donde la visión legendaria ubicaba al ?árbol de Adán?, el ?árbol del bien y del mal?. Toda la discusión en torno a este reparto de contratos ¿no es cierto que evoca más que la reconstrucción del país, el primitivo reparto del botín de guerra, de épocas que se creían superadas?

La visión más crítica en EE.UU. apunta a lo irregular en la ?concesión de obras?. Sin licitaciones, ni competencia, sin respetar las reglas de la OMC, los beneficiarios de este proceso son compañías poderosas asociadas a nombres como el del vicepresidente Cheney y a Schultz, exsecretario de Estado, entre otras figuras vinculadas al gobierno. No es la corrupción tercermundista, va mucho más allá.

Pero hay aspectos de la reconstrucción de los que oímos hablar poco: culturales y psicológicos. Sin pensar en los tesoros arqueológicos expoliados, la cultura de estos pueblos es vulnerada en su sentido de honor patrio, en su capacidad de construir formas propias de gobierno.

La pretensión de ?exportar? a esta sociedad multiétnica milenaria la democracia, como si ésta no fuera un proceso cultural interno, es ignorante y, desde la administración Bush, impúdica. Luego están los traumas de guerra en los niños huérfanos, mutilados o empavorecidos; las humillaciones y atropellos; el desgarre familiar por muertos y desaparecidos; los odios atizados. ¿Quién reconstruirá todo esto y cómo?


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