| Archivo | Indicadores | Lun 15 ago, 2005 - Dom 21 ago, 2005 | Escríbanos |
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Nuestro tiempo: Ser actriz de a de veras Ana Istarú
"El europeo maldijo a este país y no hay más que ver cómo nos va" La diferencia entre el actor de teatro y el de televisión ha de ser algo así como la que existe entre el cantante de ópera y el que canta con micrófono. El primero proyecta la voz hasta desgalillarse, se maquilla con trazos gruesos y gesticula con entusiasmo. El segundo es más natural, tiene un juego expresivo sutil y echa mano a un amplio abanico de matices. Para expresar determinada emoción el actor de teatro prácticamente manotea. Para obtener lo mismo el actor de televisión arruga la frente. Para causar el mismo efecto el actor de cine tan solo arquea la ceja. Una ceja, dicho sea de paso, del tamaño de un veraneante tendido sobre la playa, si la pantalla -oh, nostalgia- es grande. La primera vez que actué ante cámaras, bestia de teatro como soy, (nunca tan bien empleada dicha designación: bestia), entré al set con mi parlamento en la boca. Pero se me quedó a medio palo, perdida como estaba ante tres ojos furiosos: las tres lucecitas rojas de tres cámaras distintas, ubicadas en muy distintos ángulos. ¡Socorro! ¿Dónde estaba el público? ¿Cuál de las tres era la platea? ¿Para quién actuar, a quién darle la espalda? El pavor me dejó muda. El director, europeo e irritable, me hizo repetir el ridículo una y otra vez, hasta que pude decir cabalmente, haciendo abstracción de esas cámaras ciclópeas y amenazantes, mi insignificante texto, algo así como: "La cena está servida", mirando por fin como Dios manda al rubio actor que hacía las veces de mi villano y millonario patrón. Y alejándome de ese vía crucis de mi ego, crucé el jardín mientras la toma continuaba. Y cuando según mis cálculos ya había salido del "escenario", me senté -p'ai p'entro como soy-, encima de una piedra, a ver cómodamente el resto de la escena. Por supuesto, seguía dentro del encuadre y les arruiné la toma. El europeo maldijo a este país, y sus poderes tendría: no hay más que ver cómo nos va. Bestia de teatro, que continúo siendo, he tenido ahora que hacer televisión. Y descubrir la amarga realidad: si en escena (sobre todo en un teatro grande, estilo Melico o Nacional), las cuarentonas tenemos aún un "buen lejos" y estamos todavía "de buen ver", la tele en cambio no perdona ojera, papada ni pata de gallo que se encuentre. Nos agrega además los kilos más injustos de que se tenga noticia: ensancha la figura por culpa de no sé qué líneas horizontales con que elabora las imágenes. Y no hay anorexia que valga. Frivolidades aparte, una misma escena puede repetirse cinco o seis o más tomas, sin que el actor tenga cochina idea de cuál escogerá Dios. Es decir, el editor. No hay mayor orden cronológico: si en el teatro primero se corteja, luego se conquista y finalmente se abandona al ser amado, en la tele primero revelás tu amor a la vecina, luego te asesina su marido de un pistoletazo, y finalmente, cuando ya has sido cadaverizado, es que la vecina te ofrenda la miel de sus encantos. Y todo porque cortejo y adultericidio ocurren en la misma locación. O escenografía, que diríamos en grosera jerga teatral. Por cierto, al escenógrafo se le llama director de arte, guionista al dramaturgo, utilería. a la utilería, y cortinero no hay. Pero no hay que quejarse: las escenas son cortas por lo que no cuesta memorizar, no solo hay maquillista, sino que es adorable, todos los días se hace algo distinto y el vecindario siente sincera alegría de vivir pared de por medio con una actriz de las de a de veras. Es decir, de televisión. |
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