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Delgadina

Anacristina Rossi

Esta novela presenta como una hazaña el que el viejo trate de abrir a la fuerza los muslos de una niña de 14 años.

Gabriel García Márquez se ganó, y bien ganado, su lugar de preeminencia y una popularidad sin límites con seis libros geniales.

Como se trata de un personaje mundialmente respetado y laureado en una Latinoamérica endémicamente violentada, pobre y ayuna de genios, su figura sienta autoridad.

Es justamente por esa autoridad que su última novela Memoria de mis putas tristes puede hacer gran daño.

Dice entre otras cosas Sonia Gómez -en un artículo en El Colombiano- que en un país -en un continente, diría yo- arrasado por el aumento de la violencia sexual en contra de los menores de 14 años, especialmente de las niñas, esta odiosa novela les recuerda a los varones que "a los 20, 40, 80 ó 90 años la sociedad les da el derecho de quitarle la ropa a una niña y violarla sin que a nadie le importe su indefensión y su desgracia."

Tiene toda la razón.

Llena de aciertos y desaciertos de lenguaje y narrada ágilmente en primera persona por un personaje nonagenario, esta novela presenta como una hazaña el que el viejo trate de abrir a la fuerza los muslos de Delgadina, una niña de 14 años que ni siquiera tiene senos, es tan pobre que está totalmente desnutrida y es "carne de hospital" como dice el mismo viejo; también el nonagenario se complace en contar cómo un hombre muy bien dotado desvirga a una niña amiga de Delgadina y la niña "se desangra en dos horas".

Este narrador personaje se ufana entre otras cosas de que, durante sus años mozos y no tan mozos, tuvo la costumbre de sodomizar a la empleada y la empleada no solamente se lo permitió sino que se enamoró de él por esas humillaciones -son sus palabras-.

Y no solamente la empleada, también Delgadina se enamora de este vejete sádico para quien la ciudad está llena de muchachitas menores de edad que pasan en bicicleta "pedaleando como venadas; bellas, disponibles, listas para ser atrapadas a la gallina ciega."

Que una niña de 14 años se enamore de un viejo de 90 resulta tan grotesco como que todas las ciclistas menores de la ciudad estén disponibles para cualquier hombre que las quiera atrapar.

Pero eso no es lo peor.

Lo peor de la novela es que el nonagenario bautizó a la niña Delgadina, como la heroína de una canción.

Y la canción, nos dice el narrador, cuenta que Delgadina era la hija menor del Rey. Y que el Rey su padre "la requirió en amores". Y que Delgadina la niña menor murió en esa cama en que fue amada y seducida por el Rey su padre.

Así, Delgadina aparece como una heroína romántica que muere no de tuberculosis en los brazos de Rodolfo que la ama sino de sexo en los brazos de su padre que la ama. Y de un plumazo el Nobel colombiano legitima y cubre de un velo de romanticismo un crimen no por espantoso menos corriente: el incesto del padre, del abuelo o del hermano mayor con la hija, nieta o hermana menor.

En la realidad, en esos amores con el padre o abuelo o hermano mayor la niña no siempre muere. A veces sale enferma, a veces sale embarazada, y siempre sale con la vida hecha pedazos.

Pero me imagino que a los fans de Gabo esto les parece algo maravilloso. Dirán para defenderlo que es sólo una novela. O dirán, para defenderlo, que es sólo la vida.

La vida de todos los días en Latinoamérica.


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