| Archivo | Indicadores | Domingo 29 de agosto, 2004 | Escríbanos |
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Proteccionismo y corrupción: caras de una moneda Juan Ricardo Fernández R. El objetivo del comercio (local o internacional) es incrementar la cantidad de bienes y servicios disponibles que mejoran la calidad de vida de las personas. El comercio libre introduce competencia, la cual es el motor principal que estimula la inversión, innovación, eficiencia, calidad y servicio. De esta forma se promueve la productividad, única forma de incrementar los salarios, bajar los precios de los productos –elevando la cantidad y capacidad de compra de los consumidores– y generar riqueza. El proteccionismo se manifiesta a través de leyes y otros obstáculos que limitan la competencia en determinados sectores, sean estas barreras arancelarias y no arancelarias, otorgamiento de recursos públicos a entes con intereses puramente gremiales y otras que implican privilegios a unos cuantos. Pagar más Producto de esto, los consumidores terminan pagando más (directa o indirectamente) de lo que lo harían bajo competencia. Los obstáculos al comercio generan una transferencia multimillonaria de toda la sociedad a unos cuantos políticamente conectados. El pueblo y los productores pequeños no tienen los recursos económicos y logísticos para organizarse y hacer valer su derecho a elegir ante los gobernantes. El empresario honesto –que se desenvuelve en un ambiente competitivo e incierto– juega un papel protagónico en el desarrollo económico; él no acude al favor político en busca de eliminar a sus competidores para ensanchar sus bolsillos con ganancias deshonestas. Su constante búsqueda de competitividad, de identificar oportunidades de negocio, de reducción de costos, de buscar nuevos formas que satisfagan mejor las necesidades de la sociedad, hacen que el empresario honesto contribuya a un objetivo elemental de cualquier política económica: la eficiencia y la creación de riqueza. En una sociedad de relaciones forzadas, producto del proteccionismo, se invierten los papeles: los consumidores –que eran la razón de ser de los empresarios– se convierten en rehenes del contubernio político-empresarial. Los empresarios, en lugar de generar ganancias con el favor de los consumidores, lo hacen a costa de ellos. No en vano Fédéric Bastiat (1801-1850) decía que el Estado es la gran ficción por la cual unos buscan vivir a expensas de otros. Es decir, sirve de instrumento para obligar a las personas a hacer lo que no harían de forma voluntaria. Pueblo saqueado
Recientes leyes como las de las corporaciones Arrocera, Ganadera, Hortícola, el Fideicomiso Agropecuario, la Ley de Reconversión Productiva, el Proyecto de Corporación Frijolera, así como los excesivos plazos otorgados en el tratado de libre comercio con Estados Unidos (Cafta, por sus siglas en inglés) al arroz, leche, ganado bovino y porcino y otros, son claros ejemplos de una variedad de corrupción con ropajes de legalidad, no así de moralidad. Con pocas excepciones, la política y la ley se han pervertido, los políticos no han estado guiados por el bienestar de la población, ya que pareciera que el maximizar su prestigio personal, riqueza o votos es su principal preocupación. Se ha saqueado al pueblo legalmente y favorecido intereses propios y de amigos que hacen generosas contribuciones a las campañas políticas para así perpetuar los cotos de caza que destruyen la economía nacional, así como los sueños y las esperanzas de millones de costarricenses. |
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