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Zona Franca: El placer del discurso


José David Guevara M.
Jefe de Redacción

El ritual era siempre el mismo: Papá extraía los dos discos (long play) de un estuche de cartón en el que había una foto de un adulto con rostro severo y una inscripción que decía "No soy un hombre, soy un pueblo", los limpiaba con una pana especial para no rayar los surcos de vinil, encendía un pequeño tocadiscos y en cuestión de pocos segundos cada rincón de la casa era recorrido por la voz de un orador de verbo encendido.

En ese entonces, mediados de la década de los 60, yo no tenía la menor idea de quién era el dueño de aquella voz que salía de los discos como por arte de magia. Años más tarde supe que era el caudillo liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato -el 9 de abril de 1948- fue el detonante de la violencia política que persiste en Colombia hasta el día de hoy.

Aquella fue la mano que sembró en mí la semilla del gusto por el discurso; no por cualquiera, sino por los que son verdaderas obras de arte y que, por lo tanto, da gusto escuchar. Por ejemplo, los que Winston Churchill pronunció, en calidad de primer ministro británico, durante la II Guerra Mundial. También la joya de oratoria con que el poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra deleitó, en 1993, a todos los que asistimos a la Cátedra Enrique Benavides sobre la Libertad, organizada por La Nación.

Y para ser más específico en cuanto a las características de mis discursos favoritos, las expongo en el siguiente acróstico:

Directo.

Interesante.

Sabroso.

Coherente.

Unidad.

Retórica.

Sólido.

Organizado.

¿Y por qué les cuento esto? Porque aunque en nuestro país contamos con buenos oradores, me parece que estos son minoría. Es decir, se impone hacer un mayor esfuerzo por recuperar la calidad del discurso, de modo que no llegue el día en que este exquisito placer habite solo en los viejos discos de vinil.


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