| Archivo | Indicadores | Lun 27 dic, 2004 - Dom 2 ene, 2005 | Escríbanos |
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Ventana Digital: Tenía razón San Francisco Rodrigo Gámez Director general, INBio Tenía razón San Francisco Un tema de creciente interés e importancia actual es el de los genes y su manipulación. Los genes son las unidades básicas de la herencia, donde reside la información que requiere un ser viviente para ser y hacer lo que corresponde en las distintas etapas de su vida. Normalmente, se transfieren de una generación a otra por métodos reproductivos diversos. Los humanos siempre hemos manipulado esos genes, haciendo cruces entre individuos que nos interesan, sean plantas o animales. La ciencia moderna nos permite ahora transferir, directa y específicamente, genes de un individuo a otro, similar o diferente, para darle a un cierto organismo características de otro distinto, que deseamos que adquiera. Por ejemplo, la insulina usada para el tratamiento de la diabetes viene de un microorganismo al que se le insertó el gen de la insulina humana. O en plantas de interés agrícola, por ejemplo, a una planta de arroz se le pueden incorporar genes de otra planta silvestre que la hacen resistente a plagas y enfermedades. ¿Es algo fuera de lo normal que la naturaleza haga estos intercambios de genes de organismos muy diferentes y aparentemente no emparentados? No, ¡definitivamente sucede! Por ejemplo, entes como microorganismos o virus transfieren genes entre especies de parentescos muy distantes. Más aún, por tener los organismos un origen común y ser formados por células de naturaleza similar, todos los seres vivientes, plantas, animales (humanos incluidos) y microorganismos, tenemos genes en común y hablamos el mismo idioma genético. El hecho de compartir genes tiene aplicaciones prácticas. Con ciertas técnicas de laboratorio, entidades como el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) pueden identificar a una persona a partir de sus restos, o se pueden establecer inequívocamente relaciones de parentesco, como las de padres e hijos, o hasta relaciones entre generaciones muy distantes. Este mismo tipo de prueba ha permitido establecer los grados de relación entre seres vivientes, plantas, animales y microorganismos. Como es de esperar, el grado de homología de nuestro material genético es menor con organismos microscópicos y con plantas. Con animales, particularmente con los vertebrados, el grado de homología es aún mayor. ¿Sabía usted que el genoma humano y el de un chimpancé tienen un 99% de homología? Los gorilas siguen en cercanía y un poco más distantes están los orangutanes y gibones. Obviamente, hay muchas diferencias entre humanos, simios y otros animales, que no se tratan aquí, pero el punto a destacar es que todos los seres vivos, en mayor o menor grado, tenemos genes en común. Después de todo... somos parientes. Tenía razón San Francisco de Asís. |
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