| Archivo | Indicadores | lun 13 dic, 2004 - dom 19 dic, 2004 | Escríbanos |
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Un mar de talento que crece a golpe de tambor Rodolfo González Ulloa Una exitosa presentación en el FIA trae como secuela un disco lleno de sabor a Caribe Guillermo Anderson nació en 1962 en La Ceiba, Caribe hondureño donde se mezclan la cultura garífuna, creol, miskita y hasta de descendientes de bucaneros ingleses y escoceses. "Yo me crié absorbiendo todo eso, junto con los versos de Rubén Darío que me enseñó mi padre. A la música de La Ceiba le añadí mis influencias de rock y de nueva canción latinoamericana, el jazz y un poco de mi formación de música clásica y eso es lo que produce mi estilo musical", comentó Anderson.
De adolescente le escondían la guitarra en época de exámenes, y aunque años más tarde se graduó en letras en la Universidad de California, la música pudo más y terminó imponiéndose en su proyecto de vida. "Dice García Márquez que uno vive hasta los 10 años, y de ahí empieza a reproducir toda su infancia. Mi música tiene elementos de autobiografía", explicó. Mochilero en Europa En Estados Unidos hizo teatro y música para niños inmigrantes. Concluidos sus estudios, viajó a Europa y por 5 meses sobrevivió cantando en parques y bares. Después tomó tres decisiones arriesgadas: regresar a La Ceiba y vivir ahí, dedicarse por completo a la música y componer su propias canciones, aunque eso significara entrar al mercado por la puerta estrecha. "Si no podés soportar el rechazo, estás en el negocio equivocado", dijo. Ya en La Ceiba, Anderson organizó un colectivo de artistas locales. Con el tiempo, el público empezó a pedir su música. Empezaba a darse a conocer a nivel internacional. Punta, parranda y más La banda de Anderson es toda una embajada de La Ceiba y sus culturas. Ahí toca el tambor Ismael, uno de los percusionistas garífunas más cotizados en fiestas y novenarios del Caribe hondureño. El bailarín del grupo también se mantiene activo en su comunidad, practicando danzas tradicionales y trabajando en proyectos culturales con jóvenes. "Me gusta que la banda mantenga fresca la energía de sus comunidades en el escenario, que lo que hagan en escena sea auténtico", dijo Anderson. Y es que los garífunas aportan a su música el ritmo lento de la parranda -especial para contar historias- o la punta, esa danza circular y erótica que se toca en funerales, como una manera de manifestar que la vida sigue, y que el pueblo se sigue reproduciendo. Por allá, una influencia de los ritmos propios de la navidad y de las fiestas patronales, sin dejar de lado el jungujungu, cantado por las mujeres mayores, que en tardes cómplices dejan oír su voz de ritmo lento y sabroso. La música de Guillermo Anderson llegó a Costa Rica por alianza con el pianista Manuel Obregón y Papaya Music. Un poco de ese sabor caribeño lo puede escuchar en nuestra página web: www.capitalfinanciero.com.
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