| Archivo | Indicadores | Lun 27 dic, 2004 - Dom 2 ene, 2005 | Escríbanos |
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Eternidad La noche que tomó la decisión de vestirse de San Nicolás supo que estaba ante uno de los actos más difíciles de su vida. ¿Cómo podría ser lo suficientemente gordo y sonriente si no tenía ningún parecido con el buen obispo de Esmirna? ¿Cómo podría elevarse en un trineo por los aires si los niños de estos rumbos ni siquiera conocen la nieve? Sin embargo, se entregó a la tarea de conseguirse un gorro de peluche rojo; de ponerse una sueta raída, pantalones colorados y un par de botas de hule más apropiadas para meterse en el barro que en un desconocido glaciar. Complementó su atuendo con cejas y barba de algodón, pues su cabello aún no había encanecido. Como no tenía trineo, consiguió prestado un carrito de supermercado y decidió subirse en él y deslizarse con la misma ligereza con la que correría por carreteras del viento. El único detalle es que olvidó que su vehículo no tenía frenos. Apareció delante de los niños encaramado en el carro de supermercado y fue a estrellarse contra una pared donde perdió el gorro, las cejas de algodón y el pelo encanecido. Los chiquillos se rieron a más no poder, pero ¿qué más podría hacer un padre para alcanzar la eternidad delante de sus hijos? Carlos Rubio |
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