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En esta esquina: Las caricias de Dios


Silvia Castillo Nieto
Editora

Cuando el viento golpeaba la cara de San Francisco de Asís en las hermosas montañas de Italia, él sonreía porque estaba convencido que esas ráfagas eran caricias de Dios.

Todos los diciembres cuando llegan los vientos alisios recuerdo las palabras de este santo y me dejo acariciar.

Durante los días de Navidad y fin de año deberíamos dejar de lado tantas cosas que nos molestan o nos desilusionan y simplemente permitir que Dios nos consienta. Él acaba nacerá este 25 de diciembre y traerá cientos de regalos invisibles para nuestros ojos que solo reconocerá el corazón.

Se que es difícil pero sería maravilloso olvidarnos por un tiempo del día a día, de las promesas de los políticos, de la ingobernabilidad del país, del trabajo que dejamos sin terminar en el oficina o de la enfermedad que nos agobia o le agobia a un ser querido.

Todos sabemos que es sano detenernos de vez en cuando pero pocos lo hacemos y nos vamos hundiendo en la ansiedad y en el cansancio. Aspiramos a tener tantas cosas, competimos por ser los mejores hasta con nuestros propios hermanos, envidiamos a otros porque creemos que poseen el mundo aunque en realidad tengan sus manos vacías.

Olvidamos que nuestra casa puede ser sencilla, lo que vestimos ser lo mismo que usamos el año pasado y los regalos pocos debajo del árbol, lo importante es el amor que seamos capaces de dar.

Démonos tiempo estos días para sentarnos a ver televisión con nuestros hijos, ojalá todos apretados en un mismo sillón o cobijados juntos en la cama contando historias de travesuras que hicimos cuando éramos jóvenes. ¿Por qué no revelarles esa parte de nuestro vida que nunca conocieron?

Digámonos cuánto disfrutamos al estar juntos, cuánta felicidad nos han dado ellos durante estos años, cuán orgullosos estamos de quienes son en la actualidad. Pero hagámoslo en voz alta, de nada sirve pensarlo y no decirlo. Cuando se hace una vez es más simple volver a hacerlo.


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