| Archivo | Indicadores | Domingo 31 de octubre, 2004 | Escríbanos |
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Hora de reconstruir, tarea de todos La ola de denuncias es de tal magnitud que ya la conciencia ciudadana de los costarricenses está aturdida y la confusión no cesa. Las imágenes de dos expresidentes de la República caminando esposados hacia su detención se repiten en un circulo infinito en la mente de un pueblo que se siente y que ha sido traicionado. Los periódicos y los telenoticieros publican diagramas y dibujan esquemas, pero es difícil seguir la pista a los dineros, tomar conciencia de la magnitud de los montos y mantener actualizada en nuestra memoria la larga lista de imputados. Es, sin duda, una hora negra, pero no tiene que ser una hora funeral. Depende de nosotros. Puede ser la hora en que se inicie la reconstrucción de nuestra vida pública. La hora en que se inicie un profundo proceso de impulso a la decencia en las normas de nuestra convivencia. La hora en que todos juntos, como sociedad, nos exijamos una norma ética más alta. Una parte de nuestras instituciones ha fallado de manera espectacular. Dos expresidentes costarricenses se encuentran detenidos con graves cargos en su contra. Un grupo lamentablemente amplio de funcionarios públicos y dirigentes políticos parece haber traicionado la confianza que los costarricenses depositaron en ellos, pues sus explicaciones no son coherentes y cada día surgen nuevos hechos que confirman los anteriormente revelados. Pero que no se nos olvide que en estos mismos días hemos sido testigos de la fortaleza de nuestras instituciones democráticas, de que la prensa, aún cuando sus denuncias han tocado las más altas esferas del poder político, ha podido actuar sin impedimento alguno y de que el Ministerio Público ha dado ejemplo de coraje y decencia, aún si algunos gestos públicos pudieran haber estado rodeados de una teatralidad comprensible pero innecesaria. Tenemos entonces que construir sobre la base de nuestras fortalezas, en vez de sumirnos en la pesadumbre. Tenemos que reconstruir, desde la raíz, nuestro sector público. Y, seamos claros en este punto: ni el desarrollo económico moderno ni la erradicación de la pobreza ni la sostenibilidad ambiental son el resultado automático de las fuerzas de mercado, por lo que debemos rechazar todas aquellas utopías que ven en el Estado la fuente de todos los males con el mismo vigor con que rechazamos la nostalgia globofóbica y anti empresarial. Precisamente porque necesitamos mercados eficientes y porque aspiramos a una sociedad cohesiva y solidaria, estamos obligados a reconstruir nuestras instituciones y a fortalecer la actividad privada, no a destruirlas. Hemos sido testigos, en estos días, de que unos pocos ciudadanos, con coraje y decencia, amparados a un régimen de derecho sólido, pueden hacer una diferencia considerable. Deberíamos ser capaces de concluir, entonces, que una ciudadanía que se pone de pie, que se incorpora más activamente a la vida pública, que fortalece su régimen político,, que exige decencia a sus dirigentes pero que también se exige decencia a sí misma, puede hacer una diferencia radical. Si la tarea inmediata es investigar y castigar, la tarea más importante es empezar a construir de nuevo una república de la que podamos estar orgullos. Y no es tarea de los demás, sino de cada uno de nosotros. |
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