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Nuestro Tiempo: La voz de Casandra

Me parece positivo que el pueblo pida cuentas. En el pasado los que se gastaban los millones en confites siempre se salieron con la suya.

No me duelen ni me espantan y mucho menos me sorprenden los recientes escándalos de corrupción.

Lo que me sorprende es que por fin alguien se haya decidido a exponerlos.

Yo expuse un piquito del iceberg en la novela La Loca de Gandoca.

El libro fue un arma de doble filo pues sirvió para que los inversionistas, callados y haciéndose los mansitos, afinaran sus lanzas, y trabajando finamente lograran que el Estado les diera permiso para concretar sus más destructivos y descabellados sueños y además los alabara y felicitara por ello.

En estos momentos el hombre de los diez bypasses y sus compinches deben estarse riendo de mí a mandíbula batiente, y con toda la razón.

Pero no es solo por eso que no me espantan los últimos escándalos de corrupción.

Sucede que toda la infancia y adolescencia padecí de insomnio y cuando a mis padres y abuelos se les acababan los cuentos de hadas y de aventuras para arrullarme, empezaban a conversar entre sí.

Así supe de las fechorías que hacían los hijos de tal y cual presidente, del otro presidente que cobraba comisiones a ciertos movimientos del Banco Central, de otro que exigía mordidas altísimas de cuanto negocio se hacía en el país durante su gobierno... y así hasta dormirme.

Por lo tanto, en estos días una parte de mí se alegra mucho de que por fin los chanchullos se ventilen en el periódico.

Me parece positivo que, tal vez por primera vez en la historia, el pueblo pida cuentas, ya que en el pasado los que se gastaban los millones en confites siempre se salieron con la suya.

Sin embargo, no me dura la alegría. Enseguida me ataja una voz que no es mía pero es hija de mi pesimismo. Es la voz de Casandra y el diálogo ocurre más o menos así:

Ana Cristina: me parece excelente que se investigue sobre las altísimas comisiones que recibieron altísimos personajes del Partido Unidad

Casandra: Sí pero ni siquiera están acusados. Ya se sabe que con esas platas al menos un delito sí cometieron, el de defraudación fiscal. Pero que yo sepa a nadie se le ocurre procesarlos por eso. O sea, que la impunidad sigue.

Ana Cristina: Bueno, Casandra, pero al menos se aprobó la Ley de Enriquecimiento Ilícito.

Casandra: Sí pero esa ley se aplica solo a las personas que están ejerciendo un cargo público. Cuando salen del poder es legal que trafiquen de lo lindo con las influencias adquiridas. O sea, que la impunidad va a seguir.

Anacristina: Pero escuchá, Casandra, el clamor público contra la corrupción.

Casandra: Protestar es una cosa, actuar y sancionar es otra. La corrupción está metida en los huesos de los ticos, y muchos ni siquiera se han dado cuenta. Más bien, decime vos, ¿en que rincón del país no has encontrado alguna forma de corrupción?

Anacristina: ...

Casandra: A ver, mija, pensá.

Anacristina: Bueno, he encontrado varias personas que no son ni serán corruptas.

Casandra: ¿Las contás con cuantos dedos?

Anacristina: Con los de una mano.

Casandra: I rest my case.

Anacristina: ¿Entonces, qué hago?

Casandra: Seguir en la lucha, mujer. Como te dijo una vez don Israel Calvo: “Anacristina, hay que morir con las botas puestas”.


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