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Nuestro Tiempo: Ruta Equivocada


Constantino Urcuyo

Algunos piensan que el único medio para combatir la delincuencia es aumentar las penas y restringir los beneficios de su ejecución. Este ha sido el camino legislativo tradicional.

Ante la justa conmoción ciudadana frente a la delincuencia, la respuesta ha sido el endurecimiento de los castigos, pero esto es equivocado.

El fenómeno de la delincuencia tiene características complejas en una sociedad que ha cambiado aceleradamente.

El cambio social y cultural ha venido aparejado con nuevas formas de delincuencia o ha destapado aquellas que permanecían ocultas (delitos de cuello blanco y contra la libertad sexual).

Una política criminal que pretenda reducir y controlar los delitos tiene que partir de una adecuada comprensión de sus causas, porque si no los esfuerzos pueden ir en direcciones equivocadas; si el diagnóstico es malo, las terapias serán inadecuadas.

El combate a la delincuencia debe partir de una clara comprensión del cambio valorativo que se ha producido como consecuencia de la apertura cultural y del creciente papel que juega el consumo.

Igualmente, la reducción de los delitos solo podrá emprenderse a partir de políticas sociales que ataquen los focos de pobreza y desigualdad.

El argumento de que la criminalidad procede exclusivamente de la pobreza es refutado por la creciente importancia de la delincuencia de cuello blanco; sin embargo, hay ciertas dimensiones del delito que si pueden ser explicadas por la privación material y en estos casos el instrumento es el combate contra la pobreza.

Las luchas contra la cultura del delito y el crimen que surge de la pobreza son combates de largo o de mediano plazo (educación, intervención sociológica sobre focos delincuenciales) y, mientras tanto, los ciudadanos no pueden dejar de defenderse.

En ese sentido, la prisión es necesaria, particularmente para los crímenes violentos y para quienes delinquen contra la libertad sexual de las personas.

Empero el esfuerzo por la reducción de los delitos no puede cifrar sus esperanzas en las altas tasas de encarcelamiento que producen las penas de prisión muy altas.

Es necesario pensar también en la reinserción social de quienes cumplen sus condenas.

Las cárceles no pueden convertirse simplemente en escuelas para el crimen, ni en espacios donde se aplaste la dignidad humana, que los delincuentes también tienen, en el marasmo del hacinamiento y la violencia intracarcelaria.

Es preciso pensar en otras vías como son las penas alternativas en vigencia en muchos países, donde el servicio comunal repara parte del daño causado y permite la reinserción social de una manera más fácil que en el contexto de cerrado universo carcelario.

El aumento de la población penal significa, por otra parte, un alto costo de mantenimiento para el Estado y un semillero de criminales crónicos.

Debe evitarse el simplismo del castigo por el castigo, la mentalidad inquisidora del ojo por ojo y diente por diente, para ejecutar la política criminal desde la perspectiva de la prevención, la reinserción y la efectiva promoción de los valores, vidas y bienes de la comunidad.


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