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File Personal: El cuerpo, ese delator


Marjorie Ross
Colaboradora

Para mentir y engañar clientes potenciales, hace falta algo más que tener lindos los dientes. Hemos hablado antes de la importancia del lenguaje corporal, y de la manera en que los demás nos perciben con solo vernos, independientemente de las genialidades o tonterías que salgan de nuestra boca.

Agreguemos algo más al respecto. La sonrisa es un arma poderosa (¡si lo sabrán los fabricantes de pasta dental!), si no es sincera, mejor ni la ensayemos. Una sonrisa falsa es muy fácil de detectar, porque por más habilidad que tenga el poseedor, suele parecer más bien un rictus o un tic nervioso

Si a eso le sumamos una movedera de cabeza que nos hace aparecer como asintiendo, pero al mismo tiempo es tan despaciosa que nos da el aire de confusos, el asunto va mal. Lo que debe hacerse, en cambio, según los expertos, es inclinar la cabeza hacia adelante, acompañando el gesto de una sonrisa auténtica.

No se trata aquí de ninguno de esos pares de ojos cuya traición reclaman, a voz en cuello, tríos y charros en las serenatas. Nos referimos, más bien, a aquellos que cuando la persona está tratando de dar una buena impresión, dan al traste con la entrevista, porque no ven directamente a los ojos del interlocutor; rehuyen la mirada, o parpadean. En todos esos detalles se fijan detenidamente los expertos cuando quieren descubrir a un mentiroso.

Cada persona tiene su propio espacio personal; un campo de energía que pasa a ser una especie de extensión de nuestro propio cuerpo.

Una primera distancia íntima, que se calcula en alrededor de medio metro, debe ser respetada. Su invasión es considerada de muy mala educación y puede meternos en problemas.

Cuando la vida obliga a compartirla con extraños, como en el transporte público, hay códigos de comportamiento que se respetan, tales como evitar el contacto físico y el visual.

Existen algunas técnicas que dan poder a quien las utiliza, contra el interlocutor inocente. Por ejemplo, cuando estamos en un almuerzo de negocios, y la otra persona agranda con disimulo su espacio en la mesa, reduciendo el nuestro, puede hacernos sentir acorralados.

El cruzar los brazos de cierta manera puede ser interpretado como un gesto defensivo o poco amigable; también puede denotar inseguridad o timidez, lo mismo que tocarse el cabello. Pocas cosas se evidencian tanto como el nerviosismo.

Hasta sentarnos rectos, de una manera tranquila, puede dejar de proyectar seguridad y buena autoestima, para terminar haciéndonos aparecer arrogantes.

Hay que mantenerlo bajo control: nuestro cuerpo puede ser un delator.


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