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Entre paréntesis: El rostro oculto de la belleza


Mario Bermúdez
Periodista

Es la propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Existe en la naturaleza, las obras literarias y artísticas.

Esa es la definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española para la belleza (la segunda acepción es: mujer notable por su hermosura).

Si es esa esencia que nos hace amar las cosas... ¿no debería ser claro que deberíamos incluir en la lista de personas bellas a esas que se sacrifican por otras, a la madre que se desvela por el hijo, al mendigo que comparte su pan con el perrillo que lo acompaña, al anciano que ayudó con su trabajo a forjar el país actual?

Sin embargo, es poco probable que estos ejemplos se incluyan en un catálogo de belleza: este es un concepto limitado a muy pocos. Una campaña de la marca Dove sobre la belleza real, revela que la mayoría de las mujeres no se consideran hermosas (¡Apenas un 2% en el mundo, un 3% en Costa Rica!).

No es un problema de autoimagen. La sociedad moderna codifica de una manera cada vez más elitista e inalcanzable el concepto.

Los moldes vienen de Hollywood y pasarelas, de revistas y anuncios con modelos hiperestilizadas, en ropa en tallas minúsculas, en una lluvia de publicidad que grita "Solo aceptamos gente linda".

En la sociedad de consumo, se vive este ideal de belleza vacuo, limitado a lo superficial,y que genera expectativas inalcanzables. En la mayoría de las mujeres se traduce en frustración; en la mayoría de los hombres, en cosificación.

Por ello, en esta época de cultura ligth y de modas, es digno de reconocer los esfuerzos por rescatar la otra cara de la belleza. Su rostro olvidado, oculto entre un mundo de apariencias.

Es reivindicar aquello que nos hace amar las cosas. Su esencia; la nuestra. "No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos", dijo el Principito, de Antoine de Saint Exupery. Aprender ¿o acaso recordar? como mirar y no limitarse a ver.

Y redefinir la noción de aquello que consideramos bello. "La belleza está en los ojos del que mira", sentenció Voltaire.

Más contundente fue Moliére. "La belleza del rostro es frágil, es una flor pasajera. Pero la belleza del alma es firme y segura", dijo.

La vida está llena de belleza. Pero es un crimen limitar este concepto a un aspecto efímero y superficial.

Encontrar esa esencia, en medio de tantas flores plásticas, debería ser la clave para amar más lo que somos, y lo que otros son.


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